Proclamado desde 1996 por la UNESCO, cada 16 de noviembre se conmemora el Día Internacional para la Tolerancia, una fecha que ha buscado promover la comprensión, el respeto y la convivencia entre pueblos y culturas. En la Declaratoria de Principios sobre la Tolerancia: la injusticia, la violencia, la discriminación y la marginalización son formas comunes de intolerancia. Es por ello por lo que la UNESCO describe la tolerancia no sólo como un deber moral, sino como un requerimiento político y legal para los individuos, los grupos y los Estados. Sin embargo, casi tres décadas después, la palabra “tolerancia” se ha vuelto insuficiente frente a la permanencia de la desigualdad y la exclusión.

Los datos del INEGI, a través de la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS) 2022, destaca que los grupos más discriminados en México son las personas de la diversidad sexual y de género, las trabajadoras del hogar, las personas con discapacidad, la población afrodescendiente y la población indígena. Lo que confirma, a pesar de los avances en materia de derechos humanos, que las formas de violencia social siguen vigentes.

En la misma encuesta, también las mujeres y jóvenes reportaron altos niveles de exclusión. Entre las principales causas, las mujeres son discriminadas principalmente por su género, por su forma de vestir o por su apariencia física, mientras que los hombres enfrentan rechazo por su arreglo personal, sus opiniones políticas o su manera de hablar. Aunque las razones parecen distintas, el fondo es el mismo, es decir, los cánones sociales siguen dictando quién puede ser respetado y quién sólo puede ser “tolerado”. Lo mismo podría aplicarse a las personas en situación de calle, las infancias en los semáforos, o las manifestaciones sociales. En estos casos la diferencia no se celebra, se soporta. La tolerancia, así entendida, se convierte en una forma elegante de exclusión.

Una palabra con peso

Etimológicamente, “tolerar” proviene del latín tolerare, que significa soportar o resistir. Es en su raíz dónde se esconde la paradoja de este valor: tolerar implica aguantar al otro, no necesariamente comprenderlo ni reconocerlo como igual. Así, la tolerancia se ha convertido en un término que a veces perpetúa jerarquías, pues quien tolera ejerce una posición de poder sobre quien es tolerado.

En los espacios universitarios, donde la diversidad es cada vez más visible, esta tensión se percibe con normalidad. Si bien, se han impulsado programas para construir una cultura de paz y no violencia desde las aulas, con campañas de sensibilización, foros y talleres sobre derechos humanos; la convivencia cotidiana todavía revela los límites del término. No basta con hablar de inclusión si el trato diario fuera de las instituciones reproduce exclusión o silencios.

Por otro lado, la tolerancia, vista desde el privilegio, puede volverse una forma de indiferencia. Hay personas que no tienen la posibilidad de tolerar porque viven en condiciones críticas de vulnerabilidad o violencia. Para ellas, la tolerancia no es una elección moral, sino una imposición estructural, aguantar la desigualdad, soportar el desprecio, resistir la discriminación.

La UNESCO, desde 1995, ha sostenido que la tolerancia no debe confundirse con indulgencia, sino con una práctica activa de reconocimiento de la dignidad humana. Educar para la tolerancia, explica el organismo, significa eliminar los prejuicios desde el lenguaje, garantizar la igualdad de oportunidades y promover la participación de los grupos históricamente marginados. Pero frente a una sociedad donde la discriminación persiste y la desigualdad se normaliza, la pregunta resulta inevitable, ¿quiénes son realmente los sujetos que se beneficial de esa tolerancia? ¿a quiénes se les concede el derecho de ser tolerados y quiénes, en cambio, viven sin la posibilidad siquiera de reconocimiento? En ese límite entre el respeto y la condescendencia, ¿la tolerancia deja de ser un valor universal y se convierte en un espejo de las jerarquías que aún estructuran nuestra convivencia?

¿Resistir o tolerar?

En Morelos, donde casi la mitad de la población son mujeres, esta reflexión cobra una fuerza particular. En las universidades, los movimientos feministas y los colectivos estudiantiles han contribuido a visibilizar las desigualdades y a exigir entornos más seguros. Sin embargo, las cifras de discriminación demuestran que la violencia de género sigue normalizada en muchos espacios públicos y digitales, y que aún se castiga la diferencia bajo el disfraz de la tolerancia (o del silencio).

La presencia creciente de grupos de la diversidad sexual y de género en las universidades también es una muestra de apertura social, aunque esa visibilidad no siempre se traduce en respeto. Ser más visibles no significa ser más libres, muchas de estas personas siguen enfrentando acoso, burlas o agresiones sutiles en las calles y redes sociales. El derecho a la tolerancia no garantiza la igualdad real.

No tolerar

Repensar el sentido del Día Internacional para la Tolerancia exige ir más allá de la pasividad. Tolerar la corrupción cotidiana porque “así son las cosas” o normalizar el desprecio cotidiano ante alguien distinto, “por no intervenir y crear problemas”, por ejemplo, no es un gesto de civilidad, sino una renuncia al cambio. En una sociedad marcada por la polarización, la apatía y el desinterés, el verdadero desafío es no acostumbrarse a “soportar”. Por eso, más que conmemorar un día para la tolerancia, el llamado social es a no tolerar. No tolerar el acoso callejero ni la discriminación laboral; no tolerar los discursos de odio ni el desprecio hacia los adultos mayores; no tolerar los actos de crueldad a los animales, que se reproducen como entretenimiento en redes sociales.

La educación en derechos humanos, el respeto mutuo y la empatía deben convertirse en la base de una convivencia más justa. La tolerancia, entendida como “soportar”, ya no basta. Es tiempo de transformar ese concepto en una acción real de respeto, igualdad y reconocimiento. Tolerar no es reconocer al otro, es una forma de negarlo. En un país donde millones de personas siguen siendo marginadas por su cuerpo, su origen o su identidad, repensar por qué y para qué se tolera, es un primer paso para realmente generar un cambio.

Jazmin Aguilar