“Los hombres no hacemos historia, hacemos historieta”

Germán R. Muñoz G

José Alberto Mujica Cordano, mejor conocido como «Pepe» Mujica, falleció a los 89 años tras una dura batalla contra el cáncer de esófago, que luego hizo metástasis en el hígado. Su muerte fue anunciada el 13 de mayo por el presidente Yamandú Orsi, en un mensaje que conmovió a toda América Latina: “Gracias por todo lo que nos diste y por tu profundo amor por tu pueblo”.

Más allá del cargo que ocupó entre 2010 y 2015 como presidente de Uruguay, Mujica fue, ante todo, un símbolo: de sobriedad, de coherencia, de resistencia. Una figura que, en tiempos de cinismo y desencanto, encarnó una ética política basada en la sencillez, el humanismo y la palabra directa.

Desde su modesta chacra en las afueras de Montevideo, José «Pepe» Mujica no solo cultivó hortalizas, también sembró ideas que trascendieron fronteras. Su vida —marcada por la lucha guerrillera, la cárcel, la presidencia y la renuncia al confort del poder— fue un testimonio de coherencia. Y su despedida, como su existencia, estuvo teñida de filosofía sencilla, verdades incómodas y una melancólica lucidez.

En diciembre de 2024, ya debilitado por los efectos de un tratamiento de cáncer de esófago que derivó en una afección renal, Mujica confesó que le faltaban fuerzas y que se alimentaba a través de un “agujero” que le dejó la radioterapia. “Ando una hora en el tractor y quedo. Me tengo que acostar un rato. Se me fue la juventud”, comentó entonces, no sin ironía, en entrevista con CNN. A pesar del cansancio físico, su pensamiento seguía afilado como siempre.

“La vida es la aventura de las moléculas… Este cacho que está mordido del planeta es el paraíso y el infierno, todo junto”.

Con su honestidad brutal, Mujica reconocía su agnosticismo: creía que la vida es una chispa en el caos molecular del universo, un accidente sin más trascendencia que la que nosotros mismos le otorgamos. “Venimos de la nada y vamos a la nada”, dijo, aunque confesó que le gustaría estar equivocado.

“Los hombres no hacemos historia, hacemos historieta”, dijo en una de sus últimas entrevistas, “se me fue la juventud. Por eso, me peleo con los jóvenes: no le dan valor a lo que tienen, no se dan cuenta”.

Pero su visión del mundo no era cínica, sino profundamente amorosa. “La naturaleza inventó la vida, que es maravillosa. Pero todas las cosas vivas están condenadas a morir. Para sostener el motor de la vida inventó el amor. Ahí está… no habría vida si no hay amor”. Para Mujica, el amor no era una abstracción, sino el fundamento mismo de la existencia. Más poderoso que la política, más eficaz que cualquier ideología.

La mitología no debe suplantar el esfuerzo colectivo

Pese a su estado de salud, Mujica no dejó de observar con preocupación el rumbo político del mundo. Con una mezcla de ironía y advertencia, señaló que los populismos de derecha —como los de Donald Trump, Nayib Bukele o Javier Milei— se alimentan del colapso de los partidos tradicionales y la exaltación de figuras mesiánicas. “La política se ha reducido a la aparición de grandes individuos que lo van a arreglar todo. Esa mitología está sustituyendo el esfuerzo colectivo”, alertó.

Criticó el vaciamiento del liberalismo, que según él se ha degradado en un mero “economicismo”. Recordó que el liberalismo nació como antídoto contra la tiranía, pero que muchos de sus nuevos defensores han traicionado sus raíces. Señaló especialmente al presidente argentino Javier Milei, cuya interpretación del libertarismo calificó como “insostenible”. “Es como si quisieran cazar los ácratas… hay cosas que son insostenibles”, dijo.

Defensor de la democracia plural

Pese a sus críticas, Mujica mantenía su fe en la democracia, siempre que esta se mantuviera viva gracias a la alternancia en el poder y a partidos políticos sólidos. “La clave de la democracia —sean sus líderes de izquierda, centro o de derecha— es que haya rotación en el poder y en los liderazgos”, afirmó, señalando con dureza a Evo Morales por su insistencia en perpetuarse en el poder: “Mirá el papelón que está haciendo Evo”.

Uruguay, que en 2024 había vuelto a optar por el Frente Amplio tras un gobierno de centroderecha, fue para él ejemplo de madurez democrática: una democracia con instituciones fuertes, donde la ciudadanía aún apuesta por los partidos y no por caudillos.

Un hombre hecho de historia

Pepe Mujica nació el 20 de mayo de 1935 en Paso de la Arena, un barrio rural de Montevideo. Su infancia estuvo marcada por la pérdida temprana de su padre y la figura trabajadora de su madre horticultora. A los 14 años ya protestaba en las calles por los derechos de los obreros de su comunidad.

En 1964 se unió al Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T), una organización guerrillera que enfrentó al régimen uruguayo durante décadas. Fue detenido cuatro veces, protagonizó dos fugas —una de ellas legendaria, con 106 guerrilleros escapando por un túnel de la cárcel de Punta Carretas—, y pasó 13 años en prisión bajo condiciones inhumanas. Fue uno de los «nueve rehenes» del régimen militar, mantenido en confinamiento extremo, con amenazas constantes de ejecución.

“Estuve siete años encerrado en una pieza más chica que esta. Sin libros, sin nada. Me sacaban una o dos veces al mes a caminar media hora. Estuve a punto de volverme loco”, recordó en su última entrevista. Para mantenerse cuerdo, rememoraba lo que había leído de joven, reflexionaba, hablaba consigo mismo. De ahí nació el pensador que más tarde deslumbraría al mundo.

El presidente austero y socialmente responsable

Tras su liberación en 1985 con el regreso de la democracia, Mujica se integró al Frente Amplio y fundó el Movimiento de Participación Popular (MPP), que se convirtió en la fuerza electoral más importante del país en el siglo XXI. Fue electo diputado en 1994, senador en 1999 y presidente en 2009 con casi el 55% de los votos.

Como mandatario (2010-2015), impulsó reformas sociales de gran calado: legalizó el matrimonio igualitario, despenalizó el aborto y reguló el mercado del cannabis. Estas medidas situaron a Uruguay a la vanguardia en derechos civiles y sociales a nivel global.

Pero Mujica también promovió un modelo económico estable, fomentando la inversión extranjera y la diversificación productiva. Fue un crítico del neoliberalismo y defensor de la integración latinoamericana y del multilateralismo. En la Cumbre Río+20 de 2012 lanzó un discurso anticonsumista que se viralizó en todo el planeta: “Venimos al mundo para ser felices, no para ser esclavos del mercado”.

Su legado político, sin embargo, no estuvo exento de críticas. Algunos le reprocharon no haber promovido con mayor firmeza los juicios contra militares responsables de crímenes durante la dictadura. Su respuesta fue clara: “En la vida hay heridas que no tienen cura y hay que aprender a seguir viviendo. No usé el poder para vengarme. Opté por una posición más inteligente y menos sentimental”.

Socialista pragmático, tampoco la emprendió contra el capitalismo o el empresariado, en una entrevista dejó muy claro que, sería socialista pero que no era bobo, al referirse a un anciano que había fundado una empresa millonaria a los 96 años -era un burgués poderoso- y le prohibió a sus hijos parar la producción cuando muriera, señaló que “gente como ésta resuelven problemas que yo no tengo ni capacidad ni fuerza para poderlos resolver. Si algún día hay fuerzas que los puedan suplantar con ventaja, vamos arriba, pero si no, vas para atrás. Yo seré socialista pero no quiero ser bobo porque, si después por querer repartir, exprimo demasiado, tengo menos para repartir […] entonces que trabaje el capitalista, él va a hacer plata, pero yo le voy que cobrar impuestos para repartir”, pues, por el momento, el capitalismo es una enfermedad inevitable.

El mito, el hombre

Vivió como predicó. Desde su modesta chacra en Rincón del Cerro, rodeado de animales y hortalizas, sin más lujos que su viejo Volkswagen sedán celeste del 87. Recibía a presidentes y reyes en su cocina, sin quitarse las botas embarradas. “Dicen que soy pobre. Pobres son los que precisan mucho”, decía. “Yo aprendí a vivir liviano de equipaje”.

Su estilo de vida, su discurso honesto, y su compromiso con las causas populares le granjearon el respeto y el cariño de millones en todo el mundo. Fue retratado en documentales como El Pepe, una vida suprema, de Emir Kusturica, y su experiencia carcelaria inspiró la película La noche de 12 años.

Hasta el final, Mujica no perdió el humor ni la lucidez. En su última aparición pública, en noviembre de 2024, acompañó exultante a Orsi en el cierre de campaña. Pero ya entonces el cáncer había hecho estragos. “Me dieron 31 bombazos de rayos a las siete de la mañana. Lo hicieron mierda [al cáncer], pero me dejaron un agujero así”, dijo, formando un círculo con los dedos. Poco después, pidió silencio: “Ya terminó mi ciclo. Me estoy muriendo. El guerrero tiene derecho a su descanso”.

El adiós de un rebelde

El 29 de abril de 2024, Mujica hizo público su diagnóstico: cáncer de esófago. “Es doblemente complejo en mi caso, porque padezco una enfermedad inmunológica hace más de 20 años”, explicó. Aun así, decidió rechazar tratamientos invasivos cuando el cáncer se extendió al hígado: “Mi cuerpo no lo aguanta”. En enero de 2025 lo dijo con total serenidad: “Estoy haciendo los papeles para que me entierren junto a un árbol del jardín de mi granja, donde está Manuela. Y ya está”.

Con su muerte se apaga una voz insólita en la política contemporánea. Un hombre que sobrevivió a la violencia, al encierro, al poder y a la adulación. Que eligió vivir con lo mínimo para predicar con lo máximo. Que no cambió el mundo, según sus propias palabras, pero sí la forma en que muchos sueñan con cambiarlo.

Mujica con su Volkswagen y Manuela. Foto: EFE

Germán Muñoz