

Patricia García Navarro, madre de Ángel Montenegro, desaparecido el 28 de agosto de 2022, se sumó al complejo y doloroso proceso de la cuarta diligencia de exhumación en las fosas comunes de Jojutla, Morelos. Su historia, como la de muchas familias, se entrelaza con el hallazgo de estas fosas, que la entonces Procuraduría General del Estado utilizó para inhumar de manera irregular los cuerpos de decenas de personas, violando normas y dejando un legado de incertidumbre y dolor.
“Mi hijo desapareció en pleno día, mientras esperaba transporte en Cuautla para regresar a casa. Desde entonces, no hemos parado de buscarlo”, comparte Patricia. La vida de su hijo Ángel, un joven albañil que sostenía a su esposa e hijo de 10 años, se apagó abruptamente, dejando a una familia rota y enfrentando un sistema de justicia que, en sus palabras, fue ineficaz desde el primer momento.
La participación de Patricia en la cuarta exhumación en las fosas de Jojutla no fue casualidad, sino una respuesta a una necesidad personal y colectiva de justicia. Estas fosas comunes, que se descubrieron inicialmente en 2016, revelaron un sistema de inhumación plagado de irregularidades. Desde cuerpos sin identificar hasta la falta de protocolos adecuados, las fosas representan un símbolo del abandono institucional y la deshumanización de las víctimas. Esta cuarta diligencia se llevó a cabo del 6 de noviembre al 11 de diciembre, un mes de trabajo a contrarreloj en busca de respuestas.
El contexto de la búsqueda
Patricia recuerda cómo el día que desapareció su hijo las autoridades tardaron en responder. “Desde el inicio, sentí que la prioridad no era buscar a mi hijo. Me tuvieron días retenida, diciéndome que era ‘la víctima’, pero yo solo quería que salieran a buscarlo”, relata. Fue su determinación lo que la llevó a integrarse al colectivo “Regresando a Casa Morelos”, un espacio donde encontró apoyo y la fuerza para seguir.
Desde 2022, Patricia ha estado presente en diversas actividades organizadas por el colectivo, desde protestas hasta búsquedas en campo. La cuarta exhumación, que inició el pasado 6 de noviembre, se convirtió en una experiencia transformadora para ella. “Al principio, sentía que bordar o pintar mientras esperábamos fuera de las fosas era una pérdida de tiempo, pero luego entendí que era una forma de tejer lazos, de construir memoria y de liberar lo que llevamos dentro”, explica.

En esta diligencia, Patricia también introdujo una actividad simbólica y terapéutica para las familias presentes: la pintura textil. “Les dibujaba flores, abrazos entre madres e hijos, algo que reflejara el amor y el dolor que sentimos. Al final, lo plasmábamos con frases dedicadas a nuestros seres queridos”, dice. Esta actividad no solo fortaleció a las familias, sino que añadió un elemento de humanidad a un proceso profundamente desgarrador.
Las fosas que exigen justicia
Las fosas de Jojutla no son solo un sitio de exhumación, sino un recordatorio de las omisiones y negligencias de las autoridades. En 2016, el hallazgo de estas inhumaciones reveló que los cuerpos habían sido enterrados sin identificar, sin notificar a las familias y sin seguir los protocolos establecidos. Para las familias, cada diligencia es una batalla contra el tiempo y la burocracia.
“La cuarta exhumación se llevó a cabo gracias a que un cuerpo quedó expuesto tras la tercera diligencia. Es como si los cuerpos mismos pidieran no ser olvidados, como si nos dijeran que aún hay más por descubrir”, expresa Patricia. Aunque reconoce que las autoridades han prometido actuar con mayor prontitud, también señala que los dos años transcurridos entre la última exhumación y esta son un reflejo de las fallas del sistema.
Entre el dolor y la resistencia
Durante la diligencia, que concluyó el 11 de diciembre, Patricia desempeñó un papel crucial apoyando a otras familias. “Revisábamos los catálogos de cuerpos en el Servicio Médico Forense, acompañábamos a quienes llegaban por primera vez y nos asegurábamos de que hubiera apoyo psicológico para quienes lo necesitaran”, detalla. Su experiencia en manualidades, adquirida años atrás, se convirtió en una herramienta para ofrecer contención emocional.
A pesar de la adversidad, Patricia encuentra en su nieto una fuente de esperanza. “Él sigue echándole ganas a la escuela, dice que quiere que cuando su papá regrese vea lo bien que le ha ido. Es su motivación, y también la mía”, comenta.
Patricia García no solo busca a su hijo, sino que se ha convertido en una voz activa dentro de un movimiento que exige justicia y memoria para las víctimas de desaparición. Su testimonio, recogido durante esta cuarta exhumación, refleja la lucha incansable de las familias por recuperar a sus seres queridos y garantizar que estos hechos no se repitan.
“Las fosas de Jojutla nos enseñan que los cuerpos hablan, que no podemos dejarlos en el olvido. Seguiremos aquí, exigiendo, buscando y tejiendo la memoria de quienes ya no están”, concluye.

Patricia García Navarro, madre de Ángel Montenegro, en Jojutla. Foto: Estrella Pedroza

Ángel Montenegro. Foto: Estrella Pedroza

