
Una suma de visiones para construir la paz
Ramón de Campoamor escribió esa muy famosa cuarteta “En este mundo traidor, / nada es verdad ni mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira”, una rima que ha servido por más de un siglo para justificar en lengua española el relativismo de la realidad cotidiana; una que pocas veces lo es tanto como cuando refiere a cuestiones de seguridad pública.
En esta materia se tienen múltiples visiones que parten de una sola realidad. Entre otras se pueden ubicar, la percepción desde el dolor de las víctimas y el reflejo de este en grandes grupos sociales que entienden el problema como grave y en función de eso modifican rutinas y cambian conductas previas con la intención de responder a la sensación de inseguridad.
También existe la posición de la autoridad que, en los últimos meses por primera vez desde hace más de doce años empieza a conseguir una baja real en los índices delictivos, en la que destaca, por supuesto, la reducción de más de 30% en los homicidios dolosos.
Otra visión es la que provocan los hechos de violencia que reciben, por sus características de noticiabilidad, mayor atención de los medios de comunicación y que suelen influir de manera determinante en la percepción de personas que no son víctimas directas, pero se conciben como sujetos probables de esa violencia.
Debe incorporarse también la de representantes populares que a partir de la escucha y observación de partes de la realidad se convierten en voceros de las personas afectadas o beneficiadas por ella.

Estas diversas visiones son todas ciertas porque el fenómeno de la seguridad pública es sumamente complejo, como sabemos en Morelos desde que aprendimos a sobrevivir en una larga crisis que, al cabo de más de dos sexenios parecía haberse convertido en normalidad o en destino. Pero debe reconocerse que algo ha cambiado en los últimos meses y permite tener la esperanza de que las cosas pueden mejorar sustancialmente en materia de protección ciudadana, combate a la violencia y construcción de la paz en el futuro próximo en Morelos.
Desde la administración de Marco Adame Castillo hasta la de Cuauhtémoc Blanco Bravo, pasando por la gestión de Graco Ramírez Garrido; la clase política y grandes sectores de la sociedad habían permitido que el Ejecutivo diseñara en solitario la estrategia de seguridad pública. El diseño de las estrategias de combate a la delincuencia y construcción de la paz en el estado había sido responsabilidad de gobiernos poco hábiles en el tema y en los últimos doce años, desconocedores de la realidad del estado.
Los bien justificados reclamos respecto de la creciente ola de violencia en Morelos no se acompañaban ni de propuestas ni de disposición al trabajo coordinado, a asumir la responsabilidad. Claro que ello no significa negar la responsabilidad de los gobiernos anteriores en la escalada criminal; de hecho, en cada caso, los aportes externos eran rechazados inmediatamente y se acusaba a sus autores de buscar “sacar raja política” del dolor de las víctimas.
Lo que ha cambiado ahora es que hay un gobierno estatal dispuesto a coordinarse, a corregir, a dejarse ayudar; que convoca a proponer y trabajar en conjunto para enfrentar la violencia con acciones útiles, con propuestas funcionales. Ello ha permitido la construcción de una estrategia que pasa por lo jurídico, lo político, lo social y lo estrictamente policial y que permite el uso de todas las herramientas públicas y privadas para edificar la paz en el estado, esa que nos debemos desde hace más de una década.
La capacidad de escuchar, coordinar y corregir de la gobernadora, Margarita González Saravia y su convicción de enfrentar la violencia se combina ahora con la voluntad de los ayuntamientos, de los legisladores, de la Iglesia, de la ciudadanía, para construir la paz. Cierto, faltan los jueces, pero todo indica que la mayoría de ellos se sumarán en muy corto tiempo, o tendrán que asumir la responsabilidad.

