

Los medios de comunicación han sido una herramienta para compartir el conocimiento. Con la relativamente reciente llegada del internet a México, el acceso libre al conocimiento lejos de intentar desescolarizar la educación, resultó en una falacia, una con jardines amurallados, explicó Eloy Caloca Lafont en una de las ponencias como parte del festejo por el Nonagésimo Noveno Aniversario del pensador y profeta Iván Illich, organizado por El Colegio de Morelos.
En el auditorio Emiliano Zapata de El Colegio de Morelos, se llevó a cabo el coloquio “Desescolarizar la escuela, la ciencia y la tecnología: Iván Illich 99 años. Aprendizaje, autogestión y comunidad”, un espacio de reflexión sobre el legado del pensador austriaco y su vigencia en la crítica a las instituciones modernas. El acto inaugural contó con la presencia de Carlos Barreto Zamudio, rector de El Colegio de Morelos; Tarsicio Ocampo Villaseñor, director fundador del CIDOC; y Guadalupe Torres Godínez, director general de Educación Media Superior y Superior, en representación de la secretaria de Educación del estado, Mtra. Karla Aline Herrera Alonso.
El rector del Colegio de Morelos dio la bienvenida y destacó la relevancia de la figura que reunía a todos los presentes: “Una vez más nos reúne la figura de Iván Illich, esta figura fundamental en la historia del mundo, pero particularmente también del estado de Morelos, de Cuernavaca.”
“Al estar conmemorando los 99 años de Iván Illich, nos ponemos en la ruta hacia el centenario… más allá de la efeméride, pues es importante… hacer balances acerca de la obra, del estado del conocimiento”, subrayó “es un muy buen tiempo para ir pensando en una conmemoración, en un festejo, ¿por qué no decir un festejo? 100 años, creo que es un parteaguas importante”.
Torres Godínez recordó su primer acercamiento con el pensamiento de Illich durante su época de estudiante y su trabajo en proyectos socioambientales con el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM. “Entonces, los proyectos, en términos de lo que estábamos realizando en esos momentos, hace como 20 años, era en torno a hacer proyectos autogestivos. Y la naturaleza de esos proyectos era el pensamiento de Illich: pensar críticamente la realidad, pero la autogestión en resolver una situación como la contaminación del agua, producto evidentemente de muchos temas, pero uno de ellos era el tema de la basura.”
Enfatizó la relevancia de las pedagogías críticas en la actualidad: “Para nosotros en el ámbito de la educación, evidentemente, pues nos interesa ahora con la nueva escuela mexicana estas pedagogías críticas… Se plantea el humanismo crítico, sobre todo para trabajar desde la comunidad para resolver los problemas que aquejan a la sociedad.” Subrayó cómo Illich inspiraba estas iniciativas: “Desde el pensamiento de Illich estábamos trabajando en términos de convivencialidad, desde estos planteamientos críticos para hacer autogestiones, para hacer proyectos que las propias comunidades pudieran hacerle frente a situaciones que podrían estarse resolviendo”.

El legado de Iván Illich en Morelos
Durante la jornada se recordó la influencia que Iván Illich tuvo en México y, de manera particular, en Morelos. Su paso por Cuernavaca y la fundación del Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) marcaron un momento clave en el debate internacional sobre la educación, la tecnología y la construcción de alternativas sociales.
Durante su intervención, el ex rector de la UAEM, René Santoveña Arredondo, inició felicitando al Colegio de Morelos por la organización del coloquio: “Felicito al Colegio de Morelos por haberlo preparado y convocado por estos 99 años de Iván Illich, y que efectivamente habrá que ir considerando y conjuntando esfuerzos para la celebración del centenario que habrá de ocurrir en el año 2026”. Señaló que este centenario coincide con otros igualmente significativos: “Por ejemplo, Michel Foucault también cumple un centenario; es el mismo año de nacimiento de Iván Illich, ambos de enorme impacto en la cultura”.
Santoveña resumió la formación y experiencia internacional de Illich, recordando que cuando fundó el Centro de Investigaciones Culturales el 5 de abril de 1961, “trae consigo no sólo sus estudios doctorales en teología, filosofía e historia, nada más y nada menos, sino también su experiencia como vicerrector en la Universidad Católica de Puerto Rico, con sede en Ponce, en la que funda el Instituto de Comunicación Intercultural, y su labor en la Universidad de Fort Ham, en Nueva York, en la que crea el Centro de Formación Intercultural.”
Entre los logros de Illich, mencionó iniciativas que reflejan su sello humanista e intercultural: “Pronto se convierte en un ser querido y respetado por sus labores entre la comunidad, como por ejemplo un asunto que puede parecer trivial: funda un cuartito, el Cuartito de María, dentro de un departamento que renta y con la ayuda de unas chicas lo arreglan para convertirse en un sitio en el que las jóvenes podían jugar con niñas y cuidarlos mientras las madres estaban ocupadas.”
Destacó la actitud crítica de Illich frente a la jerarquía eclesiástica: “Illich trae consigo la convicción de que la tarea que le ha encomendado el Papa Juan XXIII a las jerarquías de la Iglesia Católica Canadiense y Estadounidense para modernizar la Iglesia Latinoamericana… es un despropósito. Sabe que eso significaría transferir los estándares de vida y expectativas al subcontinente latinoamericano, y eso alteraría profundamente su existencia.”
Para Tarsicio Ocampo, hablar de Iván Illich es hablar de su propia vida: “No es un acto histórico o accidental”. Recordó los primeros diez años que convivió muy de cerca con Illich durante sus inicios en México: “Diez años conviví con él muy, muy cercanamente, que fueron los primeros 10 años de él en México.” Tarsicio evocó su juventud y la sensación de estar perdido frente a un futuro incierto: “Yo era muy joven y, francamente… no tenía muy claro el horizonte de mi vida. Entonces, Iván me empezó a jalar y a llenarme de responsabilidades, que una vez llegué a decirle que estaban más allá de mis posibilidades. Se rio y me dijo: ‘Déjate de pendejadas y ponte a trabajar’. Se lo agradecí mucho, porque para él no había límites. Es el principio y el final es la muerte.”
Tarsicio recordó cómo iniciaron su labor en la biblioteca: “Él y yo éramos ayudantes de la bibliotecaria. Empezamos a trabajar y al poco tiempo yo me quedé como bibliotecario y convertimos, hicimos una biblioteca bien bonita.” Pero Illich pronto desestimó los libros como soporte principal del conocimiento: “Iván dijo que el libro es una cosa obsoleta, que para el investigador son conocimientos viejos, ya conocidos, ya pasados. Entonces, él en ese momento inventó el centro de documentación y me dejó la responsabilidad de hacerlo. Y por supuesto, por supuesto, lo hicimos, y así nació el CIDOC, el Centro Intercultural de Documentación, con una bibliografía exhaustiva que para cualquier investigador era muy sencillo determinar el tema que quería, tomar el bonche de tarjetas, y primero hacer una bibliografía exhaustiva y luego reproducir los documentos que le daban apoyo a su tesis, a su hipótesis.”
A pesar de los tropiezos, Tarsicio y su equipo lograron desarrollar una metodología de trabajo que dio frutos duraderos: “Entonces otra vez, el bonche de papeles. ‘¿Y qué es lo importante de este bonche?’ Esto. ‘Y de esto es lo importante. ¿Qué vale la pena reproducir y qué vale la pena citar?’ Todo se citaba, por supuesto. Entonces hicimos el primer dossier, el cero, el dossier, CIDOC dossier. Dossier es compendio de documentos, el libro. Entonces hicimos el primero y le gustó a Iván. Como desarrollamos el trabajo desde cero, pudimos entender muy bien los objetivos del programa. En dos años hicimos la colección de 30 libros, de 30 títulos diferentes sobre América Latina”.
Filosofía crítica y radical de la tecnología
En el marco de un cambio de siglo, donde las ideas críticas y contestatarias de décadas pasadas cobran una relevancia inesperada, el doctor Eloy Caloca Lafont presentó su conferencia “Una filosofía crítica y radical de la tecnología: la propuesta de Iván Illich”, acompañado por el doctor Aristeo Castro Rascón. Desde el inicio, Caloca destacó que “serán más vigentes y necesarias aún, yo pronostico, en las décadas que continúan” las ideas de Illich, aquellas que ofrecen tanto un diagnóstico de la modernidad tardía como alternativas para sociedades más humanas y cohesionadas. Su intervención buscó sistematizar las reflexiones de Illich sobre la tecnología, su vigencia social y cotidiana, y la manera de poner en práctica sus principios. Eloy Abordó varios puntos importantes.
Un primer eje central fue la comprensión de la tecnología según Illich. Lejos de denostarla, Illich entendía a la tecnología en el sentido de “una serie de técnicas o de herramientas aplicadas con ciertas lógicas, o sea, con pensamiento, con cuestionamientos, para fines específicos que permitan la optimización del trabajo y la energía”. Sin embargo, el problema radica en que, en las sociedades capitalistas modernas, “no hay tecnología, hay técnica sin lógica, hay tecné sin logos, hay técnica sin una reflexión humanista, con los principios comunitarios, con los principios de una supervivencia digna de todas y de todos”. Así, la técnica no acompañada de valores humanos fundamentales se convierte en un instrumento de aceleración, dominación y desigualdad, en lugar de servir al bienestar común.
El segundo eje abordó la crítica de Illich a lo que él denominaba la “mega máquina capitalista”, integrada por instituciones, tecnologías y estructuras que moldean la vida social y las subjetividades. Caloca ilustró esto con ejemplos concretos: “El hospital, por ejemplo, también va a ser una de las máquinas de la mega máquina capitalista… Van a aplicar primero el criterio de la compra-venta o de la adquisición de capital por encima de la salud”. De manera similar, la escuela y la ciudad funcionan como sistemas repetitivos y jerárquicos que reproducen desigualdad y dependencia, mientras que la técnica aplicada sin reflexión humanista “introduce… en los inconscientes de los propios seres humanos” formas de control y alienación. Frente a esta lógica, Illich propone alternativas concretas, como el uso de la bicicleta, que “consumía energía, es decir, humana, el esfuerzo del cuerpo, y generaba la movilidad, pero en un sentido compensatorio”, promoviendo un equilibrio entre actividad, salud y medio ambiente.
El tercer eje fue el concepto de herramientas convivenciales, central en la visión tecnológica de Illich. Estas herramientas buscan “romper nuestro pensamiento que vincula tecnología o técnica con producción en el sentido económico, industrial y moderno” y orientarse hacia la emancipación y la cooperación. A diferencia de la tecnología moderna cerrada y corporativa, las herramientas convivenciales permiten que “la propia sociedad, la propia comunidad, pudiera reparar, adaptar, reinventar” sus instrumentos, fomentando así un aprendizaje colectivo y creativo. Illich retoma incluso ejemplos históricos de Hugo de San Víctor, para quien “el libro es una técnica, el escritorio es otra técnica, la tertulia… también era una técnica”, mostrando que la tecnología puede estar al servicio del conocimiento, la reflexión y la comunidad.
El cuarto eje se centró en el concepto de decrecimiento, ligado a la crítica de Illich a los sistemas industriales y sociales contemporáneos. Frente a la ilusión de socializar tecnologías sin cuestionar su lógica intrínseca, Illich sostiene que “la respuesta no está en replicar esa modernidad industrial… hay que recrear por completo la sociedad tecnológica bajo otras ópticas y principios”. Decrecer implica transformar las necesidades, los hábitos de consumo y las estructuras de trabajo para favorecer sociedades más interdependientes y conviviales. En este sentido, la convivialidad representa “otra forma de vivir, otro mundo posible”, donde se prioriza la cooperación, el bienestar comunitario y la creación de espacios de aprendizaje y convivencia.
Finalmente, Caloca destacó la importancia de redefinir los espacios y las prácticas de conocimiento. Illich defendía la desescolarización y la creación de espacios de libertad donde el aprendizaje no estuviera mediado por títulos, jerarquías o costos económicos: “Espacios de libertad, de tertulia, de reflexión conjunta, de intercambio de saberes… la idea de maestro como guía que también recibe retroalimentación, aprendizaje y crea comunidad”. Asimismo, la revalorización de la convivencia cotidiana, del transporte no contaminante y del manejo del tiempo en función del bienestar colectivo, son estrategias concretas para materializar la filosofía illichiana en la vida diaria.
Aristeo Castro Rascón señaló que “la figura de Iván Illich está presente en las calles de Cuernavaca, a través del pensamiento y las acciones de generaciones. Incluso, creo que hasta cabría preguntar: ¿qué serían estas calles de Cuernavaca y dichas generaciones sin esta figura de Iván Illich?”.
Enfatizó el espíritu crítico y radical de Illich cuya obra permite “cuestionar nuestro reflejo en [el uso de la tecnología] que hoy día predomina, si acepta otros usos. Esto es, si podemos reflejarnos en ella, en la tecnología, de otras maneras, entendernos de otras maneras, imaginarnos de otras maneras”.
Destacó también las implicaciones de la tecnología en la vida cotidiana y la salud, particularmente por el uso constante de pantallas y plataformas digitales: “las implicaciones en la salud por el abuso de nuestra convivencia con las pantallas en diferentes plataformas sociodigitales, es el reflejo nuestro ante un uso o posibilidad de la tecnología. Un uso que copta otros usos o posibilidades”.
La reflexión de Illich, según Castro Rascón, abre una vía ética y ontológica para reconsiderar la tecnología como un espacio de múltiples posibilidades, en lugar de un objeto cerrado cuyo uso excluya alternativas: “Illich abre esa posibilidad ética y ontológica y permite entender a la tecnología como apertura de posibilidades, de usos posibles, y no determinar su naturaleza por un uso que excluya la posibilidad de otros”.
La desescolarización de la sociedad
En la tercera conferencia participaron Braulio Hornedo Rocha y en los comentarios Alejandro Fuentes Penna, quienes abordaron la propuesta que invita a replantear la educación, la ciencia y la tecnología desde una perspectiva radicalmente humanista.
Hornedo Rocha refirió cómo Illich utiliza la mitología como herramienta crítica y pedagógica. Invita a “descolonizar la educación del mito prometeico y a encontrarnos con la dimensión epimeteica del saber, esa que nace del asombro y de la ayuda mutua”. Esta pedagogía del cuidado del presente contrasta con la educación que prepara únicamente para la competencia y la productividad, proponiendo en cambio un aprendizaje basado en la comunidad y la cooperación.
Para Hornedo Rocha, la lectura de Illich ofrece una crítica radical a la modernidad escolarizada: mientras Prometeo representa al hombre que “prevé, anticipa, domina la técnica y roba el fuego para los hombres”, Epimeteo simboliza “una forma de conciencia humana desvalorizada por la modernidad: la conciencia del límite, del error, de la humildad ante lo imprevisto”.
Además, subrayó que la propuesta de Illich no se limita a la crítica, sino que plantea una “educación para la libertad, no para el control; para la aceptación, no para la dominación. Una educación epimeteica”, que rescata los saberes no institucionales y las formas de aprendizaje que escapan a la certificación y al control predictivo del sistema escolar. En palabras de Hornedo, esta pedagogía invita a mirar “hacia lo que la escuela deja atrás: los saberes no institucionales, las formas de vida no homologadas, los saberes no certificados”.
Al concluir su ponencia, Braulio Hornedo Rocha reflexionó sobre la perspectiva de Iván Illich respecto a la educación. Señaló que, en su visión, Illich “no rechaza la educación, sino más bien el monopolio escolar”, invitando a repensar el aprendizaje como un derecho ejercido en libertad, en comunidad y con creatividad, anticipando debates actuales sobre educación abierta, autodidacta y el papel de la tecnología en el aprendizaje. Para Hornedo Rocha, esta idea subraya que aprender no debe ser un acto impuesto, sino una experiencia ética y compartida, donde el conocimiento circula libremente entre los miembros de la comunidad.

Eloy Caloca Lafont, del Programa Universitario de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (PUEDJSUNAM) y Aristeo Castro, de El Colegio de Morelos en la segunda ponencia del coloquio. Foto: Malu Medina

René Santoveña, exrector de la UAEM, reconoció el legado de Iván Illich en Morelos. Foto: Cortesía

Tarsicio Ocampo Villaseñor, ex director del CIDOC, también participó en el coloquio. Foto: Malu Medina

Braulio Hornedo Rocha refirió cómo Illich utiliza la mitología como herramienta crítica y pedagógica. Foto: Cortesía

