La epidemia que aún falta por erradicar 

Las lecciones de la historia no siempre se aprenden a la primera. A veces requieren décadas de dolor, pérdidas irreparables y luchas persistentes para convertirse en conciencia colectiva. Así ocurrió con la irrupción del VIH en los años ochenta y así sigue ocurriendo con la homofobia y otras formas de segregación que, aunque revestidas de modernidad, conservan el mismo núcleo de miedo e ignorancia. 

En el reportaje “Día de la Cero Discriminación: del estigma del VIH a una causa mundial por la dignidad humana”, de German Muñoz, se recuerda cómo el desconocimiento científico y los prejuicios sociales confluyeron para convertir una crisis sanitaria en una crisis moral. El VIH no sólo fue una enfermedad devastadora; fue también el pretexto para expulsar, humillar y condenar a miles de personas que, además de enfrentar un padecimiento grave, tuvieron que soportar el señalamiento público, la pérdida del empleo, el abandono familiar y la violencia simbólica y física. 

Aquella experiencia dejó una enseñanza: la discriminación no es un fenómeno aislado, es un factor que agrava las crisis. El estigma retrasó diagnósticos, obstaculizó políticas públicas y profundizó el sufrimiento. No se trató únicamente de un problema ético; fue un obstáculo real para la salud pública. Cuando la vergüenza impide acudir a un hospital o cuando el miedo frena campañas de prevención, la discriminación se convierte en aliada de la enfermedad. 

Décadas después, aunque el VIH ha dejado de ser una sentencia inmediata de muerte gracias a los avances científicos, la exclusión no ha desaparecido. Y no se limita al ámbito sanitario. El texto “La lucha contra la homofobia con los deportes al centro”, de Daniel Martínez, muestra cómo la discriminación por orientación sexual sigue incrustada en espacios tan visibles y simbólicos como el deporte profesional. 

El caso de Justin Fashanu, recordado cada 19 de febrero en el Día Internacional contra la Homofobia en el Deporte, revela con crudeza que el talento no inmuniza contra el prejuicio. Su carrera se desplomó tras declarar públicamente su homosexualidad, y el peso del estigma fue un factor determinante en el trágico desenlace de su vida. No se trata de un episodio aislado del pasado: atletas contemporáneos continúan enfrentando hostilidad, silencios institucionales y riesgos profesionales por el simple hecho de ser quienes son. 

La discriminación, en cualquiera de sus variantes —por orientación sexual, identidad de género, estado de salud, origen étnico, religión o condición socioeconómica— es un lastre estructural. Limita el desarrollo individual y, al hacerlo, restringe el potencial colectivo. Cuando se excluye a personas por prejuicio, la sociedad pierde creatividad, innovación, talento y liderazgo. El daño no es únicamente moral; es también económico y cultural. 

Más aún, en sus formas extremas, la segregación es semilla de violencia. La historia del siglo XX ofrece ejemplos dramáticos de cómo los discursos que deshumanizan pueden desembocar en persecuciones sistemáticas, crímenes de odio e incluso exterminios. Ninguna sociedad está exenta de ese riesgo si normaliza el lenguaje que degrada o las prácticas que marginan. 

El combate a la discriminación implica políticas públicas consistentes, educación desde la infancia, reformas legales efectivas y sanciones claras ante actos de odio. Supone también revisar prácticas culturales profundamente arraigadas —machismo, patriarcado, costumbres y prácticas religiosas o tradicionales— que se reproducen en la familia, la escuela, los medios y las instituciones. 

Debemos reforzar -empezando por nuestras propias familias- la convicción de que la dignidad humana no admite categorías. No hay ciudadanos de primera y de segunda. No hay enfermedades “merecidas” ni identidades “tolerables”. La igualdad ante la ley y el respeto en la vida cotidiana son pilares inseparables de cualquier proyecto democrático. 

La experiencia del VIH demostró que el miedo puede paralizar, pero también que la ciencia, la información y la solidaridad pueden transformar realidades. La lucha contra la homofobia en el deporte muestra que los espacios simbólicos pueden convertirse en trincheras pedagógicas donde se redefine lo que significa la valentía y el honor. 

La Jornada Morelos