Miquixtili, espejo de nuestra cultura viva

Como recuerda Daniel Martínez en su reportaje sobre la celebración del Día de Muertos en nuestro estado, en los mercados el aire se llena de aromas que evocan estas fechas que son parte de nuestra identidad que, como nosotros mismos, nació del mestizaje.

El Día de Muertos que celebramos hoy no es la herencia pura de un pasado indígena inalterado. Es, más bien, el resultado de un largo proceso de sincretismo simbólico, religioso y cultural que comenzó en la Europa medieval y se injertó en el corazón indígena de Mesoamérica. Lo que ahora asumimos como “una tradición ancestral mexicana” es, en realidad, un tejido de hilos que vienen de muchas partes del mundo y de distintos momentos históricos y que, a pesar de sus diversos orígenes, hoy se hacen presentes en nuestra nación y nuestra cultura.

El arqueólogo Víctor Joel Santos Ramírez, del INAH, recuerda que las festividades del 1 y 2 de noviembre son herencia directa de la Iglesia católica medieval, que instituyó esos días para celebrar a Todos los Santos y a los Fieles Difuntos. Los franciscanos trajeron consigo esas conmemoraciones al Nuevo Mundo en el siglo XVI, y los pueblos originarios, lejos de rechazarlas, las transformaron con sus propias visiones del más allá. Así nació la fusión de los altares europeos dedicados a las almas del purgatorio con las ofrendas indígenas de copal, semillas, comida y bebida.

La cultura como mestizaje permanente

Ese entrelazamiento es, en sí mismo, una metáfora de la historia de México: una civilización moldeada a lo largo del tiempo por la mezcla. En ese cruce de mundos nació el mestizaje que nos define y que sigue siendo, a la vez, fuente de orgullo y de debate. Ninguna cultura es estática; todas se construyen en el diálogo —y a veces en la tensión— con otras.

La apropiación cultural, cuando se mira desde la perspectiva del poder económico o comercial, puede ser un acto de despojo. Pero la asimilación cultural, entendida como un proceso de intercambio y asimilación, ha sido la base misma de las civilizaciones. Grecia adoptó los dioses de Egipto y de Asia Menor; Roma hizo suyos los mitos griegos; los pueblos prehispánicos reinterpretaron las cosmovisiones de sus vecinos. México, con su capacidad de síntesis y su sensibilidad comunitaria, convirtió ese flujo de influencias en un arte de resistencia y adaptación.

Una tradición viva frente al mercado global

Esa vitalidad se percibe en los mercados de Morelos, donde las ofrendas conviven con catrinas “Made in China” y calaveritas digitales que circulan en redes sociales. Lo que antes fue símbolo de resistencia cultural hoy se enfrenta a las dinámicas de un mundo globalizado que tiende a uniformar los signos. Pero incluso en esa aparente invasión comercial, el Día de Muertos conserva su fuerza simbólica: los objetos podrán venir de fuera, pero el sentido profundo —el diálogo con los muertos— sigue siendo nuestro.

El riesgo no está en que los elementos cambien, sino en que olvidemos su significado. Las culturas mueren cuando se vacían de sentido, no cuando evolucionan. Y el Miquixtili, con sus altares de tres niveles, sus arcos florales y sus platillos con dedicatoria, demuestra cada año que los pueblos pueden renovarse sin perder el alma.

En náhuatl, miquiztli significa «muerte» y es el nombre de uno de los 20 signos del calendario ritual mexica (el Tonalpohualli). Para los mexicas, la muerte no era solo un final, sino también un renacimiento y una transición, y nacer bajo este signo podía ser considerado de buena fortuna, el signo a menudo se representa como una calavera humana y la fiesta de los muertos que nos recuerda, año con año, que el vínculo con quienes se fueron no es de nostalgia sino de convivencia. El cempasúchil, el copal, el pan de muerto, las calaveritas de azúcar y los adornos de papel picado conforman un lenguaje sensorial que todos los mexicanos entendemos sin necesidad de traducción: el del reencuentro con la vida a través de la muerte.

México: una nación que recuerda para seguir viva

Celebrar a nuestros muertos es también celebrar nuestra continuidad como nación. Cada vela encendida y cada pan colocado en las ofrendas de Morelos son una afirmación de que pertenecemos a una historia que no se interrumpe con la muerte. En esa comunión simbólica entre vivos y difuntos hay un mensaje de esperanza: la vida humana, con toda su fragilidad, sólo tiene sentido cuando se reconoce como parte de una trama más amplia, tejida por generaciones.

Por eso, el Día de Muertos no debe entenderse como una reliquia intocable, sino como una tradición viva que seguirá transformándose con el tiempo. Su fuerza radica en que ha sabido incorporar influencias diversas —del catolicismo medieval al comercio asiático, de las redes sociales a las nuevas expresiones artísticas— sin dejar de ser, en el fondo, una celebración de la memoria y del amor.

En cada altar hay un espejo que nos muestra de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. En él se refleja el rostro de quienes nos precedieron y la certeza de que, mientras mantengamos viva la cultura que nos da identidad, ellos seguirán acompañándonos. El Miquixtili no es sólo una fiesta de muertos: es una promesa de permanencia cultural, una afirmación de que México —y Morelos en particular— seguirán existiendo, aunque no sea físicamente, sino espiritualmente, en la belleza de sus tradiciones compartidas y de su cultura generosamente abierta al mundo.

La Jornada Morelos