
Cádiz, el último puerto de este viaje por Andalucía
Jorge “El Biólogo” Hernández*
La llegada a Cádiz, la ciudad más antigua del occidente europeo no podía ser de otra manera que en un tren flanqueado por el mar. Laura y yo, aunque preparados ya para las emociones que ofrecen estas tierras andaluzas, nos conmovimos una vez más al ver por la ventanilla, desde nuestros asientos, El Puerto de Santa María, el lugar donde nació ese Marinero en Tierra llamado Rafael Alberti. Nuestro corazón volvió a dar un vuelco, a pocos kilómetros, cuando pasamos por la Isla de San Fernando. Al verla me puse de pie e intenté palmear, recordando que en ese pueblo nació el Camarón de la Isla.
El sábado, ya en la ciudad de Cádiz, mientras yo cruzaba la plaza en busca de la oficina de correos para cumplir una promesa, Laura se sintió atraída de inmediato por los sonidos de una guitarra y la voz de un cantaor gitano, además de una mujer —a la que le calculamos más de 80 años— que palmeaba y bailaba con pasión en medio de la plaza. Es decir, la ciudad nos recibía con el flamenco interpretado en sus calles.
Terminando el inesperado espectáculo caminamos por una vía peatonal en busca de las imperdibles tortillitas de camarón y el pescado frito para después abordar el Turibús que nos llevó a recorrer el puerto. Fue muy apreciable escuchar en los audífonos del autobús la explicación en torno a los lugares del recorrido, por lo clara, bien dicha y precisa en sus acotaciones que nos hablaban de la historia de dicha ciudad marina.
Algo de lo que supe en este paseo, desde el segundo piso del autobús panorámico, es que militar y comercialmente Cádiz ha sido una ciudad estratégica desde que fue fundada, hace 3 000 años, por los fenicios quienes la llamaron Gadir. De ahí partió Aníbal con el objetivo de conquistar Italia. El propio emperador Julio César le concedió a Cádiz el título de civitas federada, que le permitía tener un lugar en el senado romano. De sus puertos se embarcaron Cristóbal Colón y Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Esos, los mares de Cádiz tuvieron por siglos el monopolio comercial con América. Al descender del autobús íbamos felices de saber que al caminar por aquellas calles cruzábamos senderos cargados de historia.

Para terminar el día degustamos unas tapas de pulpo y unas frescas conchas de berberechos antes de ir a descansar porque al día siguiente teníamos un encuentro con afectos familiares.
Ese domingo desayuné en la terraza de una cafetería a pocos pasos de las puertas del hotel. La comida y el ambiente resultaron tan buenos que regresé a almorzar las dos mañanas siguientes. Otros aspectos de ese lugar llamaron mi atención y provocaron una risa íntima; el primero fue su nombre y el segundo la forma en que presentan su menú. El bar se llama La Marquesa de las Huevas y unos de sus encabezados que anuncia una serie de platillos dice, con letras negras: “Vamos a echarle huevos”.
El encuentro familiar fue con nuestra sobrina Estefi, su hija Julia y su novio Beat, que venían a vernos desde Vejer de la Frontera. Con ellos recorrimos, ahora a pie, algunos de los barrios de la ciudad, acompañados de las explicaciones que nos daba Beat —un suizo avecindado en Andalucía, que hace tiempo se convirtió en guía de turistas profesional— sobre los lugares históricos. Nuestra sobrina seleccionó un fantástico restaurante en donde no solamente comimos maravillas, sino que también gozamos otro de nuestros placeres, la conversación llena de anécdotas familiares la cual afortunadamente se alargó toda la tarde hasta nuestra despedida.
Al día siguiente por la mañana, después de un descanso reparador y muy necesario, como a eso de las once me fui a La Marquesa de las Huevas. Mientras me deleitaba con el sabor increíble de unas croquetas de chipirones en su tinta también me dediqué a mi pasatiempo ya confesado, el de construir historias de las personas que se encuentran en otras mesas. En esta ocasión pensé en un hombre que estaba en la mesa de al lado. Me dije “este señor debe estar por jubilarse de la eficiente oficina de correos que visité, o bien puede ser el gerente de alguna sucursal bancaria”. En esas cavilaciones estaba cuando me enteré de que los dos camareros que atendían en el lugar eran oriundos de la Isla de San Fernando, al saber esto les pregunté cómo llegar a la Venta de Vargas, un lugar histórico para el flamenco y donde cantó el Camarón. Con cierta pena me contestaron que ese era un mal día, ya que los lunes no abría y también estaba cerrado el Museo de El Camarón de la Isla. Luego de escuchar la conversación, mi vecino de mesa —al que le había inventado sus posibles oficios—, amablemente me dijo que había un lugar donde podía encontrar música y quizá algún recuerdo de ese “el mejor cantaor de estas tierras”. Laura, al saber de esta contrariedad, decidió ir a pasar el día en la playa con la intención de estar ahí hasta la puesta del sol, frente al mar Atlántico de Cádiz.
Mientras estaba en Discos El Melli, el lugar recomendado por mi vecino de mesa, recibí una llamada de Laura, que muy feliz me decía que ya estaba en la playa y que era un lugar precioso. Antes de abordar un taxi que me llevaría a la Playa Santa María del Mar, recorrí la Plaza de la Libertad, entré al Mercado Central y ahí, en un pequeño bar, tomé una caña. Las instrucciones de Laura eran precisas: “Al llegar a la playa por la avenida, bajas una rampa y frente a ti encontrarás el Restaurante Tirabuzón, yo estoy sentada en un camastro bajo una sombrilla que alquilé para gozar este mar”.
Desde el Tirabuzón no solamente vivimos el paisaje que ofrecía la vista de parte de la ciudad de Cádiz, el mar, sus marismas y, al atardecer, el sol posándose frente a nosotros, sino que hicimos dos amigos gaditanos —algo que, por fortuna, ocurrió con frecuencia en esta galaxia—. Uno de ellos era el bar tender, un joven con la chispa y la inteligencia andaluzas; el otro era un camarero que gustaba de la comida mexicana, a tal grado que nos comentó muy ufano que la preparaba en su casa. Nos contó que había conseguido los ingredientes para cocinar cochinita pibil, con todo y chile habanero y achiote, “como lo comen en Yucatán”, subrayó. Él fue a quien, como era lógico, le dimos la confianza para que nos sugiriera qué pedir de comer y nos propuso de platillo principal un arroz meloso ibérico con velo de panceta, pero previniendo que tardaba un tiempo su preparación, nos dijo: “Para la espera les voy a poner de primero unas almejas, acaban de salir hoy de ahí”, agregó con una sonrisa y señalando la marisma que estaba frente a nosotros. No puedo dejar de comentar que ese arroz servido en una paellera fue memorable y abundante. Al verlo pensamos que no nos lo terminaríamos, pero no fue así, no dejamos ni un granito.
Hoy, para recordar esa tarde, nada mejor que las palabras del poeta Rafael Alberti que en su Libro del mar nos regala estas imágenes:
“¡Si yo hubiera podido, oh Cádiz, a tu vera,
hoy, junto a ti, metido en tus raíces,
hablarte como entonces,
como cuando descalzo por tus verdes orillas
iba a tu mar robándole caracoles y algas!
”Bien lo merecería, yo sé que tú lo sabes,
por haberte llevado tantos años conmigo,
por haberte cantado casi todos los días,
llamando siempre Cádiz a todo lo dichoso,
lo luminoso que me aconteciera.”
El martes, último día de esta travesía interestelar por Andalucía, fui una vez más a La Marquesa de las Huevas. Esta vez, además de almorzar, pedí para llevar dos bocadillos para comerlos en el tren que por la tarde nos regresaría a Madrid.
Lo que ocurrió esa mañana merecería por sí solo un texto, una Vagancia. Mientras comía unos huevos rotos, el biólogo e inventor de las historias de sus vecinos de mesa fue educadamente interrumpido con una pregunta del mismo hombre que —en su imaginación—era un empleado de correos o algo parecido. Me preguntó si había hallado lo que buscaba del Camarón, le conté lo que había encontrado y me respondió “Qué bueno que pude ayudarlo”. Le di las gracias y mientras esperaba mis bocadillos para llevar, con mi caña de cerveza en la mano, se me ocurrió preguntarle, “¿disculpe señor, usted a qué se dedica?”. Su respuesta merece por mucho el final de estas Vagancias andaluzas: “Soy hacedor de guitarras”.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

El tirabuzón en Cádiz

