
Una elección judicial inédita, compleja y perfectible
Por primera vez en la historia reciente, las y los ciudadanos mexicanos estuvimos convocados a elegir directamente a los integrantes del Poder Judicial de la Federación, en una jornada sin precedentes marcada por su complejidad técnica, la austeridad presupuestal y un diseño logístico que, más que facilitar, puso a prueba la capacidad organizativa del Instituto Nacional Electoral (INE) y la paciencia del electorado.
Ayer vivimos la apertura de una nueva etapa en la democracia mexicana y eso es lo más importante. La elección de las personas juzgadoras llegó para quedarse y, a partir de que se definan los nuevos nombres para los viejos cargos, los funcionarios electos deberán responderle a la ciudadanía y -como sucede ya en el Poder Ejecutivo y Legislativo- eso implica a todos, no solo a los que votaron por ellos o los apoyaron
Deberán demostrar que este ejercicio electoral sirvió para mejorar la impartición de la justicia, para recobrar la confianza de la ciudadanía en las instituciones de la República erosionadas por la corrupción, el amiguismo, los acuerdos inconfesables y las puertas giratorias que se destraban desde oscuros despachos.
La importancia de la reforma judicial radica en que había alcanzado un límite el hartazgo de los mexicanos en la forma en que se impartía e interpretaba la ley, siempre a favor de algunos cuantos y en los que era común ver a los juzgadores y a las juzgadoras alineadas con uno de los bandos.
¿Cambiará la situación de la justicia en México? Todos confiamos en que así será y el de ayer fue un inicio prometedor, indudablemente perfectible, pero que saca de la inercia a todo un poder que se había perdido en su propio nicho de confort, vigilante del escalafón y de que sus amigos escalaran puestos, más que de la ley y de la justicia.

Ayer se pusieron de manifiesto muchas de las cosas que se pueden cambiar para bien, quizá la complejidad de las boletas, la necesidad de que la ciudadanía las llenara, el galimatías que será el cómputo y hasta la ubicación de espacios lo suficientemente amplios para la celebración de los comicios, puedan decidir el uso, por ejemplo, de las urnas electrónicas que ya son viejas en otras naciones mientras que aquí siguen considerándose tabú.
La elección es un paso, y de avanzada, pero resulta oneroso, complicado e inseguro tal y como está diseñado y, para la próxima, ya serán imperdonables las improvisaciones, las faltas de cálculos presupuestales realistas y las adecuaciones que se tuvieron que hacer sobre las rodillas para que ayer tuviéramos unas elecciones que son ejemplares más bien por todo lo que representan.
Esta primera aproximación debe evaluarse con rigor. No basta con celebrar su carácter innovador: se necesita un balance técnico, jurídico y ciudadano que permita ajustar el modelo y, sobre todo, proteger la voluntad popular en un sistema que pretende abrir nuevas vías de participación.
El reto está en mejorar este proceso antes de volver a aplicarlo, si es que se decide que este mecanismo debe permanecer por las vías “tradicionales”. La democracia no sólo se construye con la inclusión formal del pueblo en las urnas, sino con garantías efectivas de que su participación sea libre, accesible, informada y respetada.

