
Los árboles también recuerdan. Esta frase me quedó resonando en la mente un rato después de leer una investigación reciente sobre cómo los árboles responden a la sequía y como esta respuesta depende de sus experiencias pasadas.
Los árboles también recuerdan.
No como las personas, que traemos en la mente una canción de la infancia, el olor de una persona querida o una historia que nos marcó. Lo hacen con sus hojas, raíces y tejidos. Pero recuerdan. Y ese recuerdo puede marcar la diferencia entre vivir… o morir.
En uno de los lugares más secos de los Alpes suizos, un bosque de pinos silvestres ha sido escenario de un experimento fascinante desde 2003. La mitad de estos árboles ha vivido bajo condiciones naturales de sequía, mientras que, a la otra mitad, les dieron lluvia extra con aspersores durante una década. Pero en 2013, decidieron suspender el riego artificial. Y fue entonces cuando el pasado volvió a cobrar vida.
Las investigadoras, entre ellas la Dra. Alana Chin, descubrieron que los árboles que habían recibido riego prolongado comenzaron a mostrar un comportamiento inesperado. Aunque enfrentaban la misma sequía que sus vecinos no irrigados, sus agujas revelaban un mayor nivel de estrés hídrico. Como si estuvieran esperando que volviera la lluvia. Como si su memoria del agua les hiciera más vulnerables.

Con técnicas de microscopía de rayos X, el equipo observó detalles finísimos en las agujas y ramitas de estos pinos. Descubrieron menos tejido fotosintético y más estructuras dedicadas al ahorro de agua y defensa. Pero no era suficiente. Dos de estos árboles murieron, y otros más comenzaron a decrecer. La Dra. Chin lo explica así: “exponerse a esa agua hizo algo que los debilitó para el futuro”.
La memoria de los árboles no está en un lugar específico como el hipocampo humano, pero se expresa en su fisiología, su arquitectura, su forma de crecer. Es una forma de memoria ecológica. Lo que una especie, un bosque, o una comunidad vivió, condiciona cómo puede responder al futuro.
Esto no solo ocurre en Suiza. Lo estamos viendo en todos lados. Bosques enteros acostumbrados a condiciones húmedas están colapsando ante sequías repentinas. No tienen los reflejos fisiológicos para adaptarse. Como si sus cuerpos todavía vivieran en otro clima, uno que ya no existe.
Y yo no puedo evitar pensar en la humanidad.
¿Cómo nos atraviesa la memoria? ¿Qué estructuras hemos desarrollado, como personas, como comunidades, como pueblos, a partir de las experiencias vividas? ¿Qué cicatrices llevamos que nos hacen más vulnerables, o que nos impiden reaccionar a tiempo ante el presente? A veces, igual que los árboles, respondemos al hoy con herramientas del ayer. Con hojas hechas para un clima que ya no es. Con respuestas que funcionaron en otro tiempo, pero que ahora nos exponen, nos agrietan, nos paralizan.
¿Cuántas veces nuestras propias “épocas de lluvia” nos han impedido ver venir la sequía?
*Comunicadora independiente de Ciencia, Integrante de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia

Foto de Karime Díaz

