


Arturo Núñez
Todos los corazones del hombre
son mi nacionalidad;
Retiradme el pasaporte
Mahmud Darwish
I

Equus no detendrá su galope
al llevar a cuestas las horas y los días.
Ni mi mano se hará vieja
al extraviar en el olvido el sueño
de llegar al otro lado del mar
con un pan divisible entre los dedos,
listo para el hambre de infantiles bocas;
un pan como el pescado de Tabgha,
abundante como el vino milagroso de Caná.
Antes de que mis manos resequen,
y con ellas mis ojos
y mi aliento,
pido la esperanza de una flotilla de cien barcos
atravesando el mar mediterráneo,
y la luz espumosa de una proa que rompe el agua
y avanza.
Pido la palabra convertida en la punta de una puya,
humedecida por la paz
de un sirimiri
¡y rabiosa como el grito de las calles!
¡No se canse el Sol de ser cómplice!
¡No se canse la Noche de ser lecho!
¡No se canse la Luna de ser guarda!
¡Y nunca deje Gaza de ser pueblo!
II
Del mar los mirarán llegar,
y en sus ojos de perenne asombro brotará una flor como si fuera primavera.
Aunque el otoño insista
en la caída de las hojas de los árboles
cuyos centros fueron partidos por mil rayos,
sus corazones vibrarán un interludio para su noche inacabable.
Podría una sonrisa pintarse en sus labios,
una parvada de golondrinas dibujarse en sus iris,
los eternos mañanas convertirse en ahora
y las sirenas de alarma convertirse en campanas.
Las mujeres entonarán sus cánticos a Allah cuando vislumbren los barcos,
y en los barcos tal vez se alabe al Nazareno
y los pájaros quizás alaben al dios Viento.
Sin embargo,
¿qué importan los dioses y sus nombres y su ausencia y sus olvidos,
si logramos fecundar la alegría en las caras de los niños?
Guarden las olas su mesurado brío,
porque salta en sus crestas la esperanza.
Sabe, mar, que la niña tuvo un sueño que se llamaba barco
y el barco tuvo un sueño que se llamaba niña;
que el abuelo despertó de una congoja parecida a la muerte
y la vida tuvo una certeza encanecida que se llamaba abuelo.
Quiero dormir y soñar una noche sin misiles
y un cielo sin aviones con bárbaros que se dicen elegidos;
una patria universal sin brutales bufones terrenales o divinos
y una playa gazatí donde se apee para siempre…
la ternura.

Pescadores palestinos pescan en el Mediterráneo al atardecer en la Ciudad de Gaza. Foto: spanishnews.cn

