
La paradoja del hábitat
Ya sea cuando las lluvias inundan las calles de las ciudades o los manantiales comienzan a secarse, los vecinos suelen culpar a las alcantarillas o a los malos gobiernos, sin advertir que el origen de esos problemas se encuentra mucho más lejos: en los cerros, barrancas y selvas que todavía resisten el avance del concreto. La Sierra de Huautla, en el sur del estado, y el Bosque de Agua, al norte, son mucho más que paisajes: son sistemas de vida que mantienen el equilibrio ecológico del que depende el bienestar urbano.
Lo que Antimio Cruz describe como un “seguro de vida para Morelos” no es una metáfora exagerada. La Reserva de la Biósfera Sierra de Huautla (REBIOSH), reconocida por la UNESCO desde 2006, actúa como una esponja natural que capta, filtra y distribuye el agua que abastece a los valles y ciudades del estado. En sus casi 60 mil hectáreas, comunidades campesinas, investigadores y guardianes del monte sostienen una convivencia ancestral que permite el ciclo del agua, la regeneración de los suelos y la persistencia de especies vitales para la polinización y la alimentación. Sin esa dinámica silenciosa, la vida urbana simplemente colapsaría.
Sin embargo, mientras las comunidades rurales sostienen con sus manos el equilibrio ecológico, las urbes de Morelos avanzan sin mesura. Como advierte Daniel Martínez Castellanos, la expansión metropolitana de Cuernavaca y sus municipios vecinos —Jiutepec, Temixco, Emiliano Zapata, Xochitepec, Huitzilac y Tepoztlán— ha crecido sobre bases precarias, sin una planeación efectiva y con una infraestructura saturada. A la capital del estado la apodan con humor “la ciudad de la eterna brincadera”, pero tras el sarcasmo se oculta una verdad amarga: drenajes colapsados, deforestación acelerada, sobreexplotación de acuíferos y una desigualdad urbana que expulsa a miles de familias hacia zonas de riesgo.
Lo que se nos sale de las manos
La contaminación de los cuerpos de agua, el azolve de los ríos y el descontrol en los asentamientos humanos son señales de un proceso que parece haberse salido de control. La mancha urbana devora, sin límites, lo que alguna vez fueron zonas agrícolas, barrancas vivas o corredores biológicos. Morelos, el “jardín del edén” que describían los poetas del siglo pasado, está hoy fragmentado por el ruido, el tráfico y la indiferencia de todos, incluyendo en primer lugar a sus propios habitantes, y lo mismo se podía aplicar al resto de ciudades del estado.

Pero no todo está perdido. Los convenios de coordinación metropolitana firmados este año entre los municipios del centro del estado abren una oportunidad inédita: por primera vez se plantea una visión conjunta de ordenamiento urbano, sostenibilidad ambiental y desarrollo social. Si este esfuerzo logra materializarse —como sugiere Martínez Castellanos—, podría revertirse una parte del desastre y construirse un modelo de ciudad resiliente, capaz de convivir con el entorno natural en lugar de asfixiarlo.
Sin embargo, la planeación no puede quedarse en los escritorios. Proteger los ecosistemas no debe depender exclusivamente de decretos de “reserva” o de sellos internacionales, como recuerda Cruz al describir la vida en la Sierra de Huautla. Toda zona natural, incluso aquellas sin reconocimiento oficial, constituye un seguro para el futuro de las comunidades: son fuentes de agua, alimento, medicina y cultura. Son memoria viva y cimiento de nuestras propias comunidades futuras.
Un pacto por la vida
La pregunta de fondo es si podremos equilibrar la expansión urbana con la preservación ambiental antes de que el colapso se vuelva irreversible. Para ello, se requiere una nueva ética pública que vincule a las ciudades con las sierras, al ciudadano con el campesino, a la política con la ciencia. La UAEM y sus centros de investigación ya ofrecen ejemplos de colaboración efectiva con comunidades rurales para comprender y resolver los conflictos entre conservación y subsistencia. Es el tipo de ciencia social y ambiental que debe guiar la política del siglo XXI.
En el fondo, se trata de reconocer que el bienestar urbano no puede divorciarse del equilibrio ecológico. Cada gota que cae en los tinacos de Cuernavaca tiene su origen en los cerros del sur; cada sombra de árbol que refresca un parque capitalino está conectada con los bosques del Chichinautzin. No habrá ciudades sanas sin sierras vivas.
El futuro de Morelos —y de su gente— depende de un pacto por la vida que no enfrente al desarrollo con la naturaleza, sino que los reconcilie. El bosque y el asfalto, la montaña y la metrópoli, el agua y el cemento, deben volver a conversar antes de que el silencio sea definitivo.

