Andrés Uribe Carvajal

He vuelto a correr, esta vez en grande. Los Reyes Magos me trajeron unas zapatillas deportivas y decidí estrenarlas con una carrera de Cuernavaca a Tepoztlán. En total, cerca de veinte kilómetros. Hacía mucho que no corría tanto de un jalón; estaba algo nervioso, aunque también confiado, de alguna manera, en que todo iría bien. Años atrás había corrido medios maratones, así que algo de esa seguridad todavía quedaba, escondida bajo las uñas.

Los primeros diez kilómetros se corren ligeros. Hay que atravesar el pueblo de Ocotepec y después Ahuatepec. El día comienza con nuestros pasos: el sol se alza del lado derecho, la luz empieza a clarear y los negocios levantan las cortinas. De vez en cuando, algún par de perros sale a nuestro encuentro, pero vamos a tal paso que se desconciertan y no nos siguen.

Pasando Ahuatepec empiezan las subidas, suaves todavía, soportables. Los últimos cinco kilómetros son los que de verdad se sufren. Al llegar a San Andrés la carretera se vuelve angosta, no hay acotamiento, así que hay que correr en fila india y con mucho cuidado. Esos tramos finales son pura subida y curvas, y para entonces las piernas ya empiezan a reclamar. Siempre pienso que la clave es no parar nunca: aunque parezcas un viejo artrítico, aunque vayas cada vez más lento. No parar. Las vistas del valle de Tepoztlán son magníficas. Corro medio embobado.

Correr se parece mucho a meditar. Llega un punto en el que no piensas en nada: sólo te concentras en la respiración y la vida pasa a tu lado. No intentas pertenecer a nada; sólo te mueves en el instante, en el momento presente, y sabes que estás vivo porque tienes el corazón a medio reventar.

Al terminar las curvas veo la gasolinera y la glorieta de la entrada al pueblo. Nunca me había hecho tan feliz ver una gasolinera. Mis compañeros y yo descansamos, chocamos los puños. Misión cumplida.

Me siento estúpidamente feliz. No hice nada grande: sólo salí a correr, y eso me ensancha el alma de una manera enorme.

El Valle de Tepoztlán. Foto: Cortesía / Archivo

LA JORNADA MORELOS