

Vanessa Perbellini Soberanes tiene 49 años, es originaria de la Ciudad de México y, desde hace 29, reside en el estado de Morelos. Su vida ha sido una constante transición entre su faceta como empresaria en marketing BTL y su profunda vocación por los derechos de los animales, una lucha que, aunque le consume, también le llena de satisfacción.
“Soy empresaria; tengo una agencia de marketing BTL que se dedica a eventos de marca y campañas promocionales. A diferencia del marketing ATL, que se enfoca en medios masivos como la televisión o los espectáculos, el BTL busca una conexión personal con el consumidor, ya sea a través de un producto entregado directamente en la mano o mediante experiencias cercanas que dejan huella”, explica con una clara pasión por su oficio.
Sin embargo, su rostro más conocido en Morelos es el de una defensora activa de los derechos de los animales, algo que, según sus palabras, le ocupa tanto tiempo y esfuerzo que un amigo bromea diciendo que, si aplicara el mismo empeño a su empresa, sería millonaria. “Desde pequeña, mi familia me enseñó a respetar a los animales. Crecí rodeada de ellos. Mis tíos, mis abuelos, todos tenían animales en casa, y la enseñanza fue clara: respeto y amor hacia ellos”, comenta, recordando sus primeros pasos en el cuidado de los animales, desde el cuidado de gatos y perros en su infancia hasta su primer rescate, un pitbull que había sido maltratado en peleas.
La relación de Vanessa con los animales no se limitó solo al amor y respeto; a lo largo de los años, ha sido testigo de terribles prácticas de maltrato animal, las cuales ha intentado combatir en cada oportunidad. “A los cuatro años rescaté un pitbull que había sido utilizado en peleas. También tuve un bóxer que, lamentablemente, fue robado para peleas de perros en Tepito. Mis tíos tuvieron que buscarlo varias veces y lo encontraron en condiciones lamentables. Fue mi primer enfrentamiento con la crueldad hacia los animales”, narra.
Un punto de inflexión en su activismo: hace 13 años
El activismo de Vanessa tomó un giro más personal hace 13 años, cuando vivía en Cuernavaca. Durante una caminata con sus perros, un vecino reaccionó violentamente contra ellos, golpeándolos con una varilla. Cuando ella intentó intervenir, también fue golpeada. “Al llegar al Ministerio Público, me dijeron que no había ley que protegiera a mis perros, solo podía denunciar el maltrato que sufrí yo”, relata con amargura. Este episodio, que dejó una profunda huella en ella, la motivó a mudarse de casa y a continuar luchando por una legislación que protegiera a los animales.

Hoy, Vanessa no solo es una exitosa empresaria, sino también una mujer cuyo corazón late al ritmo de la defensa de los animales. A través de su activismo, ha logrado sensibilizar a la comunidad de Morelos y más allá, mostrando que el respeto y el amor hacia los animales no solo es una obligación moral, sino también una cuestión de justicia.
El caso de Negrita: un desafío al sistema
En 2017, Vanessa vivió una experiencia que marcaría su activismo. Estaba en proceso de rescatar a Negrita, una perrita tipo Maltés que vivía en la calle. Un herrero la alimentaba, pero carecía de un dueño responsable. “Vi a Negrita buscando comida en la basura cuando llegó el camión de la basura. Uno de los empleados la golpeó con una escoba y murió al instante”, relata Vanessa.
Conmocionada, fue a comprar una bolsa para recoger el cuerpo, pero cuando regresó, los empleados ya la habían tirado al camión y al triturador. Aunque el maltrato animal había sido incluido en el Código Penal de Morelos en 2016, las autoridades desconocían la ley. “Fui al Ministerio Público y no sabían que existía el artículo 327. Tuvieron que buscarlo en el Periódico Oficial”, dice.
La situación empeoró cuando descubrió que la Procuraduría de Protección al Ambiente del Estado de Morelos (PROPAEM) había extraviado la carpeta del caso. “La titular de PROPAEM en ese momento escondió la carpeta. Cuando el abogado fue a revisarla, ya no estaba”, explica. A pesar de presentar un juicio de amparo, el caso no avanzó porque el agresor se suicidó.
Vanessa reflexiona sobre el comportamiento del agresor: “Las personas que maltratan animales tienen problemas mentales graves. En este caso, se comprobó que el agresor maltrataba incluso a su abuela”, agrega.
El proceso fue doloroso, no solo por el maltrato sufrido por Negrita, sino también por la indiferencia de las autoridades. “El Ministerio Público no sabía ni cómo proceder. Me decían que, si el animal era de la calle, no podían hacer nada”, recuerda.
A pesar de las dificultades, Vanessa participó en la creación del Reglamento de Bienestar Animal de Cuernavaca, un paso importante para mejorar la protección animal en la ciudad. “Fue un proceso difícil, pero necesario para exponer las carencias del sistema”, concluye, mostrando que, aunque el camino ha sido largo, su lucha sigue vigente.
La muerte de Negrita impulsó las leyes
Vanessa se adentró en la defensa de los derechos de los animales tras el trágico suceso con Negrita, una perrita de la calle que fue maltratada hasta su muerte. A raíz de este incidente, se dio cuenta de la falta de protección legal para los animales en México, un país en el que, a pesar de las reformas constitucionales, los animales no son reconocidos como sujetos de derechos. «Decidí reformar el reglamento para que los servidores públicos que maltraten animales puedan ser sancionados», comenta Vanessa.
Su activismo se expandió rápidamente hacia áreas como la regulación de los vendedores de perros en el Sam’s. En lugar de actuar impulsivamente, decidió investigar a fondo, preguntándose quién otorgaba los permisos para estas prácticas. Al indagar en la PROPAEM, descubrió que la institución carecía de competencias claras y bien definidas para actuar, lo que la dejaba en una posición de impotencia. «La PROPAEM fue incluida en la ley, pero sin definir sus funciones, por lo que no podían hacer nada», explica. Esto la llevó a comprender que, además de la falta de recursos y autoridad, las leyes existentes eran insuficientes para frenar el maltrato.
Uno de los hallazgos más impactantes fue que el maltrato animal no se perseguía de oficio. «Si no hay denunciante, no pasa nada», dice Vanessa. Con esta realidad, empezó a promover la denuncia activa, organizando talleres con abogados y activistas de organizaciones como Humane Society para enseñar a la gente cómo denunciar. Sin embargo, cuando las personas acudían a la fiscalía, se daban cuenta de que las autoridades desconocían la ley. «El Código Penal solo tipificaba la muerte del animal, no el maltrato», afirma.
Este vacío legal y la falta de acción la impulsaron a involucrarse más en la reforma del Código Penal de Morelos. Junto con Animal Heroes, una organización que comparte sus ideales logró incorporar nuevas disposiciones, como la tipificación de la zoofilia, el suministro de drogas a los animales sin fines terapéuticos y la mutilación estética. También se incrementaron las penas cuando el responsable es el tutor del animal, un funcionario público o un veterinario.
Los retos legales en defensa de los animales
A pesar de estos avances, Vanessa sigue luchando contra la indiferencia de las autoridades. «A menudo me dicen: ‘Si tengo una carpeta de una menor de edad que fue violada, la voy a priorizar sobre la de un perro que mataron'», comenta. Aunque comprende la importancia de otros delitos, para ella, el maltrato animal no es menos importante. «Lo que hacen con los animales de consumo también es un reflejo de nuestra sociedad», añade.
Con el tiempo, Vanessa entendió que las reformas no son suficientes si no se aplican correctamente. Aun con cambios legislativos, la corrupción y la falta de compromiso continúan siendo grandes obstáculos. «La clave está en educar y concientizar. Eso no cuesta y es algo que las autoridades deberían hacer. Por eso les pagan», concluye, enfatizando que el verdadero cambio está en la educación y en la aplicación rigurosa de las leyes que ya existen.
Vanessa enfrenta una dura realidad en su lucha por la protección animal. Aunque ha logrado avances legislativos, la implementación de estas leyes sigue siendo un reto. En un diplomado reciente, al revisar peritajes legales, se dio cuenta de lo lejos que está Morelos de alcanzar un nivel de justicia similar al caso emblemático de Athos y Tango, una sentencia histórica que llegó hasta la Suprema Corte. «Cuando leo esos peritajes, pienso, ¿cuándo vamos a conseguir eso aquí? Si no tenemos ni un perito forense veterinario en la fiscalía», expresa con frustración.
El sistema carece de especialistas capaces de realizar necropsias o evaluar el estado de los animales maltratados, lo que dificulta el proceso judicial. «Hemos tenido que pagar veterinarios de nuestro bolsillo para integrar carpetas de investigación», señala. Vanessa considera que la falta de veterinarios en la PROPAEM refleja un claro desinterés por el bienestar animal.
Le apuesta a la colaboración
A pesar de los obstáculos, sigue luchando, buscando colaboración con actores políticos. «No me peleo con los diputados, el fiscal o el gobernador. Prefiero exigirles que cumplan con la ley», afirma. Durante reuniones con la nueva titular de la PROPAEM, dejó claro que no toleraría más ineficiencia: «El trabajo de la PROPAEM debe cumplir con la ley estatal. Si no, ¿para qué están?», cuestionó.
Además de exigir el cumplimiento de las leyes, Vanessa hace un llamado a la ciudadanía. «La indiferencia es complicidad», advierte. Para ella, el maltrato animal es un problema social. La falta de cultura de denuncia y el desconocimiento de los derechos de los animales son barreras importantes. «Si no respetamos a los animales, estamos fracasando como sociedad», reflexiona.
Su mensaje a los ciudadanos es claro: «Respeta y protege a los animales. No te pido que los ames, pero sí que los respetes». También subraya la importancia de educar a las nuevas generaciones. «Los niños educan a los padres. Si no protegemos a los animales, estamos inculcando malos valores», dice. Para ella, enseñar a los niños a respetar a los animales es el primer paso hacia una sociedad más empática.
Vanessa considera que la lucha por los derechos de los animales es solo el inicio. «Si no protegemos a los más vulnerables, como los animales, perpetuamos una cadena de vulnerabilidad que afecta a toda la sociedad», concluye, reafirmando su compromiso con la defensa de los derechos de los animales y la educación para un cambio social profundo.
Vane tiene conocimiento de vida
Vanessa, quien ha dedicado su vida al cuidado y defensa de los animales, divide su tiempo entre su trabajo como empresaria y su compromiso con los derechos de las mascotas. Aunque ha decidido no tener hijos, su familia se ha convertido en un apoyo esencial en esta labor que exige dedicación y esfuerzo. “Gracias a Dios, ni mi esposo, ni mi madre, ni mi hermana me han abandonado en esto. Incluso mi sobrino, en su domingo libre, me acompañó a una campaña de esterilización donde se encargó de masajear gatos. La semana pasada, mi hermana estuvo conmigo en el arranque del Registro Único de Mascotas (ROM)”, comenta con una sonrisa, reconociendo el valor de su círculo cercano.
Vanessa ve el ROM como un paso importante hacia la protección animal. Sin embargo, reconoce las preocupaciones que ha generado entre algunas personas. “Mucha gente dice que es un pretexto para cobrar impuestos en el futuro, y no dudo que en 20 o 30 años pueda ser así. Pero si esos impuestos se destinan realmente a políticas públicas que mejoren la vida de los animales, lo apoyaré completamente. Por ahora, es una manera de comenzar a exigir acciones concretas”, explica con determinación.
Aunque recientemente enfrentó problemas de salud, Vanessa no ha reducido su ritmo de trabajo ni su pasión por esta causa. “Mi familia ha estado conmigo en todo momento. Incluso cuando no puedo hacerlo sola, ellos me acompañan. Son parte de este movimiento”, afirma. Para ella, la clave está en que la sociedad y las autoridades trabajen juntas para implementar políticas más efectivas y humanas hacia los animales.
A través de campañas, registros y su constante participación en iniciativas de protección animal, Vanessa continúa impulsando un mensaje claro: la responsabilidad social hacia los animales no puede seguir siendo ignorada. “Es un compromiso de todos. No se trata solo de amar a los animales, sino de respetarlos y protegerlos. Solo así podremos construir una sociedad verdaderamente empática y justa”, concluye.
Fotografías: Vanessa Perbellini Soberanes FB

Vanessa Perbellini Soberanes y un amigo




