
La niñez en un escenario de violencia
Las niñas y los niños aprenden lo que viven, así que en escenarios donde cotidianamente crece la violencia, como miles de hogares en Morelos, buena parte de la niñez imitará esas conductas.
De acuerdo con la titular del Sistema Integral de Protección a las Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna) María Eugenia Boyás Ramos, tres de cada diez niños habrían mostrado conductas violencias en contra de otros. En números duros hablaría de una cifra superior a los 170 mil menores de 17 años que reproducen la violencia que ven, primordialmente en sus casas y comunidades.
El aumento de la violencia en los hogares y las comunidades no sólo ha convertido a muchos en perpetradores de agresiones, también ha traído un incremento importante en el número de víctimas menores de edad de diversos delitos. Morelos ocupa el tercer lugar nacional en el número de niñas, niños y adolescentes que fueron víctimas de delitos en el 2025.
Se trata de un problema principalmente de los padres, madres de familia y tutores, quienes están obligados a garantizar ambientes libres de violencia para el desarrollo y el aprendizaje. Pero el Estado y la comunidad también deben asumir una responsabilidad contundente en ello pues, está claro, que muchos de los responsables de esos menores victimarios y víctimas de la violencia han sido omisos en sus responsabilidades y arriesgan no solo a los menores de quienes son responsables, sino también a otras personas, principalmente niñez y adolescencia con quienes tienen contacto.
Por supuesto que la niñez y adolescencia violentas son productos de su entorno y requieren de atención, apoyo y rehabilitación, pero también los menores con quienes tienen interacciones cargadas de agresividad deben ser protegidos de forma inmediata.

Estrategias como Escuela para Padres, y prácticas de crianza positiva no pueden seguirse viendo como las únicas respuestas pues es evidente que, pese a su disponibilidad hace muchos años no han sido atendidas por padres, madres y tutores cuya realidad les ha impedido erradicar las violencias de sus entornos.
Las soluciones no son solo de manuales, deben proponerse como un espectro integral de atención y cuidados que incluya la intervención (preferentemente temprana) en los entornos familiares, escolares y comunitarios y el fomento a las habilidades emocionales y los valores positivos.
Es claro que cada familia debe asumir su responsabilidad en el desarrollo emocional de la niñez para enseñarla a identificar y expresar sentimientos de forma constructiva, mediante conversaciones abiertas y escucha activa; evitar el uso de violencia como herramienta disciplinaria; establecer límites claros con rutinas estables para generar seguridad emocional; además de supervisar las actividades diarias, redes sociales y amistades.
Pero también las escuelas tienen que mejorar la educación fortaleciendo las aptitudes sociales, la resolución positiva de conflictos, el desarrollo de la empatía, y fomentar el aprendizaje socioemocional; educar contra los abusos y prevenir las agresiones y victimización.
Y las comunidades también deben trabajar en la creación de entornos seguros con la modificación de los espacios públicos. También es vital abatir la marginación de servicios educativos, de alimentación y salud; además de establecer sistemas para la detección temprana de menores en situación de riesgo.
Hay mucho por hacer para garantizar entornos libres de violencia para la niñez y juventud de Morelos, y es una tarea que debe iniciar ahora mismo. Se los debemos.

Foto: Cortesía UNAM

