
A don José Muñoz Moreno, verniano hasta la médula, y quien, como Julio, imaginaba las videollamadas por celular
Germán R Muñoz G
Al joven Jules Gabriel Verne le tocó crecer en una época llena de maravillas, en una que se debatía entre el sopor de los siglos pasados -aderezado con guerras constantes, cuando nació, el 8 de febrero de 1828, Napoleón Bonaparte solo llevaba siete años muerto y sus restos aún reposaban en Santa Elena- y la excitación de la Revolución Industrial, cuando el impacto del vapor, el hierro y el carbón comenzaba a modificar la vida diaria.
Entre una sociedad profundamente tradicional y un mundo que comenzaba a transformarse a un ritmo vertiginoso en donde convivían los carruajes tirados por caballos y los primeros trenes que, poco a poco, cobraban mayor presencia en el horizonte de la campiña europea.
Al joven Verne le tocó ser de los primeros humanos hostigados por el ruido de las máquinas fabriles, el hollín que producían y la tiranía de horarios y jornadas productivas -el reloj también comenzó a ganar prominencia gracias los horarios de los trenes y las jornadas en las fábricas- y el nacimiento de barrios obreros, típicamente marginados y hacinados. Muy pronto comprendió que los avances podrían tener efectos insospechados y que no todos eran maravillosos.
La ciencia como show y para “iniciados”

En el siglo XIX la ciencia no era aún el territorio hiperespecializado de hoy. Se concebía como tanto como un saber total, capaz de explicar el mundo, pero campo reservado para los hombres -y solo si eran “iniciados”, lejos del público en general; una fuerza moralmente positiva, asociada al progreso y al bienestar humano y, también, paradójicamente, como un espectáculo público: las demostraciones científicas se hacían ante audiencias, casi como funciones teatrales, así, los científicos eran celebridades, personajes como Michael Faraday, Charles Darwin o Louis Pasteur eran conocidos, más allá del ámbito académico, por sus demostraciones públicas, por los shows en los que cobraban entrada.
Ciencia ficción y divulgador de la ciencia
Verne abrevó de ese ambiente, leía compulsivamente revistas científicas, informes geográficos y diarios de exploradores. Su talento no fue inventar simplemente, sino conectar conocimientos existentes y proyectarlos al futuro con lógica narrativa, pero siempre bajo una condición: la fantasía y la imaginación se quedarían en la historia, los hechos serían terreno reservado para la ciencia, lo que a la larga le ha valido ser reconocido como uno de los primeros autores de ciencia ficción que merecen ese título, aunque el término se acuñaría más de veinte años después de su muerte. Por este prurito en la creación de sus obras, a Verne también se le puede llamar, con justa razón, uno de los primeros divulgadores de la ciencia, claro, cuando ésta aún estaba en pañales.
Abogado y ¿avanturero?
Julio Verne nació en una familia burguesa, era el mayor de cinco hermanos. Su padre, abogado, deseaba que cursara estudios jurídicos en París, siguiendo la tradición familiar. Pero Verne se sintió irremediablemente atraído por las letras y la aventura. Tras completar sus estudios de Derecho, decidió dedicarse a la literatura, inicialmente con obras de teatro y libretos, hasta que en 1863 publicó su primera novela de éxito, Cinco semanas en globo, que inauguró lo que vendría a ser su gran proyecto creativo conocido como Viajes extraordinarios, aunque no fue su primera obra, que data de cuando tenía menos de 20 años y que permaneció inédita por décadas.
En cuanto a su espíritu aventurero, Julio Verne tuvo que limitarlo a Europa y al Mediterráneo -poseía varios barcos todos con el mismo nombre “San Miguel”, aunque numerados- nunca viajó a América, Asia profunda, Oceanía ni al África subsahariana, pese a que situó ahí muchas de sus historias. Tampoco estuvo en México, aunque ubicó parte de La isla misteriosa y Los hijos del capitán Grant en territorios americanos y escribió Un drama en México -del que hablamos en un recuadro, más adelante- basándose únicamente en fuentes documentales.
Verne fue, ante todo, un gran viajero de papel, un ratón de biblioteca, lo que no es un pecado: los viajes en su época, por más cercanos que fueran, podían significar semanas o meses. La expedición de su contemporáneo, Charles Darwin, tuvo que ser financiada por el gobierno británico y duró la friolera de cinco años. Viajar no era fácil en los tiempos de Verne, que es otra cosa para considerar cuando se leen sus obras, tan llenas de fascinación por los viajes.
Los Viajes Extraordinarios
Su primer gran éxito, Cinco semanas en globo, marcó el inicio de su serie Viajes extraordinarios, concebida como un proyecto editorial para combinar ciencia, geografía y aventura, y que resultó ser un éxito editorial. Gran mérito de la naturaleza en la creación de esta serie -y en la obra de Verne- la tiene su editor, Pierre-Jules Hetzel, quien lo impulsó a fundamentar sus novelas en informes científicos, crónicas de exploradores, revistas geográficas, actas de sociedades científicas y mapas reales.
Los Viajes Extraordinarios de Verne incluyen 54 novelas publicadas en vida -y algunas más, póstumas- y tienen una característica: no se publicaron como folletines -al estilo, muy francés, de Dumas e, inglés, de Dickens- aunque algunas de las novelas se publicaron semanalmente, las de Verne siempre conservaron la continuidad de una obra terminada, pues así era: lo que se imprimía semanalmente eran extractos de sus novelas, no una historia que se alargaba o se acortaba con respecto a las ventas y que luego se recopilaba en formato de libro.
En descargo de Dumas y Dickens -contemporáneos de Verne- debemos decir que los tres ocuparon momentos algo diferentes del gran auge de la novela moderna. Coincidieron en el tiempo, seguramente se leyeron —directa o indirectamente— y formaron parte del mismo ecosistema cultural marcado por la industrialización, la expansión de la prensa y la lectura popular. Y no hay quien les rebata sus méritos ¿o sí?
Verne no es digno de la Academia Francesa
En vida, Verne recibió el reconocimiento tanto de escritores como de científicos, personajes como George Sand o el geógrafo Vivien de Saint-Martin se contaron entre sus primeros admiradores. Sin embargo, pese a su enorme popularidad entre el público lector y de los escenarios teatrales —especialmente tras el éxito abrumador que tuvo La vuelta al mundo en ochenta días en taquilla—, la literatura oficial y la “Academia” de la época no reconoció nunca a Verne como parte del “gran canon literario”. Figuras como Émile Zola lo consideraron más un escritor de entretenimiento que un autor digno de estudio literario serio.
Aunque fue inmensamente popular y sus Viajes Extraordinarios incluso fueron laureados por la propia Academia Francesa, él nunca fue admitido como uno de sus miembros. En 1894, confesó: «El gran arrepentimiento de mi vida es que nunca he ocupado ningún lugar en la literatura francesa… Un poco más de justicia de mis propios compatriotas hubiera sido valorada por mí».
Pero ¿qué podría esperar si sus admiradores -muchos más de los que él conoció- aún no habían nacido?
Verne, el incomprendido
Ya a finales del siglo XIX la prensa francesa consideraba noticia importante cualquier publicación nueva de Verne o los detalles relacionados con su figura, lo que en sí mismo indicaba el efecto cultural y “noticioso” de sus obras.
La forma en que Verne anclaba sus historias a conceptos científicos reales del momento, incluso en obras como La isla misteriosa, donde el personaje del ingeniero muestra cómo aplicar la química para resolver problemas, hizo que su literatura fuera percibida como una forma de educación indirecta sobre la ciencia y la técnica.
La percepción de Verne como alguien capaz de anticipar inventos o descubrimientos tecnológicos —mientras él mismo decía que su objetivo era “difundir el conocimiento de la geografía y la ciencia entre los jóvenes”-, reforzó su imagen más que como novelista, como puente cultural entre la ciencia y la sociedad, situación que probablemente, en su tiempo, obró en contra del valor de lo que sus contemporáneos consideraban “literario”.
Tras su muerte, en 1905, la percepción de Verne evolucionó. A mediados del siglo XX y especialmente a partir de estudios académicos en Francia y otros países europeos, su obra fue reclasificada no solo como literatura de entretenimiento, sino como parte fundamental de la historia cultural del siglo XIX y de la ciencia ficción como género literario, lo que, seguramente, tampoco le hubiera satisfecho al joven Julio, deseoso de viajar a la Luna o, por lo menos, a China.

El divulgador de la ciencia, Julio Verne. Foto: Wikipedia / Étienne Carjat / Adam Cuerden / biblioteca digital Gallica
¿Imaginación o ciencia?
Entre los avances disparatados en las obras de Julio Verne… pero que ya existen, o ahí vienen
- Submarinos eléctricos — Veinte mil leguas de viaje submarino (1870)
- Viaje espacial tripulado — De la Tierra a la Luna (1865) y Alrededor de la Luna (1870)
- Ciudades submarinas y comunidades tecnológicas — Veinte mil leguas de viaje submarino (1870)
- Trenes de alta velocidad — Las tribulaciones de un chino en China (1879)
- Helicópteros y drones — Robur el conquistador (1886)
- Videollamadas y tecnologías de comunicación audiovisual / Comunicación remota de noticias — En el año 2889 (Cuento – 1889)
En la novela De la Tierra a la Luna, publicada en 1865, el autor situó un telescopio de 5 metros de diámetro en las Montañas Rocosas, misma ubicación y dimensiones a las que tuvo el primer telescopio del observatorio de Monte Palomar. El viaje de Verne se hizo en 97 horas viajando a 40.000 km/h; el Apolo XI lo hizo en 102 horas a 38.500 km/h. El Apolo VIII tuvo un peso y una altura casi igual al descrito por Verne. Fue esa nave la que amerizó a solo 4 km del bólido de Verne. En ambos casos, fueron rescatados por la Marina norteamericana.
Además, Verne predijo con una precisión asombrosa la ubicación del sitio de lanzamiento de las misiones lunares de la NASA, incluyendo lo que hoy conocemos como Cabo Kennedy (o Cabo Cañaveral) en Florida.
Verne seleccionó Florida porque, al estar cerca del ecuador (por debajo del paralelo 28), ofrecía la ventaja de aprovechar la velocidad de rotación de la Tierra para el lanzamiento, un principio físico real utilizado después por la NASA. La ubicación ficticia de Verne estaba cerca de Tampa (Stone’s Hill), a unos 132-200 km de la ubicación real del Centro Espacial Kennedy, una cercanía increíble considerando que escribió esto 100 años antes de la misión Apolo. En la novela, el lanzamiento se produce en diciembre, el cohete se llama «Columbiad» (muy similar al módulo de comando «Columbia» del Apollo 11), lleva a tres astronautas, y el amerizaje de regreso se produce en el Océano Pacífico, tal como sucedió en realidad; además, Verne describió una «batalla política» entre Texas y Florida para ganar la sede del proyecto, algo que también ocurrió en la vida real durante la selección del sitio por parte de la NASA.

