Los guardianes invisibles de la Sierra de Huautla: futuro ecológico y la dignidad campesina

En lo profundo del sur de Morelos, la Sierra de Huautla se yergue no solo como una de las reservas de biodiversidad más importantes del país, sino como un modelo de convivencia entre naturaleza y cultura campesina. En sus más de 59 mil hectáreas que comparten los municipios de Amacuzac, Puente de Ixtla, Jojutla, Tlaquiltenango y Tepalcingo, conviven armónicamente selvas bajas caducifolias, especies silvestres en recuperación y comunidades humanas que, lejos de oponerse a la conservación, la protagonizan. Esta coexistencia, sin embargo, no es sencilla ni exenta de tensiones.

La reciente investigación liderada por el Centro de Investigación en Biodiversidad y Conservación (CIByC) de la UAEM, junto con ejidatarios de Huautla, El Limón y Ajuchitlán, constituye un ejercicio ejemplar de ciencia con rostro humano. Al poner al centro las voces, experiencia y opiniones de los campesinos, el estudio trasciende el paradigma tradicional de conservación para construir una mirada compleja y profundamente respetuosa de los contextos sociales.

La problemática es clara: a medida que las poblaciones de venados, tejones y jabalíes se recuperan gracias a décadas de conservación, también aumentan los daños —reales o percibidos— a las parcelas de maíz, el cultivo que sostiene la vida y el alma de estas comunidades.

En este escenario, los investigadores no minimizaron el sentir campesino, sino que lo validaron como conocimiento.

El daño cuantitativo a las milpas fue relativamente bajo, pero el impacto emocional de ver devorado un cultivo sembrado con sudor y esperanza es inmenso. Ese gesto de humildad científica, de reconocer que los datos no siempre bastan, que las emociones también son parte del territorio, es una muestra de que la ciencia no tiene por qué desdeñar la vivencia humana, a veces tan lejana de la frialdad de los datos.

A ello se suma una realidad muchas veces ignorada por los habitantes urbanos de Morelos: estas comunidades no sólo cuidan el monte por obligación legal o imposición gubernamental; lo hacen por convicción, por herencia cultural, por identidad. En sus prácticas cotidianas —la recolección de plantas medicinales, la cacería regulada, la fabricación de artesanías, el pastoreo, la milpa— está contenida una relación biocultural con el entorno que les permite ser genuinos guardianes de la biodiversidad.

¿Y qué reciben a cambio? Poco o nada. El discurso institucional celebra a las áreas naturales protegidas, pero olvida que su preservación recae sobre los hombros de campesinos que, en muchos casos, ven limitadas sus opciones de desarrollo. Mientras sus tierras producen agua para las ciudades del sur, como Jojutla o Puente de Ixtla, ellos siguen sin acceso pleno a servicios, sin apoyo técnico adecuado y con apoyos gubernamentales —como los pagos por servicios ambientales— que resultan insuficientes o mal distribuidos.

Lo que se requiere no es caridad, sino justicia. Si las comunidades rurales sostienen los ecosistemas que hacen posible la vida urbana —el agua, el clima, la diversidad genética—, es urgente generar mecanismos de retribución directa. Ya hay ejemplos: en Coatepec, Veracruz, parte de la tarifa del agua se destina a las comunidades conservacionistas. En Morelos se podría replicar esa política, que incluyera un fideicomiso estatal que funcione como un puente de solidaridad entre quienes gozan del agua y quienes colaboran con su disponibilidad.

La Sierra de Huautla —al igual que el Bosque de Agua en el norte del estado— no sobrevivirá solo con decretos o investigaciones estériles, sino con el reconocimiento real, sostenido y tangible de todos nosotros. La ciencia ya ha demostrado que estas personas quieren y pueden conservar; ahora es tarea del Estado, de las instituciones y de la sociedad urbana corresponder con acciones que retribuyan su resiliencia.

No está de más que los ciudadanos cobren conciencia de que cada vez que abren una llave en Cuernavaca o riegan un campo en Zacatepec, hay campesinos en Huautla que están cuidando la cuenca. El agua saldrá de una tubería, pero viene de un territorio vivo y habitado, cuya conservación solo será sostenible si sus guardianes reciben algo más que aplausos y gestos simbólicos.

Como queda claro en el reportaje de Antimio Cruz y en el artículo de Víctor Hugo Flores Armillas que presentamos más adelante, ya es hora de dejar de romantizar la conservación y empezar a financiarla con justicia social. Porque si algo ha dejado claro este esfuerzo de investigación colaborativa es que no puede haber futuro ecológico sin dignidad campesina. Intentar conservar la naturaleza sin escuchar a quienes viven en ella es, además de injusto, ineficaz.

La Jornada Morelos