

En el camino de la fe y la lucha por los derechos humanos, el doctor Alfonso Leija Salas ha forjado una trayectoria que desafía los dogmas y abre espacios de inclusión para las comunidades más vulnerables. Como sacerdote, activista y defensor de los derechos de la comunidad LGT y otros grupos históricamente marginados, su vida es testimonio de una vocación centrada en el amor y la justicia.
Nacido el 13 de octubre de 1951 en Matamoros, Tamaulipas, Leija Salas creció entre esta ciudad fronteriza y San Luis Potosí, a donde su familia regresó cuando él tenía seis años. Su formación académica lo llevó a obtener el título de químico farmacobiólogo en 1980. Sin embargo, su camino pronto se desviaría hacia la lucha social y la vocación religiosa.
En 1981, emigró a Guanajuato para continuar con una maestría y luego se trasladó a Guadalajara, donde trabajó en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Un año después, llegó a Cuernavaca, donde su vida tomó un giro definitivo. En febrero de 1982, comenzó su desarrollo profesional en el Centro de Investigación sobre Fijación de Nitrógeno de la UNAM, al tiempo que iniciaba sus estudios clericales en la Iglesia de la Comunidad Metropolitana, una de las primeras en el mundo en declararse incluyente.
«Éramos personas de fe, pero nos sentíamos excluidas de las iglesias tradicionales. La culpa y el miedo eran impuestos sobre nosotros sin fundamento», recuerda. «Nos decían que éramos un pecado, que estábamos fuera de la voluntad de Dios. Pero cuando empezamos a estudiar las escrituras, descubrimos que no había fundamento para esa discriminación».
Se integró al movimiento de la diversidad
Esta exclusión lo llevó a formar parte del movimiento impulsado por el reverendo Troy Perry, fundador de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana en la década de 1970, con el objetivo de crear un espacio seguro para la diversidad sexual dentro del ámbito religioso.

Desde entonces, su labor se ha centrado en reivindicar el derecho a la espiritualidad sin discriminación. Ha trabajado incansablemente en la reinterpretación de los textos sagrados para desmontar prejuicios y demostrar que ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se condena la homosexualidad. «Los estudios bíblicos han demostrado que las traducciones han sido manipuladas y que, en su origen, las escrituras no condenaban la diversidad sexual», señala.
«Por siglos, la religión se ha utilizado para excluir y lastimar a personas de la diversidad sexual. Es hora de recuperar su verdadero mensaje: amor, justicia y dignidad para todos», afirma con convicción.
Actualmente, Alfonso Leija Salas representa a la Asociación Civil Juntos de Abrazados AC y dirige la Colectiva Diversa. Además, es obispo de la Iglesia Católica Antigua del Río de la Plata, una institución que defiende el derecho de todas las personas a vivir su fe sin restricciones impuestas por dogmas excluyentes.
Su mayor legado, dice, es haber contribuido a liberar a muchas personas de la culpa y el miedo que les fueron inculcados. «Nuestra misión es enseñar a la sociedad a respetar la dignidad de todas las personas. La inclusión no es una concesión, es un derecho».
Con más de cuatro décadas de trabajo en la defensa de los derechos humanos y la inclusión en el ámbito religioso, Alfonso Leija Salas sigue siendo un referente en la lucha por una sociedad más justa y equitativa.
Refugio para personas marginadas
A lo largo de los años, el trabajo de Alfonso Leija Salas no solo se centró en la defensa de los derechos de la diversidad sexual, sino que también se expandió hacia otras luchas sociales. Su labor en la Iglesia de la Comunidad Metropolitana le permitió crear espacios de refugio y apoyo para personas marginadas, ya fuera por su orientación sexual, condición de salud o situación socioeconómica.
Uno de los momentos clave en su trayectoria fue el auge de la crisis del VIH-SIDA en los años 80 y 90, una época en la que muchas personas fueron rechazadas por sus familias y comunidades. En respuesta, Leija Salas impulsó la creación de albergues y programas de acompañamiento para quienes vivían con la enfermedad.
«Era una situación desesperante. La gente moría sola, sin apoyo ni recursos. Nosotros queríamos cambiar eso», recuerda.
Con el paso del tiempo, su activismo fue evolucionando. No solo continuó con la lucha por la igualdad de derechos para la comunidad LGBT+, sino que también comenzó a involucrarse en otras causas sociales. En Morelos, su trabajo con comunidades en situación de calle se intensificó durante la pandemia, cuando la crisis sanitaria dejó aún más expuestas a las personas sin hogar. «No podíamos quedarnos de brazos cruzados. La necesidad era enorme, y la iglesia tenía que estar ahí», afirma.
Además, su compromiso con la justicia social lo llevó a colaborar con movimientos de defensa del territorio y activistas que luchaban contra el despojo de tierras y la contaminación ambiental. Su labor como sacerdote y activista le permitió ofrecer acompañamiento espiritual y apoyo organizativo a comunidades indígenas y rurales que enfrentaban amenazas por parte de intereses empresariales y políticos. «La fe también es resistencia. Estar con ellos, apoyarlos, es parte de nuestro deber», señala.
Alfonso Leija Salas también se convirtió en un referente en la promoción de nuevas filosofías de paz y estrategias para combatir la violencia estructural. En colaboración con universidades y organizaciones de derechos humanos, participó en la elaboración de protocolos para la prevención de la discriminación y la violencia.
Durante el COVID 19 instaló el comedor El Farolito
La pandemia trajo consigo un desafío sin precedentes, y para muchos, la incertidumbre se transformó en un espacio de reflexión y acción. Para Alfonso Leija Salas, activista comprometido con su comunidad en Cuernavaca, la crisis sanitaria fue también una oportunidad para extender su mano a aquellos más vulnerables.
“Sí, esa es una parte importante de respuesta a las nuevas formas de acercarse a la gente en la pandemia. Hubo dos cosas más importantes que debo destacar. Por supuesto siempre hay más puntos de trabajo, pero estas dos fueron importantes porque logramos rescatar a las personas que viven en la calle”, compartió Alfonso, recordando aquellos primeros momentos de confinamiento.
Cuando las autoridades pidieron a todos quedarse en casa, la ciudad se vació rápidamente. El país se movilizó para protegerse del virus, pero en las calles de Cuernavaca algo quedaba fuera de la ecuación: los más necesitados, aquellos que viven sin un hogar, que dependen de lo que puedan encontrar en los basureros. «La consigna, quédate en tu casa», se convirtió en un mandato, pero al caminar por el centro, Alfonso se dio cuenta de que las personas que normalmente subsistían de lo que quedaba en las calles, ahora no tenían nada.
“Me encontré con gente que tenía hambre. Ustedes saben que la gente que vive en la calle come de lo que es la basura. Pero como no había gente ni basura, pues entonces no tenía que comer”. Fue entonces cuando Alfonso decidió hacer algo. No pensó en permisos ni en burocracia. Directamente, se dirigió a la plazuela del Zacate y abrió un comedor improvisado: El Farolito.
“No había gente. Me dicen, ‘oye, ¿te dieron permiso en la plazuela?’ Y yo les respondí, ‘no, ¿a quién le pido permiso?’”. Aquel comedor se convirtió en un lugar de encuentro, no solo para aquellos sin hogar, sino para la comunidad que quiso colaborar. “Se extendió la invitación a la sociedad de apoyo en los víveres y en la colectiva diversa, y ahí se cocinaba para llevarles desayuno y comida a las personas que no tenían qué comer”. Con el paso de los días, el comedor se convirtió en un refugio para más de 150 personas, un pequeño oasis en medio de la crisis.
Misas virtuales para acompañar en el dolor
Pero el hambre no fue la única tragedia que enfrentaron las familias. La muerte, exacerbada por el COVID-19, tomó muchas vidas sin permitir el consuelo del adiós. «La gente se moría, no dejaban entrar la familia a los hospitales por el riesgo de contagio. Los pacientes eran introducidos, incubados, morían y no entregaban ni siquiera el cuerpo. Sólo entregaban las urnas cuando eran incinerados», relató Alfonso, la tristeza aún presente en su voz. Las familias no pudieron acompañar a sus seres queridos en sus últimos momentos, ni siquiera en su funeral.
En este contexto, Alfonso sintió una necesidad urgente de brindar apoyo espiritual. “Era importante para la gente despedir a sus difuntos con un acto espiritual, algo que aquí en Morelos se considera fundamental. Así que a través de internet, pensamos en producir misas virtuales. Las personas me llamaban con los nombres y fotografías de sus seres queridos, y así, día tras día, me convertí en una especie de canal para que pudieran dar ese último adiós.”
De forma inesperada, las plataformas digitales se convirtieron en una herramienta esencial para sanar. “Esos momentos fueron difíciles. Todos los días veía cómo aumentaba la lista de personas que morían por el COVID, y eso me hizo ser consciente del impacto de la pandemia”. Pero a pesar de la distancia física, las familias podían conectarse a esas misas, sentirse acompañadas espiritualmente y darle a sus seres queridos el adiós que no pudieron dar en persona.
“A través de redes sociales como Facebook, las personas estaban atentas para que su pariente o familiar tuviera esa despedida espiritual. Fue una herramienta emergente para auxiliar espiritualmente a las familias que perdían a un ser querido en la pandemia del COVID”, explicó con una mezcla de gratitud y dolor. A través de estos actos de apoyo, Alfonso pudo seguir ofreciendo un consuelo necesario en medio de la desolación.
Y no solo fue el COVID lo que trajo dolor a la comunidad. También las víctimas de la violencia, las desapariciones, y las tragedias personales marcaron la vida de Alfonso. «También he hecho trabajo con víctimas de la violencia y desapariciones, y en esos casos, las misas y los actos espirituales se convirtieron en un refugio de esperanza. Me siento comprometido con esta labor. Mi salud ya no me permite estar en todas partes, pero sigo ahí, hasta donde pueda, y he estado presente con la UNAD por más de 40 años».
Su trabajo, que comenzó como un esfuerzo para alimentar a los más necesitados durante la pandemia, se convirtió en un testimonio de resistencia, solidaridad y, sobre todo, esperanza. En tiempos de desesperanza, las acciones de Alfonso Leija Salas se convirtieron en un faro de luz para muchos.
Impulsó una jornada de vacunación para personas en situación de calle
En 2021, el obispo de la Iglesia del Río de la Plata denunció un importante vacío en el Plan Nacional de Vacunación contra el Covid-19, implementado por el Gobierno Federal. Explicó que las personas en situación de calle, que no cuentan con documentos oficiales, fueron excluidas del proceso de vacunación.
Leija Salas señaló que desde el inicio de la pandemia, las políticas de salud han marginado a este sector, comenzando con la estrategia de confinamiento, que no consideró a quienes no tienen un lugar donde resguardarse ni medios para alimentarse. Además, en la etapa de vacunación, el Plan exige que los ciudadanos se registren con datos personales, un domicilio y un comprobante de identidad, requisitos imposibles de cumplir para quienes no tienen documentos.
Derivado de la denuncia que realizó en medios y sus gestiones, se logró que en Morelos se llevara a cabo una jornada de vacunación dirigida a las personas en situación de calle, quienes hasta ese momento habían sido excluidas del Plan Nacional de Vacunación debido a la falta de documentos para registrarse. Las autoridades federales confirmaron que esta jornada permitió que este sector vulnerable pudiera acceder a la inmunización, atendiendo una de las principales problemáticas señaladas por el activista. Aunque Leija Salas reconoció que no toda la población en situación de calle desea o piensa vacunarse, hizo un llamado urgente a las autoridades para crear un programa especial que garantice el acceso a la vacuna para quienes sí lo desean. Advirtió que, aunque hasta ese momento las personas en situación de calle no habían mostrado síntomas graves del virus, esto no aseguraba que pudieran evitar la enfermedad en el futuro.
Acompaña a víctimas de la violencia
Alfonso Leija Salas, en su trabajo como académico y activista, no solo se ha enfocado en la defensa de los derechos humanos, sino también en el acompañamiento a las víctimas de violencia, especialmente en el contexto de las desapariciones forzadas que han afectado a muchas familias en Morelos. De manera constante, acompaña a las madres buscadoras en las diligencias de exhumación en Tetelcingo y Jojutla, y en las brigadas de búsqueda que se realizan en distintos municipios del estado. Además, oficia misas y oraciones por los seres queridos que están por ser localizados, llevando un mensaje de esperanza y fortaleza a las familias. «Les explico que ellos tienen que buscar esa forma de encontrarse como nuevas familias porque un día van a ser padres y van a tener hijos y tienen que darle valores», menciona con respecto a su enfoque en ayudarles a reconstruir sus vidas a través de la espiritualidad. También lleva esperanza a las familias para que no dejen de buscar a sus seres queridos, quienes siguen en situación de desaparecidos, recordándoles que la lucha debe continuar y que la fe y la determinación pueden hacer la diferencia.
Alfonso también ha acompañado a la familia de Samir Flores Soberanes, comunicador comunitario, defensor de la tierra y principal opositor a la termoeléctrica de Huexca, desde su asesinato. Cada año, en las conmemoraciones de su vida y lucha, Alfonso ha estado presente, brindando su apoyo y solidaridad a los seres queridos de Samir. Esta lucha por la defensa del territorio y los derechos de las comunidades sigue siendo una causa cercana al corazón de Alfonso, quien continúa respaldando a las familias afectadas por la violencia y el despojo.
Para Alfonso, la espiritualidad no se encuentra en una institución tradicional, sino en una búsqueda personal que permite a los jóvenes redescubrir los valores humanos esenciales, tales como la honestidad, la verdad y la disciplina. Estos valores son fundamentales para que puedan transmitirlos a sus hijos, contribuyendo así a una sociedad más plena y consciente.
Alfonso destaca la crisis de confianza que existe hacia las instituciones, un fenómeno que ha observado en su labor como líder espiritual y activista. «No hay creencias, no hay confianza», reflexiona, señalando que la mayoría de las personas han optado por huir de estas estructuras, buscando en cambio una nueva filosofía que los conecte con valores humanos, sin necesidad de la mediación de instituciones que ya no resuenan con sus vivencias.
Vida plena y transparente
En cuanto a su vida personal, Alfonso también rompe con convenciones al hablar de sus relaciones. «Acuérdate que la transparencia para mí es importante», menciona con respecto a su capacidad de formar una familia fuera de los límites establecidos por la institución religiosa. A lo largo de su vida, ha tenido la oportunidad de acompañar a jóvenes y familias, y aunque no es padre biológico, su cercanía con una niña que fue acogida por él le ha permitido vivir una paternidad emocional y espiritual. «Tengo una hija no biológica… y en ese sentido puedo vivir y reconozco la vivencia de amor por una hija no biológica», afirma con convicción.
Además, en sus reflexiones sobre la Iglesia, Alfonso muestra una actitud progresista. «Ya hay como un acercamiento a todas estas nuevas ideas… sí, yo creo que la Iglesia Católica humana va a tener que llegar a todo esto, a esta nueva manera de vivir», sostiene, mencionando que las iglesias ahora son ecuménicas y que las creencias tradicionales están siendo cuestionadas y adaptadas a una nueva comprensión de la humanidad y la espiritualidad. Para él, el amor y la naturaleza de las personas, sin importar su orientación sexual, deben ser aceptados. «La naturaleza de Dios, la idea que tenga cada quien de Dios, pues es la naturaleza y todo lo que se expresa en la naturaleza es perfecta», concluye.
A través de sus acciones y reflexiones, Alfonso Leija Salas ha logrado crear un puente entre la espiritualidad y los derechos humanos, abrazando tanto las críticas hacia las instituciones como las posibilidades de una iglesia más inclusiva y humana.
Una vida con vocación y convicción
Alfonso Leija Salas ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos en Cuernavaca, un camino que comenzó desde su niñez, marcada por una profunda empatía hacia el sufrimiento ajeno. Su vocación no nació de una ideología política, sino de una vivencia personal que lo impulsó a ser un defensor de los más vulnerables. En sus propias palabras: «Si me preguntaras qué me motivó a hacer todo esto, finalmente fue mi propio sufrimiento».
Desde joven, Leija experimentó una sensibilidad especial hacia aquellos que eran juzgados o condenados, como lo expresaba en su reflexión sobre uno de los apóstoles de Cristo, el menos popular: Judas Iscariote: «Me conmovía que finalmente él, arrepentido, se colgara», una empatía que lo llevó a identificarse con el sufrimiento ajeno y a sentir la necesidad de ayudar a quienes más lo necesitan. Esta compasión se convirtió en el motor que lo movió a convertirse en sacerdote, pero también en académico y activista.
A lo largo de su vida, su trabajo ha estado marcado por sacrificios personales, especialmente económicos. «Me tiene que costar, inclusive económicamente la obra me ha costado siempre», menciona, destacando cómo el trabajo por los derechos humanos le ha exigido esfuerzo constante, no solo en tiempo y energía, sino también en recursos. Leija ha logrado mantenerse independiente, sin depender de nadie para llevar a cabo su labor.
El sacerdote y activista también tiene una visión clara sobre el cambio social. En sus reflexiones, invita a la gente a no perder la esperanza y a luchar por un mundo mejor. «Que tengamos fe, que tengamos confianza de cambiar este mundo de violencia, a través del amor, a través del trabajo, la disciplina, la compasión, la humildad», afirma, subrayando que el cambio comienza en cada individuo. Para él, el verdadero cambio se da desde lo personal y desde la acción colectiva, aunque reconoce que las instituciones difícilmente cambiarán por sí solas debido a las estructuras de poder que las rigen.
En resumen, la vida de Alfonso Leija Salas es un testimonio de compromiso con la justicia social, la lucha por los derechos humanos y la solidaridad con los más desfavorecidos. A lo largo de los años, ha transformado su sufrimiento en un motor para ayudar a otros, un camino que sigue recorriendo con convicción y fe en el poder del amor y la compasión para transformar el mundo.
Fotos: Cortesía

Alfonso Leija Salas

«Nuestra misión es enseñar a la sociedad a respetar la dignidad de todas las personas. La inclusión no es una concesión, es un derecho»

El comedor se convirtió en un refugio para más de 150 personas, un pequeño oasis en medio de la crisis.

«Los estudios bíblicos han demostrado que las traducciones han sido manipuladas y que, en su origen, las escrituras no condenaban la diversidad sexual».

Alfonso Leija Salas, en su trabajo como académico y activista, no solo se ha enfocado en la defensa de los derechos humanos, sino también en el acompañamiento a las víctimas de violencia

“Creo que la Iglesia Católica humana va a tener que llegar a esta nueva manera de vivir”

