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La SEP entra en escena
Estamos hechos de palabras. Reconocemos y podemos manejar sólo lo que podemos nombrar. Una sociedad sin palabras para organizarse, protegerse y progresar está indefensa, a merced de cualquier adversidad. Las oportunidades, los logros, la prosperidad, la seguridad, la salud de una sociedad dependen de su nivel de educación.
Hace un siglo, cuando la Revolución había llegado a su fin y el presidente de México era Álvaro Obregón, José Vasconcelos —en ese momento rector de la Universidad Nacional— recibió el encargo de organizar y dirigir la Secretaría de Educación Pública.
Junto con colaboradores como Ezequiel A. Chávez, que había sido la mano derecha de Justo Sierra, ministro de Educación de Porfirito Díaz; Pedro de Alba, Antonio Caso, Jaime Torres Bodet-, Vasconcelos se esforzó por fundar una institución que pudiera ofrecer a la niñez y a la juventud del país una educación completa, que atendiera al desarrollo de las diversas capacidades de las personas –y que les diera la información, los conocimientos, las destrezas necesarios para que la nación pudiera sostenerse y progresar.
La nueva dependencia tendría tres departamentos, igualmente importantes:

1) El Escolar: los programas de estudio y los libros de texto.
2) El de Bibliotecas y Archivos: los acervos bibliográficos y documentales.
3) El de Bellas Artes: los escenarios, los materiales, los instrumentos para el desarrollo de las artes.
Era tan necesario atender a los niños y los adolescentes en las aulas, como armar una red de bibliotecas escolares y públicas que pusiera los libros de texto, las obras literarias, históricas, filosóficas, científicas, de todos los campos de la imaginación, el conocimiento y las artes al alcance de todos, de los maestros, los alumnos y sus familiares —en calidad de espectadores, de intérpretes y de ejecutantes—.
Y había que hacerlo todo en todos los espacios: la escuela, el trabajo, la calle, la casa —eso sigue estando pendiente—, pues la salud del país dependía y sigue dependiendo de que esos bienes alcanzaran a todos.
Hubo novedades que fueron visibles muy pronto. Por ejemplo, algunos muros de grandes edificios públicos, como San Ildefonso y la sede de la propia SEP se entregaron a grandes pintores, como Jean Charlot, Roberto Montenegro, Diego Rivera, José Clemente Orozco… Se instituyeron las Misiones Culturales, que buscaban instruir a la gente del campo, al mismo tiempo que mejorar su capacidad productiva y sus condiciones de higiene y salud.
Hubo un movimiento de valoración del arte popular; se dieron clases de arte, conferencias y conciertos en talleres, fábricas y plazas; se abrieron escuelas rurales y bibliotecas y se convocó a estudiantes que ya eran capaces de hacerlo para que alfabetizaran a quienes no tenían ni idea de lo que es leer y escribir —en ese tiempo casi 90 de cada cien mexicanos. Por sí misma, la alfabetización no representa ningún beneficio real, es una simulación de que se sabe leer y escribir, pero en esos momentos de euforia representaba una esperanza de progreso.
Por encima de todo, porque Vasconcelos sabía que un lector multiplica sus experiencias y sigue aprendiendo durante toda la vida, se publicaron los diecisiete volúmenes de Clásicos (a peso el ejemplar); la colección de Tratados y Manuales; la de Textos para la Escuela Primaria, que incluía la Historia patria de Justo Sierra; los Folletos de Divulgación (cuyos precios iban de los dos pesos con cincuenta centavos de un libro muy ilustrado, Las cactáceas en México, de Isaac Ochoterena, hasta los diez centavos del Silabario de Rafael Ramírez); sin olvidar las Lecturas para mujeres —que dirigió la chilena Gabriela Mistral—, las Lecturas clásicas para niños, la revista El Maestro, y millares de libros comprados a editores privados.
Se trataba de reconstruir el país desde sus cimientos: lo educativo y lo cultural —algo que hoy en día está relegado—. La nación estaba devastada por diez años de guerra civil. La tarea quedó encomendada al maestro, al artista y el libro, y a menudo los tres encarnaban en una misma persona: Pellicer, Toledano, Torri, Villegas, Bassols, Palacios Macedo y Gómez Morín fueron a un mismo tiempo poetas, conferencistas, traductores, maestros…
A ellos se sumaron intelectuales llegados de otros países, como el peruano Raúl Haya de la Torre, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, la ya mencionada Gabriela Mistral…
El secretario de Educación Pública salía, sábados y domingos, a repartir libros. En el primer número de la revista El Maestro, en «Un llamado cordial», para explicar el sentido de lo que se estaba haciendo, Vasconcelos escribió:
no vale nada la cultura, no valen nada las ideas, no vale nada el arte, si todo ello no se inspira en el interés general de la humanidad, si todo ello no persigue el fin de conseguir el bienestar relativo de todos los hombres, si no asegura la libertad y la justicia, indispensables para que todos desarrollen sus capacidades y eleven su espíritu hasta la luz de los más altos conceptos.

José Vasconcelos. Foto: INAH / Archivo

