La Jornada Morelos / DMC

Ser pobre no es lo mismo que “andar bien bruja”, como dicen en México quienes por cualquier razón carecen de flujo de efectivo o tienen gastos que rebasan su nivel de ingresos. La pobreza es una condición más allá de lo económico.

La Organización de las Naciones Unidas desde antes de 1993 cuando declaró el 17 de octubre como el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, ya concebía a esta condición como un problema que merece atención urgente, pues causa y provoca violaciones graves a los Derechos Humanos, cuyas víctimas son frecuentemente expuestas a que se les nieguen la dignidad, la igualdad y el acceso a los satisfactores mínimos.

La concepción teórica no es tan complicada así que bien podemos dedicarle un espacio: una de las funciones fundamentales del Estado es garantizar la justicia en un sentido mucho más amplio al que entienden la mayoría de los abogados (dar a cada quien lo que le corresponde). Concepciones no tan elementales reconocen que las justicia consiste en el acceso y goce pleno a un set de derechos humanos fundamentales que sólo pueden garantizarse cuando se cumple con otro conjunto de derechos que a su vez lleva a otros nuevos. Al negar el acceso a los derechos de cuarta, tercera y hasta segunda generación, la condición de pobreza lesiona los derechos a la vida, libertad, seguridad, pensamiento, opinión, reunión, juicios justos, circulación, intimidad, e igualdad ante la ley y no discriminación.

Hecha la acotación, no es difícil establecer el puente elemental entre la pobreza y el acceso a los derechos humanos en condiciones de elemental justicia.

Un vistazo a las historias de México, tejidas tanto desde la academia como en la literatura, evidencia la asociación de la pobreza con condiciones de vulnerabilidad que incrementan el riesgo de violaciones a los derechos humanos; no sólo por la vía instrumental más evidente, la acción policíaca o del sistema jurídico en contra de quienes menos tienen; sino por la falta de acceso a las poblaciones en situación de pobreza a derechos como la alimentación, la salud, el medio ambiente sano, el empleo, la higiene básica.

La percepción de la pobreza como un problema monetario, y equívocas concepciones como “son pobres porque quieren”, o “porque se niegan a salir de la pobreza”, permitió que, aún con los ideales de la Revolución Mexicana a flor de piel, el estado Mexicano desatendiera el problema de la pobreza y confinara a quienes la padecen a asentamientos irregulares, cinturones de miseria, espacios marginales en las ciudades y las áreas rurales, donde se reproducían los ciclos que permitieron y extendieron las condiciones de marginación para cientos de miles de mexicanos.

El primer objetivo de una agenda ya incumplible

En el 2015, 193 países miembros de las Naciones Unidas, entre ellos México, aprobaron los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, conocidos también como la Agenda 2030, que constituye una suerte de continuidad a los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Los 17 objetivos están relacionados entre sí en una especie de sistema que busca lograr una garantía de futuro para la humanidad y cada una de las naciones. Y aunque a menos de cinco años de que se cumpla el plazo para lograr los objetivos nadie apuesta a que se lograrán, vale la pena decir que la primera de las metas es el fin de la pobreza; y lo establece de forma ambiciosa “acabar con la pobreza en todas sus formas, en todas sus partes” y no dejar a nadie atrás.

Entre el 2000 y el 2018, de acuerdo con informes de la ONU, la pobreza mundial se redujo a la mitad, sin embargo (y este es un pero muy grande), los avances han sido profundamente desiguales entre las naciones; pero también entre las regiones de los propios países.

México y el enfoque en los derechos sociales

Debe reconocerse que, en México, el trabajo científico y su influencia en el diseño de políticas públicas, permitió que desde hace tres décadas empezara a retirarse el modelo asistencialista de combate a la pobreza, y se implementara paulatinamente un modelo enfocado en mejorar el acceso a los derechos sociales y el bienestar de la población en situación de vulnerabilidad. El enfoque ha logrado algunos avances notorios, como la ampliación del acceso a la alimentación y a servicios básicos de vivienda; otras carencias han permanecido, como el rezago educativo, el acceso a vivienda de calidad, a la seguridad social; y algunas se han ampliado, como la falta de servicios de salud.

En el caso de Morelos más de 697 mil personas se consideran pobres y más de 814 mil tienen ingresos por debajo de la línea de pobreza por ingresos. De hecho, para el 2024, el 35.2% de la población del estado sobrevive en condiciones de pobreza; y las carencias afectan a aún más habitantes del estado.

Los programas sociales del gobierno federal implementados desde 2018, y los que el gobierno de Morelos inició apenas en octubre del 2024, lograron reducir el índice de pobreza en Morelos del 50.8% de la población al 35.2%. Aún con ese buen dato, lo cierto es que la vulnerabilidad de la población se ha mantenido y en algunos casos aumentó de forma drástica.

Por ejemplo, 867 mil 600 morelenses no tienen acceso a los servicios de salud, carencia que los enfrenta al riesgo de gastos catastróficos en caso de enfermedad que pueden regresarlos a la condición de pobreza de la que se supone habrían salido apenas.

La pobreza focalizada en regiones y grupos sociales

Otro de los problemas de la pobreza es su carácter cíclico. La falta de oportunidades lleva a mayor marginación y carencias que reproducen y a veces hasta profundizan las carencias sociales. En Morelos hay ejemplos de ello en municipios donde más de la mitad de la población subsiste en condición de pobreza, como Ocuituco, Tetela del Volcán y Axochiapan.

La marginación también se acendra en grupos poblacionales específicos, como las comunidades indígenas. Más del 70% de la población de los tres municipios indígenas de Morelos: Hueyapan, Coatetelco y Xoxocotla, viven en situación de pobreza.

Los indicadores establecen que la niñez, las mujeres y las personas con discapacidad son mucho más vulnerables a la pobreza.

2025 con sabor a familias contra la pobreza

Para esta edición del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza la ONU busca nuevamente resaltar que acabar con la pobreza es una cuestión de dignidad, justicia y pertenencia, no solo de ingresos. Para ello, ha seleccionado una de las vertientes más ocultas de la pobreza que es “el maltrato social e institucional que sufren las personas que viven en la pobreza”.

Para ello, se ha propuesto visibilizar la importancia de un apoyo respetuoso y eficaz a las familias, para dar “prioridad a los más desfavorecidos y crear instituciones que ayuden a las familias a permanecer unidas, prosperar y forjar su propio futuro”.

La organización reconoce el estigma de las familias en pobreza, pero también el rechazo que sufren de las instituciones que fueron diseñadas para darles apoyo y que incluyen las de asistencia social, protección infantil, educación, salud, entre otras. La situación en el mundo se parece a la de México y Morelos, según narra la ONU “Madres solteras, familias indígenas y otros grupos históricamente discriminados denuncian maltratos, injusticias y deshumanización que minan su autoestima y destruyen su agencia personal, lo que en ocasiones lleva a situaciones de separación familiar, con consecuencias emocionales y sociales duraderas para niñas, niños y padres”.

Así que se sugiere, y esto debemos leerlo todos, pero especialmente los gobiernos, avanzar en el apoyo a través de

  1. instituciones que den prioridad a las personas, alejándose de la cultura de la desconfianza, la vigilancia intrusiva y el control, para acercarse a una cultura de confianza, respeto y colaboración;
  2. el reconocimiento de los esfuerzos que ya están haciendo los padres en situación de pobreza y apoyarles adecuadamente para garantizar un futuro mejor para ellos y sus hijos;
  3. la transformación de las instituciones de protección de la infancia en un sistema de apoyo a toda la familia, reforzando la capacidad de los padres para cuidar de sus propios hijos y salir de la pobreza persistente.

La familia es vital para romper los ciclos de pobreza y las violaciones a los derechos humanos de quienes enfrentan esa condición; es hora de ponerlas al centro nuevamente.

La Jornada Morelos