EDITORIAL | Una-O-Varias

Secretaría de las mujeres


Libres, diversas, representadas

En Ovarias elegimos mirar de frente lo que incomoda: lo que duele, lo que arde, lo que permanece silenciado. En este número de junio —mes de luchas por el orgullo, por la diferencia, por la identidad— reunimos tres miradas que reconfiguran los pilares más profundos del orden social: la espiritualidad, la justicia y la “naturaleza” misma. Todas nos hablan de una misma exigencia: el derecho a ser libres, a ser diversas y a ser representadas.

Larisa Escobedo, desde su obra Transubstanciación, nos recuerda que incluso lo divino ha sido colonizado. La intervención feminista de una escultura sacra revela lo que se ha negado históricamente: un cuerpo femenino, trans, múltiple, sagrado. Denisse B. Castañeda nos guía en la lectura de esa obra como una pregunta abierta y radical: ¿y si lo sagrado también tuviera rostro de mujer? ¿Qué posibilidades simbólicas y espirituales abriríamos si dejáramos de rendir culto a imágenes que nos excluyen?

Pero mientras una parte de la humanidad lucha por representarse en lo espiritual, otra sigue luchando por no desaparecer en lo legal. Diana Alzures nos confronta con las historias invisibilizadas de las mujeres encarceladas en Morelos, muchas de ellas presas por obedecer, por amar, por callar. Mujeres que no han tenido derecho a defensa, a justicia, a error. La prisión se convierte en el castigo no del delito, sino de la desobediencia femenina. ¿Qué libertad se nos promete cuando nacemos condenadas por nuestro género, por nuestra pobreza, por nuestras decisiones afectivas?

Frida Gaytán Mertens cierra esta tríada con una reflexión indispensable: desigual no es natural. La desigualdad no nace del cuerpo, sino de la jerarquización de las diferencias. A través de los aportes de Bourdieu y Segato, Frida nos ayuda a identificar las formas invisibles —y por eso más peligrosas— de la violencia. Las simbólicas. Las afectivas. Las que se aprenden sin que nos demos cuenta. Las que nos dicen que merecemos menos, que debemos ser menos, que debemos aceptar menos.

Desde Ovarias sostenemos que no hay transformación posible sin representación, sin libertad, sin justicia. No hablamos de la libertad abstracta, sino de la concreta: la que se manifiesta en los cuerpos que aman, creen, luchan, disienten, se equivocan. La que se conquista cuando se desmontan los símbolos, las cárceles y las pedagogías de la crueldad.

Que este número sea un altar para lo diverso, un manifiesto por lo justo, una rendija de luz para las que aún siguen cautivas en los márgenes. Porque como bien dice Diana Alzures: ningún proyecto de transformación es justo si no comienza por liberar a quienes nunca debieron estar presas.

La prisión, la culpa ajena y el derecho a la libertad

Diana Alzures

En México, muchas mujeres están privadas de la libertad por crímenes que no cometieron. No porque sean inocentes en el sentido técnico del derecho penal, sino porque están ahí como consecuencia de vínculos afectivos, violencias estructurales y omisiones institucionales. Muchas están presas por encubrir a sus parejas, por transportar paquetes que no sabían qué contenían, por guardar silencio cuando fueron usadas como señuelos o porque vivieron con quienes delinquen. Son rehenes del amor romántico, de la pobreza, de la falta de defensa legal adecuada y de un sistema judicial que castiga la obediencia femenina más que la criminalidad masculina.

La cárcel de alta seguridad para mujeres en Coatlán del Río, Morelos —una de las más nuevas y restrictivas del país— es ejemplo de esta realidad. Inaugurada con un discurso de modernización del sistema penitenciario, la llamada “macrocarcel” encierra en sus muros algo más que cuerpos: encierra historias de violencia doméstica, abandono escolar, maternidades rotas y procesos legales sin defensa efectiva. Muchas de sus internas no han tenido siquiera una sentencia firme. Y aun así, han perdido años, hijos, casas, identidades.

Detrás de cada mujer en prisión hay una cadena de silencios que no fueron escuchados, un expediente mal armado, una historia que el Estado nunca quiso entender. La prisión femenina en México no está hecha para castigar delitos, sino para castigar desobediencias. Una mujer que se desvía de la norma —ya sea por pobreza, por migración, por adicción, por proteger al hombre equivocado— será castigada más severamente que su contraparte masculina.

La libertad, a lo largo de la historia, ha sido una idea más poética que jurídica. Desde la Grecia clásica hasta las revoluciones modernas, se ha hablado de la libertad como un derecho natural, un horizonte político, un anhelo humano. Pero para las mujeres, especialmente las pobres, la libertad ha sido una promesa incumplida. No han sido ellas quienes escribieron las constituciones, ni quienes diseñaron las prisiones. Han sido, casi siempre, sus prisioneras.

¿Qué significa la libertad para una mujer que nació en una colonia marginada de Cuernavaca o Jiutepec, que fue abusada desde niña, que tuvo hijos sin acceso a salud ni educación, que aprendió a callar para sobrevivir? ¿Puede esa mujer realmente ser “libre” bajo un sistema que la criminaliza por haber nacido en el margen?

Hoy, el debate sobre las mujeres en prisión es también un debate sobre qué entendemos por justicia. No basta con medidas aisladas o con discursos de reinserción. Se necesita una revisión profunda del sistema penal, con perspectiva de género, con sensibilidad social y con una voluntad política real para reparar el daño.

Un gobierno encabezado por Margarita González Saravia tiene en sus manos la posibilidad de escuchar ese diálogo pendiente: el de las mujeres cautivas en las prisiones del abandono. La libertad —esa palabra tantas veces dicha, tan pocas veces cumplida— ha sido, a lo largo de la historia, una promesa desigual. Para muchas, ha significado apenas una rendija de luz en la celda de la exclusión. No basta con abrir candados cuando el encierro ha comenzado mucho antes, en las casas sin puertas, en los cuerpos controlados, en las decisiones tomadas por otros.

El gobierno de Margarita asume la justicia con una mirada de género. Se atreve a mirar a los ojos a quienes fueron olvidadas en las cárceles de Morelos y siembra procesos para una libertad verdadera: no la de la reja abierta, sino la de la dignidad devuelta, la de los nombres pronunciados con respeto, la de las vidas reconstruidas desde el amor y no desde el castigo. Porque su proyecto de transformación es justo, y comienza por liberar a quienes nunca debieron estar presas.

DESIGUAL NO ES NATURAL

FRIDA GAYTÁN MERTENS

Leyendo notas periodísticas o artículos sobre las decisiones de Trump y sus aliados latinoamericanos que han ido destruyendo leyes y políticas públicas que protegen los derechos humanos, colectivos o individuales, me he encontrado con el argumento de que la desigualdad es una condición natural de la humanidad. Esas ideas arcaicas de que la pobreza es natural al débil, la violencia es natural al fuerte, las mujeres son inferiores en todo y la homosexualidad es contra natura, las leo ahora en comentarios de redes con una visceralidad mayor que hace 50 años.

Y en ello, encuentro una confusión muy común: la idea de que las diferencias biológicas, psíquicas y culturales son desigualdad y por lo tanto, se asumen como naturales o intrínsecas, pero desigual y diferente no es lo mismo, es la jerarquización de la diferencia lo que genera la desigualdad. Y eso, eso no es natural, es un invento muy conveniente para justificar la explotación, el abuso y la violencia.

La desigualdad emerge cuando ciertas diferencias —de sexo, edad, raza, pertenencia territorial o clase— se convierten en jerarquías. Esta transformación se produce mediante instituciones, discursos y prácticas que legitiman la superioridad de unos sobre otros. La historia muestra que estas formas de jerarquización se consolidan con la aparición de la propiedad privada y el patriarcado, entre otros dispositivos.

Pensar la desigualdad únicamente en términos económicos invisibiliza otras dimensiones fundamentales. La desigualdad simbólica se expresa en la forma en que ciertos cuerpos, identidades, lenguajes y saberes son desvalorizados o excluidos del campo de lo legítimo. La desigualdad espacial se materializa en la segregación de territorios, en la marginación barrial y mucho, en el control de la movilidad. La desigualdad afectiva se manifiesta en las relaciones íntimas, en la distribución desigual del cuidado, la empatía, la invalidación de emociones, la prohibición de afecto.

Pierre Bourdieu desarrolló el concepto de violencia simbólica para referirse a los mecanismos de dominación que operan sin coacción física, pero que logran imponer significados, clasificaciones y jerarquías de manera “invisible” y aparentemente legítima. Esta forma de violencia actúa a través del lenguaje, la educación, los medios, las costumbres y las instituciones, configurando cuerpos y subjetividades. Lo más perverso de la violencia simbólica es que suele ser aceptada —o no cuestionada— incluso por quienes la padecen, porque se internaliza como natural.

Rita Segato amplía esta noción al enfocarse en cómo el patriarcado y la colonialidad construyen una pedagogía de la crueldad, es decir, una forma de socialización que enseña a ciertos sujetos —sobre todo varones— a ejercer el poder mediante la humillación y el sometimiento del otro, especialmente de las mujeres y cuerpos feminizados. Para Segato, el género no es una simple identidad, sino un vector estructurante de la desigualdad y de la violencia. Las violencias de género no son excepcionales, sino constitutivas del orden simbólico y político.

Segato también señala que las políticas institucionales frente a la violencia de género suelen estar centradas en medidas emergenciales —como refugios, líneas de atención o centros de auxilio— y remediativas, como leyes y protocolos. Aunque son totalmente necesarias, estas intervenciones no son suficientes: no transforman el fondo del problema, que es simbólico y estructural. Como advierte Segato, “las normativas no tocan las conciencias, una legislación que no persuade ni disuade, no tiene existencia material”. El objetivo de fondo debe ser la transformación de la sociedad misma: de sus símbolos, sus jerarquías, sus afectos y sus formas de relación.

Este orden desigual que se manifiesta en los espacios y en los afectos, define quién puede caminar con libertad por la calle, quién se siente segura en casa, quién es escuchada y quién es constantemente interrumpida o invalidada. La desigualdad afectiva se expresa en la distribución desigual del cuidado, de la empatía y del reconocimiento, determina quién tiene derecho al deseo, al conocimiento o a la belleza. Los cuerpos feminizados o racializados son sistemáticamente excluidos de los lugares donde se construye el valor simbólico de la vida. Desigualdad simbólica significa que los cuerpos no son leídos de la misma manera; algunos importan más que otros, y eso se aprende, se reproduce y se impone.

Necesitamos una transformación cultural profunda que cuestione los valores que sostienen la dominación. Y esa transformación no se decreta desde el poder, se construye en la comunidad, en el territorio, en el trabajo cotidiano de la calle. Requiere escucha, vínculo, pedagogía, ternura. La transformación empieza en lo más próximo: en cómo nos relacionamos, cómo criamos, cómo nombramos, cómo miramos.

Desarticular, trastocar, erradicar la desigualdad simbólica y la violencia estructural no es tarea exclusiva del Estado, es una responsabilidad colectiva. Se trata de reconstruir el mundo a partir de otras lógicas, unas que existen en formas ancestrales y que aún no hemos inventado. La transformación no es fácil, no es inmediata pero hay que empezar en algún lugar y la organización comunitaria es clave, porque es allí donde podemos ensayar otras formas de vida, otras formas de justicia.

Leyendo notas periodísticas o artículos sobre las decisiones de Trump y sus aliados latinoamericanos que han ido destruyendo leyes y políticas públicas que protegen los derechos humanos, colectivos o individuales, me he encontrado con el argumento de que la desigualdad es una condición natural de la humanidad. Esas ideas arcaicas de que la pobreza es natural al débil, la violencia es natural al fuerte, las mujeres son inferiores en todo y la homosexualidad es contra natura, las leo ahora en comentarios de redes con una visceralidad mayor que hace 50 años.

Y en ello, encuentro una confusión muy común: la idea de que las diferencias biológicas, psíquicas y culturales son desigualdad y por lo tanto, se asumen como naturales o intrínsecas, pero desigual y diferente no es lo mismo, es la jerarquización de la diferencia lo que genera la desigualdad. Y eso, eso no es natural, es un invento muy conveniente para justificar la explotación, el abuso y la violencia.

La desigualdad emerge cuando ciertas diferencias —de sexo, edad, raza, pertenencia territorial o clase— se convierten en jerarquías. Esta transformación se produce mediante instituciones, discursos y prácticas que legitiman la superioridad de unos sobre otros. La historia muestra que estas formas de jerarquización se consolidan con la aparición de la propiedad privada y el patriarcado, entre otros dispositivos.

Pensar la desigualdad únicamente en términos económicos invisibiliza otras dimensiones fundamentales. La desigualdad simbólica se expresa en la forma en que ciertos cuerpos, identidades, lenguajes y saberes son desvalorizados o excluidos del campo de lo legítimo. La desigualdad espacial se materializa en la segregación de territorios, en la marginación barrial y mucho, en el control de la movilidad. La desigualdad afectiva se manifiesta en las relaciones íntimas, en la distribución desigual del cuidado, la empatía, la invalidación de emociones, la prohibición de afecto.

Pierre Bourdieu desarrolló el concepto de violencia simbólica para referirse a los mecanismos de dominación que operan sin coacción física, pero que logran imponer significados, clasificaciones y jerarquías de manera “invisible” y aparentemente legítima. Esta forma de violencia actúa a través del lenguaje, la educación, los medios, las costumbres y las instituciones, configurando cuerpos y subjetividades. Lo más perverso de la violencia simbólica es que suele ser aceptada —o no cuestionada— incluso por quienes la padecen, porque se internaliza como natural.

Rita Segato amplía esta noción al enfocarse en cómo el patriarcado y la colonialidad construyen una pedagogía de la crueldad, es decir, una forma de socialización que enseña a ciertos sujetos —sobre todo varones— a ejercer el poder mediante la humillación y el sometimiento del otro, especialmente de las mujeres y cuerpos feminizados. Para Segato, el género no es una simple identidad, sino un vector estructurante de la desigualdad y de la violencia. Las violencias de género no son excepcionales, sino constitutivas del orden simbólico y político.

Segato también señala que las políticas institucionales frente a la violencia de género suelen estar centradas en medidas emergenciales —como refugios, líneas de atención o centros de auxilio— y remediativas, como leyes y protocolos. Aunque son totalmente necesarias, estas intervenciones no son suficientes: no transforman el fondo del problema, que es simbólico y estructural. Como advierte Segato, “las normativas no tocan las conciencias, una legislación que no persuade ni disuade, no tiene existencia material”. El objetivo de fondo debe ser la transformación de la sociedad misma: de sus símbolos, sus jerarquías, sus afectos y sus formas de relación.

Este orden desigual que se manifiesta en los espacios y en los afectos, define quién puede caminar con libertad por la calle, quién se siente segura en casa, quién es escuchada y quién es constantemente interrumpida o invalidada. La desigualdad afectiva se expresa en la distribución desigual del cuidado, de la empatía y del reconocimiento, determina quién tiene derecho al deseo, al conocimiento o a la belleza. Los cuerpos feminizados o racializados son sistemáticamente excluidos de los lugares donde se construye el valor simbólico de la vida. Desigualdad simbólica significa que los cuerpos no son leídos de la misma manera; algunos importan más que otros, y eso se aprende, se reproduce y se impone.

Necesitamos una transformación cultural profunda que cuestione los valores que sostienen la dominación. Y esa transformación no se decreta desde el poder, se construye en la comunidad, en el territorio, en el trabajo cotidiano de la calle. Requiere escucha, vínculo, pedagogía, ternura. La transformación empieza en lo más próximo: en cómo nos relacionamos, cómo criamos, cómo nombramos, cómo miramos.

Desarticular, trastocar, erradicar la desigualdad simbólica y la violencia estructural no es tarea exclusiva del Estado, es una responsabilidad colectiva. Se trata de reconstruir el mundo a partir de otras lógicas, unas que existen en formas ancestrales y que aún no hemos inventado. La transformación no es fácil, no es inmediata pero hay que empezar en algún lugar y la organización comunitaria es clave, porque es allí donde podemos ensayar otras formas de vida, otras formas de justicia.

La Jornada Morelos