¿Sembrando Vida al rescate del campo mexicano?

Desde 2018, el programa Sembrando Vida ha sido presentado como el programa emblemático de la 4T para el rescate del campo mexicano. Por lo que ha sido puesto bajo escrutinio público, consiguiendo numerosos adeptos, pero también detractores. Ante este contexto, en el presente número de Plaza se dedica a compartir investigaciones académicas recientes sobre los resultados que ha tenido el programa en distintos estados del país: Chiapas, Veracruz, Hidalgo y Guerrero. Esta publicación tiene como objetivo que los lectores de Plaza de La Jornada Morelos puedan hacerse una idea más precisa del desempeño de este programa de bienestar en el país y de sus efectos sobre el rescate del campo.

En el primer artículo del especial que encontrará un poco más adelante, Fleur Gouttefanjat relata el contexto nacional en el cual se implementa Sembrando Vida y muestra cómo las principales características del mismo lo convierten en la joya de la política agropecuaria de la 4T, también expone los avances y obstáculos que tuvo Sembrando Vida en la región de la Sierra Otomí-Tepehua, en el estado de Hidalgo, haciendo hincapié en todo el camino recorrido. Janett Vallejo, presenta los vínculos entre el programa y la búsqueda por la soberanía alimentaria, rescatando logros que ha tenido el programa para la producción de alimentos diversos y sanos en el estado de Veracruz.

Estela Martínez y Yoame Ramírez abordan la recuperación de los cultivos tradicionales en Chiapas y la organización de los productores para la venta del achiote, del cacao y del café. El último estudio de caso en territorio, que le correspondió a Itzel Hernández, toca el tema de la organización productiva en el estado de Guerrero, destacando el fortalecimiento de la confianza y del diálogo de saberes entre beneficiarios del programa. Finalmente, Josemanuel Luna-Nemecio hace un balance sobre los logros del programa en términos de transición agroecológica, enfatizando, sin embargo, la necesidad de profundizar la lucha por una agricultura sana en todo el país.

Alimentar al mundo sin agotar la tierra

Cada 16 de octubre, el Día Mundial de la Alimentación convoca a reflexionar sobre un hecho esencial y a la vez inquietante: el planeta cuenta con la tecnología y los recursos suficientes para alimentar a toda su población, pero la desigualdad, el desperdicio y las prácticas productivas insostenibles lo impiden. Como recuerda Antimio Cruz en “Alimento para el mundo: siete desafíos que resolver antes de 2030”, los Objetivos de Desarrollo Sostenible marcan un horizonte —erradicar el hambre— que aún se enfrenta a siete obstáculos urgentes: desde el alza global de precios y el envejecimiento del campo, hasta la contaminación por fertilizantes y el desperdicio de un tercio de los alimentos producidos.

En México, el problema no es ajeno. De acuerdo con el INEGI y la FAO, cada año se desperdician más de 22 millones de toneladas de alimentos, lo que equivale al 32.8% de la producción nacional. La paradoja es evidente: mientras millones padecen hambre o malnutrición, toneladas de productos se pierden en el campo por razones de precio, transporte o estética comercial. Resolver esta contradicción exige revalorar el trabajo campesino, fortalecer la educación alimentaria y promover circuitos locales de producción y consumo.

Morelos, cuna histórica de la lucha agraria, se propone hoy transformar su legado en vanguardia agroecológica. Con el primer mapa de fertilidad de suelos elaborado junto con el CIMMYT y una inversión sin precedentes en desarrollo rural, el estado busca combinar ciencia y tradición para lograr una agricultura más justa y sostenible. Alimentar al mundo sin agotar la tierra —esa es la tarea civilizatoria que comienza en los territorios donde aún se cultiva con esperanza.

Los médicos y sus propias dolencias

Con motivo del Día del Médico, Daniel Martínez Castellanos recuerda la apertura del Establecimiento de Ciencias Médicas en 1833 y rinde homenaje a quienes sostienen, con conocimiento y vocación, la salud de la nación. Como expone en “Los dolores de quienes nos curan”, la medicina mexicana ha recorrido un largo trayecto: de los ticitl prehispánicos y los hospitales conventuales, a la profesionalización moderna y al reconocimiento de derechos laborales, conseguido tras el movimiento médico de 1964-65. La figura del médico ha sido símbolo de prestigio, disciplina y compromiso social, aunque hoy enfrenta condiciones laborales desiguales y brechas de género persistentes.

La profesión médica, tradicionalmente bien remunerada, muestra grandes disparidades según especialidad, experiencia y región. En Morelos, por ejemplo, el ingreso promedio del sector público apenas alcanza los 13 mil 851 pesos mensuales, lo que obliga a muchos profesionales a mantener prácticas privadas. A pesar de la precariedad y del aumento de conflictos médico-paciente, el índice de mala práctica es mínimo (0.002%), lo que confirma la alta calidad de la atención en el país.

Sin embargo, el mayor riesgo ya no es jurídico, sino humano. La pandemia expuso la vulnerabilidad de quienes curan y la presión psicosocial que recae sobre ellos en un sistema de salud debilitado. A ello se suman los peligros en regiones con violencia o extorsión y la expansión de consultorios adyacentes a farmacias, que precarizan el ejercicio médico y ponen en riesgo la salud pública. En un tiempo donde los médicos enfrentan tantas dolencias como los enfermos, reconocer su labor es también exigir condiciones dignas para que sigan haciendo posible el derecho a la salud.

La Jornada Morelos