
Un Rey en Tepoztlán, me mira y lo miro.
Hace seis años asistí por la tarde a una función de cine dentro de uno de los Tours de Cinema Planeta, –muestra del festival ambiental que nació en Cuernavaca y que continúa–. En aquella ocasión, se llevó a cabo en uno de los salones del Claustro del Ex Convento de Nuestra Señora de la Natividad, joya arquitectónica de mediados del siglo XVI, situado en pleno centro de Tepoztlán.
Como es habitual en ese pueblo mágico, los asiduos al cine que crea conciencia acuden encantados. Entre ellos, la mítica Marcela Tostado Gutiérrez, alma y corazón, además de directora del Museo Histórico de Tepoztlán que existe dentro del virreinal recinto haciendo como es habitual en ella, preguntas inteligentes a los realizadores de la película Nahui Ollin, Sol en Movimiento, uno de los filmes que se presentó en aquella ocasión.
Cabe resaltar y lo destaco por justicia y con admiración, que Marcela es, además, la titular del Centro de Documentación Histórica de este precioso lugar y ha estado siempre involucrada en la restauración y conservación del museo, lo que indica su compromiso con la gestión del lugar y con todo lo que acontezca e interese al Museo.
El convento, uno de los 11 en nuestro estado elevados a Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1994, constituyen la llamada Ruta de los Conventos del S. XVI que está situada en lo que se conoce como las faldas del Volcán Popocatépetl, y como el resto de ellos, sufrió severos daños estructurales desde ese temblor.
En el caso de Tepoztlán, los daños se dieron sobre todo en campanarios, en ambas torres, bóveda, cúpula de la nave mayor del templo, claustro alto, mirador, en fin, más del 50 por ciento del monumento fue severamente dañado. Pero verán a lo que voy: Al final de la función de esa tarde, como narré en el primer renglón de esta columna, en lo que todos platicaban entre sí, me salí por una puerta equivocada buscando un rayito de sol que me calentara del frío invernal inusual en mi estado ya desde entonces. Caminé sin saber a ciencia cierta hacia dónde y de pronto salí y me paré en el corredor que rodea el claustro junto a las columnas decoradas y es entonces cuando miro por primera vez lo que me rodea, ya no el conjunto, sino los detalles. Comienzo así a apreciar las anónimas y geniales manos de los autores de esas pinturas formidables que adornan muros, techos y columnas y que han sobrevivido a través de los siglos.

Junto a mí, entre los distintos trazos originales que no resultaron dañados, me detuvo la mirada de un rey que me miró desde la columna donde estaba a pocos centímetros de mí. Yo le devolví la mirada fascinada. Vi que eran más las pequeñas caritas de reyes barbados ataviados con coronas de tres picos en forma de flor de lis –representación heráldica desde la Edad Media- relacionados a decorados en distintos tonos de color gris: sentí que todos ellos me observaban mientras yo admiraba su perfección tras más de 5 siglos de que han permanecido en el mismo lugar erigido entre 1555 y 1580. Más aún, al centro del bellísimo claustro, aprecié la perfección de la rehabilitación en ambos pisos con los mismos materiales que fueron usados poco después de la conquista, trabajos que dieron fe de la excelente intervención de supervisión del INAH Morelos.
De la impecable fuente octagonal del claustro, observé que de nuevo brotaba incesante un pequeño y perfecto chorrito de agua, tranquilo testigo superviviente del caos que el sismo causó y aunque nadie lo veía, sólo yo, seguía impávido su ordenada función. Mientras contemplaba arrobada el lugar, perfecto mirador de los cerros de Tepoztlán, entre ellos el del Tepozteco que parecieran esculpidos por humanidades anteriores a la actual a decir del sabio peruano don Daniel Ruzo de los Heros, (1900-1991), quien denominó al lugar desde que lo vio por primera vez cuando paró en el mirador de la autopista México-Cuernavaca, poco antes de la curva llamada La Pera, como El Valle Sagrado de Tepoztlán.
Denominación que documentó con estudios e investigaciones durante años y que acompañó con las imágenes del gran fotógrafo de Cuernavaca, Carlos Iragorri, QEPD, tomadas desde tierra y aire y publicadas en distintas obras. Esas fotografías documentan la obra de don Daniel con esculturas como la de un platillo volador, entre otras interesantes formaciones rocosas que cambian de imagen al paso del sol y como si fuera poco y de nuevo en el claustro del exconvento, me envolvió el aroma de los naranjos del lugar, tal vez el mismo que han aspirado a través del tiempo los monjes dominicos, cuando ya sembrados, fueron amorosamente cuidados por manos que los preservaron de su destrucción. Acerco el dorso de mi mano derecha a mi precioso rey, no me atrevo a acariciarlo por temor a dañarlo.
En aquel entonces busqué y encontré a esa hora tardía al arquitecto Fernando Duarte, coordinador de la Sección de Monumentos Históricos del Centro INAH Morelos, responsable de las obras de restauración quien me documentó los trabajos realizados para habilitar de nuevo esa parte importante del Patrimonio Cultural, Histórico y Arquitectónico de Morelos. Terminado el evento, salí con los últimos asistentes bajo un cielo de un color rojo invernal tan intenso, lo que no me impidió preguntarme: ¿Quién o quiénes fueron los artistas autores de esos dibujos murales que han sobrevivido en el exterior a lo largo de cinco siglos? Y nosotros sin saberlo. Y hasta el próximo miércoles.


