A ciento quince años del inicio de la Revolución Mexicana, no son pocas las reflexiones que entraña el inicio de la contienda que marcó un antes y un después, no solo en la historia mexicana, sino que fue referente e inspiración para otras luchas sociales durante el siglo XX. La revolución en México, es recordada como el primer gran movimiento social de la turbulenta centuria que rompió, por lo menos en Europa, la paz permanente que existió trás la derrota de Napoleón Bonaparte en Waterloo, en junio de 1815. El levantamiento en México de 1910, fue por ende anterior a la Gran Guerra y a la Revolución de Octubre en la Rusia Zarista.

Porfirio Díaz, emergió durante la República Restaurada como la figura de mayor prestigio en el país y en un momento decisivo de auge y orgullo nacional. A pesar del revés sufrido en la Rebelión de La Noria, era la mejor espada de México, y si bien los laureles de Querétaro le correspondieron a Mariano Escobedo, el triunfo sobre Maximiliano no se hubiera logrado sin la vibrante victoria de Díaz, el 2 de abril de 1867 en Puebla. Porfirio fue víctima de un Juárez, que se negó a reconocer sus legítimas aspiraciones, y a pesar de gozar del favor popular, tuvo que esperar la muerte del Benemérito y encabezar otra rebelión para alcanzar la anhelada presidencia.

Cuando Díaz asumió el poder, México vivió un sueño ansiado de prosperidad, orden y progreso. Porfirio se rodeo de los Científicos y resumió su programa de gobierno en una máxima sencilla pero certera: “Poca política y mucha administración” El país entró entonces en una bonanza de grandes proporciones y en treinta años se construyó lo que había sido imposible desde 1810 por causa de asonadas, guerras civiles y extranjeras. La pax porfiriana no solo trajo estabilidad sino en consecuencia: industria, comercio, inversión extranjera, comunicaciones, redes ferroviarias, puertos, educación, cultura, riqueza en el campo, un peso mexicano a la par de un dólar estadounidense, prestigio internacional así como un ejército profesional. Pero no todo fue miel sobre hojuelas, la oposición y la libertad de expresión no existieron y las causas sociales tampoco fueron atendidas. Mientras las haciendas eran minas de oro, los peones vivían bajo un sistema cuasi feudal y en la Ciudad de México se levantaron hermosos edificios afrancesados pero los cinturones de miseria en los arrabales, no se erradicaron.

A partir de 1900, emergió visiblemente la oposición al régimen, a través de figuras como los hermanos Flores Magón, de episodios como las huelgas en Río Blanco, Cananea y de Francisco I Madero, acaudalado hacendado norteño, quien pretendió competir contra el viejo caudillo en la urnas pero fue encarcelado. Al final, Madero hizo el llamado a las armas el 20 de noviembre de 1910, que detonó la revolución, irónicamente dos meses antes, el México de Don Porfirio, había mostrado al mundo todo su esplendor durante las fiestas del Centenario. La Revolución Maderista a pesar de su victoria en Ciudad Juárez en mayo de 1911, no derrocó al General Díaz, Don Porfirio renunció para evitar un derramamiento de sangre y partió dolido de ver según sus propias palabras, a la mitad del país levantarse en armas y a la otra mitad cruzarse de brazos. Se embarcó con dignidad rumbo al exilio donde murió en 1915, colmado de honores por las potencias europeas, pero sin cumplir con un último deseo de ser sepultado en el templo de la Soledad en Oaxaca.

Madero triunfante alcanzó la presidencia trás una copiosa elección, pero no pacificó al país, bien dijo Don Porfirio, que había sacado al tigre de la jaula y entonces ya no hubo quien lo metiera de regreso. Zapata no se entendió con el nuevo presidente y el estado de Morelos se encendió en llamas, Orozco su antiguo lugarteniente también se rebeló, al igual que Felíx Díaz , el sobrino de su tío. Finalmente, el ejército que fue del viejo caudillo, le dió la estocada final en Febrero de 1913.

El asesinato de Madero y la usurpación de Huerta derivaron en el periodo más sangriento de la guerra civil. Carranza, Obregón, Zapata y Villa fueron los líderes que tras la derrota del dictador, tornaron la lucha social en una violenta disputa entre caudillos. Obregón convertido en el general invicto, llevó a los sonorenses al poder, apagó rebeliones y fue implacable con sus adversarios. Sin embargo, su ambición al reelegirse desencadenó su muerte en 1928, así fue como entonces, los cuatro principales caudillos de la revolución, murieron asesinados.

La década de los veinte, comenzó a delinear las luces y sombras de la Revolución Mexicana, surgieron instituciones, se consolidaron el agrarismo, los postulados sociales y se profesionalizó el ejército, pero también hubo asonadas, asesinatos políticos, estalló la Cristiada y Calles se perpetuó en el poder a través del “Maximato”. En 1934, Lázaro Cardenas asumió la presidencia, no se sometió al Jefe Maximo y lo exilió, iniciando una etapa de transformación social, aunque no exenta de la polémica, es importante por ejemplo, poner hoy en una balanza la efectividad de la figura del ejido y reconocer que el triunfo de Ávila Camacho sobre Almazán en 1940, se impuso a sangre y fuego. Los operadores electorales del presidente Cárdenas en dicha elección, fueron nada más y nada menos que Gonzalo N. Santos y Maximino Ávila Camacho.

A partir de 1940, México se afianzó, se robustecieron instituciones, el país creció bajo una cultura revolucionaria pero las sombras continuaron con los excesos de Alemán, la represión a opositores tan disímbolos como Demetrio Vallejo o el carismático General Miguel Henríquez Guzmán, pero también brillaron luces tales como las administraciones de Ruiz Cortinez, de López Mateos y el Desarrollo Estabilizador que se tradujo en el “Milagro Mexicano”. El conflicto de 1968, las crisis económicas de los setenta, así como la fractura de la Corriente Democrática del PRI, junto con la cuestionada elección de 1988, marcaron el principio del fin de la hegemonía priista.

A 25 años de la primera salida del PRI de Los Pinos, la oposición ha mostrado que comparte con creces las sombras que por décadas le achacaron al partido oficial. El PRI dista de ser el poderoso PNR de 1929 o sus sucesores, corre incluso con el riesgo de desaparecer, sin embargo ni el PAN ni MORENA han logrado construir el México que prometieron. Tal como sucedió en 1910, hoy la desigualdad económica y social avasallan, pero con el añadido de la grave inseguridad que no existía en tiempos de Don Porfirio, donde era impensable conceder un ápice de tolerancia a los delincuentes. Triste también es el panorama actual en el campo, en Morelos tierra de Zapata y cuna del agrarismo, a un modesto campesino le cuesta $30,000 pesos sembrar una hectárea de maíz. Entonces es, a partir de todo lo anterior, que el reto para el gobierno actual, será mostrar que la Revolución de 1910, valió la pena y que sus postulados sociales pesan más que la sangrienta y feroz disputa por el asiento presidencial, en el cual Zapata no se sentó, porque contundente afirmó, y no sin razón, que esa silla está embrujada.

*Escritor y cronista morelense.

Roberto Abe Camil