
El papel de la ciudadanía en la prevención de la violencia
José Manuel Meneses Ramírez[*]
Nuestro contexto nos indica que la prevención social de la violencia no es solo una responsabilidad del Estado, sino también de los ciudadanos. Precisamente de esto se trata un paradigma de gobierno compartido, humanista y de izquierda. En el marco del debilitamiento estatal, pensamos que también es el momento de asumir el protagonismo, a través de una ciudadanía cada vez más crítica, responsable y participativa. Como integrantes del pueblo, el ente soberano por excelencia, debemos ser conscientes de que en un ambiente democrático todas nuestras acciones, decisiones e, incluso, nuestras omisiones impactan directamente el rumbo de la sociedad. Desde esta perspectiva, considero que es importante reconocer que la violencia no es un problema aislado, sino que está relacionado con factores sociales, económicos y culturales que debemos abordar de manera integral y ante los cuales podemos definir estrategias integrales desde la esfera de la prevención y de la participación ciudadana.
De igual forma, debemos actuar bajo la inteligencia de que la prevención de la violencia y de las conductas delictivas comienza precisamente en nuestra comunidad. Precisamente donde podemos intervenir de manera directa: en nuestras familias, en casa y en nuestras escuelas. Debido a que es allí donde se forman los valores y las actitudes que determinan nuestro comportamiento como ciudadanas y ciudadanos. También es allí donde debemos enseñar a nuestros hijos la importancia de respetar la ley y los derechos de los demás. Me gusta pensar en el “imperativo categórico” propuesto por Immanuel Kant como una directriz infalible para la construcción de la paz que todos buscamos, sobre todo cuando se conjuga con la fuerza y las características de la familia como primera institución social. Desde luego, la prevención del delito también requiere una política pública efectiva y coordinada, capaz de combatir esa violencia estructural que amenaza con establecerse como un estado de cosas prácticamente inexpugnable. En este sentido, los gobiernos no deben dejar de diseñar e invertir en programas y servicios que aborden las causas de la delincuencia, como la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades.
Bajo esta perspectiva de dos vías (sociedad y gobierno), el combate a la violencia y la prevención del delito es más efectiva. Debemos trabajar juntos para crear una sociedad más justa y segura, protegiendo a niños y jóvenes de la influencia del crimen, otorgando las garantías para que nuestra comunidad sea un lugar donde todos puedan vivir con la dignidad y con el respeto que les asiste como derecho fundamental. Bajo esta perspectiva, considero que, siempre y como primer paso, es necesario contar con el conocimiento del marco normativo, de los derechos y garantías que nos asisten. Ya que uno no puede defender aquello que no conoce. Por esto, nadie debe permanecer ignorante de sus derechos: prevenir es también informar. De tal modo, cuando hablamos de violencia la ignorancia sigue siendo uno de nuestros principales enemigos a vencer.
Una de las directrices que cimentan la visión humanista de la política es el combate por la familia y desde la familia, pues como bisagra entre lo público y lo privado, la familia es la institución más importante del orden político-social (cfr. Karl Marx, Federico Engels o Emile Durkheim). Sabemos que mejores ciudades se construyen colaborativamente, poco a poco, a más aliados a nuestra causa, trabajando como lo establece la teoría de la democracia solidaria planteada por Richard Rorty, a través de un modelo de círculos concéntricos que se expanden, llevando beneficios desde la célula social hasta el estado como su versión más amplia y acabada. Desde esta óptica, las personas no son objetos pasivos de asistencia, sino sujetos políticos plenos que luchan por su dignidad y que contribuyen activamente al desarrollo de la comunidad. Este activismo en el que nos suscribimos actúa en favor de las personas, proponiendo nuevas formas de resistencia, denunciando los tipos de violencia simbólica y estructural, al tiempo que exige una transformación en los valores que organizan nuestras sociedades.

Con este mismo espíritu, tenemos que integrar a las infancias en actividades que les permitan adquirir una conciencia ética desde la edad más temprana bajo el horizonte de la prevención. Bajo la lógica de sembrar acciones para cosechar mejores generaciones. Enseñar valores a temprana edad como plataforma indispensable para un óptimo desarrollo individual y familiar, con un impacto social que propicie ambientes protectores, en el marco de una cultura basada en el respeto y aplicación de sus derechos, Todo esto con la intención de encaminar sus pasos hacia una ciudadanía plena, donde puedan detonar todas sus capacidades y talentos. Desde esta perspectiva, la ciudadanía es también un ente que promueve la transformación social desde la inmediatez del espacio público más importante, actuando como acompañante, guardián y promotor de los intereses de las familias.

Imagen: Redes sociales
[*] Filósofo, filólogo y politólogo.

