
EQUILIBRIO
Hélène BLOCQUAUX*
Belinda y Conrado vivían en un departamento seguro. Relativamente seguro, porque a escasas cuadras se escuchaban en ocasiones ruidos que no eran cohetes, sino artefactos letales que cumplían su cometido porque al poco tiempo salían los hechos ocurridos en las noticias. Y cuando la tierra se sacudía, los vecinos salían en bata, ya fuera de madrugada o de noche, incluso en plena luz del día, con su juego de llaves en mano. A los descuidados, se les cerraba la puerta de entrada de su hogar. Se quedaban afuera sin poder comer su bolillo para el susto, esto último siendo lo menos molesto porque había que recurrir al cerrajero, tal vez también despavorido por las mismas vicisitudes. Belinda, la contadora, había dejado de ejercer para dedicarse a la crianza de sus dos retoños particularmente rebeldes a seguir instrucciones, incluyendo las de contar hasta tres. En cuanto a Conrado, su estado actual de vida no implicaba muchas preocupaciones, puesto que Belinda resolvía cualquier asunto, por más pequeño que ese fuera. Era esposa dedicada, cuidadora de marido, hijos y gatos (cada hijo, uno asignado porque peleaban mucho y siempre salía uno más arañado que el otro para llevar al veterinario), entregada al servicio del cuidado integral del departamento con todo y sus habitantes. Ese frágil equilibrio se quebró precisamente a las dos de la tarde después de un sismo no reportado, pero sí resentido por los miembros de la familia, quienes se encontraban almorzando en sábado. El motivo del quiebre no fue el sismo, porque se tranquilizaron terminando una baguette de masa madre que tenían a su alcance. No. El asunto ocurrió unas horas después, aunque se podía decir que ellos ya se encontraban predispuestos a volverse a asustar una y más veces. Al retoño mayor, por orden cronológico, no le faltaba motivo, pero en esta historia no se le podía ni remotamente fincar alguna responsabilidad, lo mismo para el segundo niño. Conrado, técnico electricista de formación, se distinguía por su afición a hacer enojar a sus clientes y por descomponer en vez de componer las instalaciones. En meses anteriores, había atendido problemas de plomería del vecino de arriba. ¿Por qué plomería y no electricidad? Simplemente porque se lo pidieron y él accedió. De esta forma, le fue más fácil desarreglar lo descompuesto. Le puso más ingenio, junto con un toque de diversión. Lo que sucedió después fue una consecuencia inevitable de lo anterior en su versión terrífica. Desde el departamento del vecino de arriba, empezaron infiltraciones pequeñas, pero sin duda numerosas. En el baño principal, Belinda observó la presencia de un charquito de agua en el piso. Se lo indicó a Conrado, quien no se dio por entendido. Al poco tiempo, el niño más travieso de la familia (no hubo realmente desempate al respecto; sin embargo, se asume que se trata del primogénito, cuyo nombre no es necesario mencionar, puesto que sus padres se referían a ambos mediante apodos sugestivos a sus mayores defectos de carácter: el Delfín y el Nene) De pronto, el niño se resbaló en la cocina y se torció el tobillo. Gritó a todo pulmón su enojo alertando a sus padres preocupados por la magnitud sonora emitida por un ser tan joven. Durante la semana posterior, el techo de su sala se fue desmoronando. El vecino cayó de milagro en el sillón. Todavía no se repone de tanto equilibrio en ese acto.
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Foto: Cortesía


