
Cuando no elegir bando te convierte en enemiga
Elsa Sanlara
El otro día varias personas me llamaron cerda en Instagram. Los mensajes llegaron después de escribir que “a todo cerdo le llega su San Martín”, celebrando la captura de Nicolás Maduro. No suelo hablar de política, pero ese día la alegría me desbordó, por mis amigos venezolanos en el exilio.
Desde entonces, los mensajes privados se multiplicaron, me llegan más reproches que preguntas, exigencias para que tome partido sobre el clima político en Estados Unidos, como si la vida fuera un partido de fútbol y yo tuviera que ponerme una camiseta para seguir siendo considerada persona.
No posicionarte hoy en cuestiones políticas parece, para muchos, un acto de cobardía, de privilegio. O, peor aún, de complicidad. Me lo dicen seguido, con distintas palabras pero con el mismo reproche detrás de la pantalla: ¿cómo puedes no decir nada sobre lo que está pasando?
La verdad es que no tengo una ideología política cerrada. Tengo dudas, preguntas, libros abiertos y la experiencia suficiente para saber que los ciclos se repiten, aunque les cambiemos el nombre. Quizá por eso termino quedándome en el centro. No a pesar de que el mundo se quema, sino precisamente porque se quema.

Entiendo —de verdad lo entiendo— que todo es político, desde el cuerpo, la moda, el idioma, el pasaporte, hasta la posibilidad de emigrar o de ser expulsado. Pero entenderlo no significa convertir la política en mi identidad.
Por eso me cuesta tanto esta lógica de o estás conmigo o estás contra mí. Esa polarización que no deja espacio para pensar, para dudar, para no tener una opinión cerrada sobre absolutamente todo. Como si no opinar fuera una traición. Yo no quiero basar mi identidad en una postura política ni vivir desgastando relaciones personales por opiniones que, en la práctica, no cambian nada. La mayoría de las discusiones políticas no son acción política, sino desahogo y búsqueda de validación moral. Lo que transforma no es una sociedad con verborrea, sino una sociedad educada y organizada, no una que repite palabras como fascismo, comunismo o nazi sin comprender su significado. Votar sigue siendo el único acto concreto de poder ciudadano. Todo lo demás es ruido, tribalismo y desgaste emocional disfrazado de conciencia moral.
Siento la misma desconfianza frente a la izquierda que frente a la derecha. Por eso decido quedarme en el centro. No porque me dé igual todo, sino porque quiero mantener la cabeza lo más crítica posible. Porque quiero poder aplaudir cuando algo se hace bien, venga de la izquierda o de la derecha, y criticar cuando algo se hace mal sin sentir que tengo que elegir un bando para existir. Porque cuando dejamos de pensar, de cuestionar y de exigir, empezamos a obedecer.
Y quizá hablo así porque lo que ocurre hoy no me sorprende. Me indigna, sí. Me duele. Pero no me toma por sorpresa. La persecución de los servicios de inmigración en Estados Unidos genera escándalo ahora, pero muchos parecen haber olvidado lo brutal que fue la política migratoria durante la presidencia de Obama.
Yo no lo olvido porque lo viví. Mi visado estaba vencido. Mi proceso de residencia, atrapado en un limbo legal. Y cuando en Texas se intensificaron las deportaciones masivas —incluso por infracciones de tráfico— yo vivía con el pánico instalado en el cuerpo, de forma permanente.
Ese es el precio que pagas cuando decides quedarte, trabajar, amar y construir algo rompiendo las reglas, con la esperanza de que el sistema algún día te reconozca como parte de él.
Por eso lo que vemos hoy no sorprende a miles de inmigrantes. No porque esté bien. No porque lo justifiquemos. Sino porque esa película ya la vimos. Y cuando ya la has vivido, reaccionas distinto, no con menos dolor, pero sí con menos ingenuidad.
Me niego a vivir en estado de guerra permanente. No quiero que cada conversación sea un juicio moral. No quiero perder la capacidad de ver al otro como un ser humano antes que como una ideología con patas. No quiero que el algoritmo decida a quién debo odiar esta semana ni que mi identidad quede secuestrada por lideres políticos que se autoproclaman moralmente superiores. La historia nos enseña que, cuando se rasca un poco, los extremos se parecen más de lo que admiten, y el costo siempre lo pagan los mismos.
Tal vez quedarse en el centro, hoy, sea el último acto verdaderamente radical. No por equidistancia, sino por haber vivido lo suficiente como para saber que el poder cambia de manos, pero rara vez de intereses.
San Agustín decía que al culpable se le busca dentro, no fuera. Y no puedo evitar pensar en eso cada vez que veo lo rápido que nos lanzamos a señalar. Siempre hay alguien fallando, alguien del lado incorrecto, alguien que merece ser expuesto y lapidado digitalmente.
A veces siento que esta urgencia por opinar, por dejar claro de qué lado estás, tiene menos que ver con cambiar algo y más con no quedarnos solos con nuestras propias contradicciones e ignorancia. Porque cambiar de verdad implica ver hacia dentro e incomodarse. Revisarse y admitir que no siempre tenemos razón. Y eso a la mayoría de la gente no le gusta.
Yo, por ahora, prefiero quedarme aquí. En el centro. No porque crea que tengo razón, sino porque sé que cuando se pierde la capacidad de pensar de forma crítica, la identidad empieza a erosionarse. Y cuando eso ocurre, ya no queda nada que defender.

Lady Liberty. AI, cortesía de la autora

