Como alternativa productiva con enfoque social y ambiental, la cunicultura se ha posicionado como una actividad viable y sostenible para garantizar la seguridad alimentaria familiar y comunitaria. Esta rama de la zootecnia, dedicada a la cría, manejo y aprovechamiento técnico de conejos, permite la obtención de productos y subproductos de forma rentable, con un enfoque en el aprovechamiento integral y la minimización del impacto ambiental, apoyada en la alta prolificidad y el rápido crecimiento de la especie.

Bajo esta perspectiva de economía circular y sustentabilidad, la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) ha impulsado la cunicultura como una herramienta formativa y productiva integrada a los planes de estudio en Desarrollo rural, Producción Animal y en la nueva licenciatura en Veterinaria y Zootecnia. Al respecto, Martha Laura Garduño Millán, experta en cunicultura, explica la relevancia de esta disciplina y su potencial para que las y los estudiantes articulen conocimientos técnicos, sociales y ambientales, con impacto directo en los sistemas productivos locales y el fortalecimiento del desarrollo rural.

“La liberación de conejos de granja en el entorno natural representa un riesgo ambiental, ya que pueden desplazar a las especies nativas por su alta capacidad reproductiva”, señala la especialista Martha Millán. Foto: AG.

Conejo nativo y conejo de granja

Martha Millán subraya en primer lugar que la cunicultura es una actividad productiva alineada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) como una forma de “agricultura climáticamente inteligente”, al favorecer la inocuidad alimentaria, la sostenibilidad ambiental y el desarrollo social. “Su impulso en el ámbito rural responde tanto a criterios productivos como a la necesidad de generar modelos responsables con el entorno”, señala.

En segundo lugar, explica la necesidad de distinguir entre los conejos de granja y las especies nativas de México para evitar impactos ecológicos. “Los conejos que usamos en granja son del género Oryctolagus cuniculus, que es el conejo común o el europeo. Estos se introdujeron durante la época colonial y seleccionados para la producción; pero si se dejan libres podrían desplazar al conejo nativo y provocar daños ambientales severos”, señala al recordar el caso de Nueva Zelanda, donde la introducción de esta especie derivó en un deterioro acelerado de los ecosistemas. Por ello, “esta es una especie introducida con potencial de ser ecológicamente muy agresiva”, asevera. 

En contraste, los conejos silvestres de México pertenecen principalmente al género Sylvilagus o conejo de monte y presentan características muy distintas: son más pequeños, con menor capacidad reproductiva, y cumplen funciones ecológicas específicas. “En Morelos tenemos al Romerolagus, conejo de los volcanes o teporingo, especie endémica que requiere protección estricta”. Asimismo, distingue a las “razas mascoteras”, caracterizadas por un tamaño menor, orejas caídas y colores más llamativos. Debido a su alta demanda social, el plan de estudios de la nueva licenciatura en Veterinaria incluirá una materia optativa de Clínica y Cirugía de Animales Exóticos, centrada específicamente en el manejo de conejos como mascotas.

Granja de traspatio 

Uno de los proyectos que impulsa la investigadora Martha Millán es la granja de traspatio, un espacio donde confluyen la investigación aplicada, el trabajo interdisciplinario con estudiantes de la Facultad y los aprendizajes derivados de su participación en foros y redes internacionales. El proyecto articula la aplicación de conocimientos al ámbito doméstico y comunitario. “Tener un espacio dentro de tu casa para la producción te ayuda a garantizar la inocuidad y seguridad alimentaria”, señala la investigadora.

El modelo que impulsa la académica es de un espacio de 35 metros cuadrados que opera bajo un esquema de flujo continuo, utilizando razas cárnicas como Chinchilla, California y Nueva Zelanda, por su rápido crecimiento y tamaño.  “Tenemos 24 hembras y tres machos en reproducción, que dan 192 conejos en flujo constante cada semana. Las conejas en un año pueden multiplicarse a sí mismas unas 40 veces, y las camadas van desde 6 hasta 12 crías. […] Alcanzan el peso de comercialización que es alrededor de dos kilos, entre las ocho y diez semanas de vida. […] Para que una familia tenga alimento toda la semana y pueda comercializar dos o tres conejos, bastaría entre seis y ocho hembras”, ejemplifica. 

Manejo y aprovechamiento circular 

Un eje angular del proyecto es la alimentación y el manejo sustentable. Aunque en granjas certificadas se utiliza alimento concentrado, la investigadora explica que el conejo “puede comer prácticamente de todo”, incluidos desperdicios de cocina, siempre bajo un manejo adecuado. “Son herbívoros estrictos”, precisa. A ello se suma el tratamiento de los residuos, ya que “la idea es procesarlos al mismo tiempo que estamos produciendo. La excreta, una vez procesada en composta de temperatura, se convierte en un abono orgánico frío, que no quema las plantas”, ideal para hortalizas y cultivos frutales, y la orina se aprovecha como fertilizante diluido, como urea”.

Entre los diversos productos que se pueden aprovechar, esta principalmente: la carne, una “proteína de muy alta calidad, baja en colesterol y grasas, con muchos nutrientes, apta desde los bebés hasta los ancianos y personas hipoalergénicas”. La piel se aprovecha como subproducto para artesanías, mientras que el cuero ya sin pelo se utiliza en forros de calzado, huaraches, pulseras, collares o encuadernación. El curtido se realiza de manera artesanal, con materiales como alumbre, sal, cal o corteza de encino, buscando siempre un bajo impacto ambiental. “Incluso el pelo tiene un uso cultural, en diversas comunidades con las que hemos trabajado al sur y al norte del estado, se emplea en la elaboración de tejanas, sombreros y tradicionalmente en el ribeteo de los trajes de chinelo”, comenta. 

Finalmente, señala que la cunicultura es una línea de investigación activa particularmente en proyectos vinculados al desarrollo rural, la reproducción, los estudios parasitológicos, la sanidad y el aprovechamiento integral de los productos del conejo, destacando su implementación como modelo biológico para diversas investigaciones.

Más allá de la academia, la investigadora subraya la importancia de la cunicultura en la economía local y como alternativa ética frente a la industria cárnica intensiva. “Consumir carne de conejo producida de manera local permite fortalecer a las familias productoras, reducir prácticas de crueldad animal y avanzar hacia sistemas de producción más conscientes. La cunicultura no sólo ofrece una proteína saludable y accesible, sino que abre la posibilidad de transitar hacia modelos alimentarios más sostenibles, respetuosos del ambiente y alineados con la seguridad alimentaria de las comunidades”.

Una coneja puede tener hasta 40 crías al año, alcanzando su peso de comercialización entre las ocho y diez semanas de vida, lo que lo convierte en una de las producciones pecuarias más rápidas. Foto: AG.
Los conejos de granja pertenecen al género Oryctolagus cuniculus, de origen europeo y seleccionados genéticamente para la reproducción y engorda aceleradas, mientras que los conejos nativos de México, del género Sylvilagus, son de menor tamaño y deben permanecer en su hábitat natural para evitar desequilibrios ecológicos. Foto: AG.
La cría responsable de conejos se posiciona como opción ética y sustentable ante los retos de la seguridad alimentaria y los modelos industriales de producción de carne. Foto: AG.
Jazmin Aguilar