Iván Illich: del humanista radical al anarquista místico

Braulio Hornedo Rocha

El humanismo radical propuesto por Erich Fromm en su libro: Y seréis como dioses, se configura en Iván Illich como una poderosa figura profética moderna. Illich, al igual que los profetas bíblicos, denunció los nuevos ídolos corruptores de la sociedad industrial como: la medicina de patente, la educación escolarizada, la gente al servicio de la tecnología. Para Illich, estas herramientas se convirtieron en medios de alienación donde el hombre delega su capacidad de sanar, aprender, trabajar y convivir.

            El anarquismo místico es una extensión de la teología negativa: si no hay un poder absoluto al cual someterse, las personas deben recuperar su autonomía mediante las herramientas conviviales. Este pacifismo no es pasivo, sino una desobediencia activa contra la violencia, tal como el humanismo radical es escéptico ante el empleo de la fuerza porque esta nubla la razón. Illich buscaba el «retorno» (teshuvá) del hombre a sus propias capacidades, un ideal que Fromm vincula con la libertad completa de cada individuo.

            El humanismo radical, desde el Antiguo Testamento hasta pensadores como Illich, sostiene que el hombre es un sistema abierto e inacabado. La historia es el proceso por el cual, el hombre busca construirse a sí mismo, superando el narcisismo y la sumisión, para ir haciendo el mundo habitable con justicia y amor. En este sentido, la independencia radical no es un alejamiento de lo sagrado, sino su realización más profunda: un mundo donde la persona es tan libre que puede «vencer» incluso a la autoridad divina para vivir bajo su propia ley moral.

            Para visualizar este proceso, consideremos la imagen de una escultura que se talla a sí misma: al principio, la piedra está ligada a la cantera (el clan), pero con cada golpe de martillo (el acto de desobediencia y la negación de los ídolos), va revelando una forma humana única que finalmente se sostiene sobre sus propios pies, libre de las ataduras que la sujetaban.

            El humanismo radical no es un fenómeno moderno, sino un proceso evolutivo que se manifiesta como una filosofía global de la liberación, centrada en la capacidad del hombre para desarrollar sus propios poderes y alcanzar la armonía interior. Esta tradición, que Erich Fromm identifica en las raíces de la Biblia hebrea, encuentra una de sus expresiones más lúcidas y disruptivas en el siglo XX a través de la figura de Iván Illich, a quien el propio Fromm caracterizó como un «humanista radical” en la memorable introducción al libro de Illich titulado Alternativas. Para comprender esta evolución, es necesario rastrear el tránsito desde el concepto de un Dios constitucional hasta la crítica de la modernidad capitalista post industrial.

            Desde una perspectiva filosófica, el origen del humanismo radical se halla en el acto de la desobediencia. En el texto bíblico, la «caída» de Adán no se interpreta como una corrupción de la especie, sino como el comienzo de la libertad humana; al romper el vínculo con la naturaleza divina, el hombre inicia su proceso de individuación. El humanismo radical propone que el hombre es un «sistema abierto e inacabado«, cuya tarea es «hacerse nacer» a sí mismo a lo largo de la historia.

            Este proceso se refleja en la evolución del concepto de Dios. Inicialmente un soberano absoluto, Dios se transforma mediante el Pacto (Berit) en un «monarca constitucional» sujeto a los principios de justicia y amor. La culminación de este camino se encuentra en la “teología negativa de Maimónides, donde Dios carece de atributos positivos y se convierte en el «Dios sin nombre». Filosóficamente, esto libera al hombre de la sumisión autoritaria: si Dios es impensable y «silente», el ser humano alcanza una independencia total, asumiendo la responsabilidad plena de su destino histórico.

            La meta del humanismo radical es el tiempo mesiánico, entendido no como un evento sobrenatural, sino como una fase histórica donde la alienación desaparece y el hombre se reconcilia con la naturaleza y sus semejantes. El concepto del Sábado (Shabbat) es la prefiguración de este estado: un día de armonía total donde cesa toda interferencia en el mundo físico y social, permitiendo a las personas simplemente ser humano.

            Iván Illich lleva esta visión mesiánica a la práctica mediante su crítica a la cultura del progreso capitalista. Su propuesta de una sociedad convivial es una respuesta al final del homo sapiens (sapiends). Para Illich, la verdadera liberación —esa «experiencia no teísta que Fromm describe— consiste en trascender la prisión del egoísmo y la dependencia de las máquinas para recuperar la escala humana.

            El humanismo radical, desde el Génesis hasta Illich, sostiene que la salvación no depende de la veneración de un Dios, sino de la negación de los ídolos y de la práctica de la justicia y el amor. Illich, como anarquista místico, nos recuerda que el hombre solo es libre cuando deja de ser un medio para fines ajenos (desarrollo, Estado, progreso, ciencia) y se convierte en un fin en sí mismo.

            El camino del humanismo radical es similar al de un navegante inexperto que, para alcanzar la tierra firme de su propio ser, debe aprender a soltar las amarras de los puertos seguros pero castrantes de las instituciones, confiando únicamente en la brújula de su propia razón y en la fuerza de sus brazos para bogar hacia el horizonte de la libertad.

Imagen cortesía del autor

LA JORNADA MORELOS