

Hay dos frases que le escuché por primera vez a Juan Salgado Brito y que siempre acompañaron mis recuerdos sobre el Doctor, primero constantes, luego espaciados en la medida en que aparecía poco en la política de Morelos, y en la última veintena de meses casi diarios con su vuelta a los primeros planos y las primeras planas.
“Con estos bueyes hay que arar”, me dijo alguna vez que criticaba yo severamente a parte del equipo de alguna de sus muchas campañas político-electorales en Morelos. Porque, además del muy reducido equipo que lo acompañó por décadas, Juan Salgado Brito sabía trabajar con quien le tocara, como deben hacer los políticos.
Otro día, cuando alguien le presentaba reportes, el Doctor, como le decíamos entonces, aseguró “entonces no es que nos cargue la chingada, pero si nos arrastra un buen trecho”, hasta ahora sigue siendo la forma más severa y diplomática de los muchos regaños que hemos escuchado, para otros o para uno mismo.
A Juan lo conocí en la década de los noventa, no recuerdo el año y por más que hacemos algunos de sus colaboradores de entonces y amigos de siempre por recordar el año exacto no hemos podido. Él era delegado de la entonces llamada Secretaría de Desarrollo Social, y yo un crítico más o menos severo de las estrategias de combate a la pobreza que la dependencia federal llevaba en Morelos. Me buscó a través de Rafa para platicar sobre el asunto y explicar la política pública de ese gobierno.
Cuando Jorge Carrillo Olea dimitió al gobierno de Morelos, en los pasillos del Congreso de Morelos se escuchaba el nombre de Juan Salgado, ese señor que desde que nos conocimos siempre que nos encontrábamos me prodigaba un afectuoso abrazo y la seguridad de que leía mis comentarios en prensa. Los diputados del Partido Acción Nacional y el de la Revolución Democrática de entonces me confiaban que, como ocurrió, no permitirían que Salgado Brito sustituyera a Carrillo Olea: “si dejamos a Juan llegar ahorita, el PRI se queda en el gobierno otros seis años”, me aseguraban al preguntarles por la fobia que parecían tenerle a Juan.
Luego volví a encontrar al Doctor cuando me tocó cubrir parte de su campaña por la gubernatura en el 2000. Había muchos jóvenes buenos amigos que estaban en el equipo del candidato del PRI, lo que para mí ponía un toque de decencia a la que luego se tornaría en la primera derrota (y en el fin de los días) del tricolor en la gubernatura de Morelos. Juan era el mejor candidato en el peor de los partidos y en el más grave de los momentos, su derrota fue difícil de asimilar para él mismo, para su equipo, e imposible de superar para lo que quedaría de su partido.

Pasaron los años y nos veíamos muy poco. Su paso a la izquierda no lo fue, me confiaba algún día, porque las ideas de justicia social que abanderaba Morena (partido que ayudó a fundar en Morelos), eran las mismas que había tenido siempre.
Era bastante cierto, Juan se formó en el PRI de las causas populares, fue diputado local por ese partido a los 25 años, en 1973. Entonces en el partido todavía se hablaba de las causas revolucionarias, la autosuficiencia alimentaria, el desarrollo social y el combate abierto a la pobreza, y las izquierdas activas en la política del país estaban insertas en el tricolor porque no había alternativas.
Juan era el único político morelense de carrera que quedaba de aquella generación formada en la tradición del diálogo, la concertación, el conocimiento, el buen juicio político, el reconocimiento a las diferencias y a lo diferente, el respeto; a lo mejor por ello se les atoraba a tantos pragmáticos de la política.
Cuando la gobernadora Margarita González Saravia invitó a Juan Salgado Brito a incorporarse a su gabinete como secretario de Gobierno, sabíamos que la política interna morelense estaba en buenas manos.
A Juan, que permanecía activo en la política, le vino de maravilla la encomienda que asumió con ilusión y pasión; esas cualidades que lo volvieron incansable.
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La muerte de Juan Salgado Brito no tendría que ser el fin de la tradición de hacer política en Morelos. Aunque en efecto es el último de su generación que seguía activo, Juan formó cuadros políticos relevantes que conservan (especialmente quienes estuvieron a su lado por más tiempo) el estilo y muchos de sus valores.
El legado de servicio y su compromiso no son para guardarse en la historia; sino para aquilatarse como parte del buen servicio público.

