

Clara Janés*
Una travesía por el desierto. Una espada como señal. Una mujer que renace. Y cartas que cruzan el tiempo.
Recordemos levemente la obra de la que deriva, La legendaria ciudad amurallada de Skándara o La espada Golondra. Ya vimos entonces que Alejandra sabe que Iskandar es el nombre persa de Alejandro Magno, le quitó la I y convirtió la palabra en nombre de mujer: Skándara, siendo esta a su vez una ciudad amurallada y poseyendo una espada, golondra, palabra que a su vez remite a un pequeño pájaro migratorio, de pluma negro-azul, con el vientre blanco, pero a mismo tiempo es esa espada, esa golondra, palabra que nos dice el diccionario de la RAE significa querencia, antojo de algo, esperanza inútil, deseo tan fuerte hasta el punto de desvanecer a quien lo experimenta.
En esa primera obra, Skándara, que pertenece al mundo actual, mantiene intercambio epistolar con un caballero medieval del siglo XII, lo que le permite hallar un equilibrio entre ambos tiempos históricos, y entregarse a numerosas referencias literarias siempre deslumbrantes.
En esta segunda entrega La espada Golondra o la travesía por el desierto, la autora retoma el hilo de la correspondencia con el caballero, pero uno se pregunta: ¿no se estará refiriendo al mundo actual, verdadero desierto amenazante, verdadera aridez establecida por los poderosos como para hacer sucumbir a los habitantes del globo terráqueo? Estamos realmente en un período en que parece negarse al hombre sus virtudes y exaltar los defectos para hacerlo sucumbir. Pero el desierto ha sido desde hace siglos lugar de revelaciones, a ello sin duda nos quiere llevar Alejandra Atala, para permitir que no lamentemos el estar vivos.
Ahora, en esta segunda obra, como dicho, después de un largo silencio, Skándara retoma el hilo de sus cartas con su caballero medieval y se entrega a un viaje que la transforma por completo. El desierto de Oriente Medio se convierte en el espejo de su alma: un territorio donde la ausencia, el amor y la belleza se entrelazan con antiguas memorias, visiones y revelaciones sagradas.

Con la espada Golondra como guía y el perfume del pasado como eco, Skándara corta su cabello, atraviesa Petra, escucha el canto del muecín, se deja tocar por el silencio… y en el fondo de su talega, encuentra una carta inesperada de él, que lo cambia todo.
La espada Golondra o la travesía por el desierto es una novela epistolar intensa, luminosa. Un viaje espiritual y sensorial que entreteje mística, deseo y sabiduría ancestral a través de una correspondencia que desafía los límites del tiempo.
Veamos que nos dice su autora en el
PRÓLOGO
Skándara vive retirada en una casa en el campo, lejos del ruido del mundo moderno. Un día, en la biblioteca donde trabaja, descubre un misterioso grabado medieval sin firma. A partir de ese hallazgo, comienzan a suceder cosas extrañas: escucha relinchos en la noche, sueña con ciudades amuralladas, y recibe cartas que parecen llegar de otro tiempo… o de otro mundo.
Así comienza una correspondencia que parece imposible con un caballero medieval. Pero estas cartas no solo describen visiones: son confesiones profundas, poéticas, cargadas de símbolos y preguntas esenciales. En ellas, Skándara reflexiona sobre el amor, la espiritualidad, la soledad, el alma femenina y el anhelo de despertar en una época conectada a lo sagrado.
A medida que escribe, su mundo se transforma. Un león aparece. Un caballo —Corcel— llega como llamado por su nombre. Y en el horizonte, una ciudad dorada la espera. […]
En La espada Golondra o la travesía por el desierto, Skándara emprende un nuevo viaje —más silencioso, más hondo [que en la obra anterior]— donde, además de las cartas, hay revelaciones. Ya no busca respuestas: ahora camina entre ellas. La travesía continúa.
***
Personalmente, y conociendo la sabiduría intelectual de Alejandra Atala, me ha llamado mucho la atención la carta 67, donde remite al simbolismo del cabello, que en mi mente se une a los versos de san Juan de la Cruz:
“en sólo aquel cabello/que en mi cuello volar consideraste;/
mirástele en mi cuello,/y en él preso quedaste,/y en uno de mis ojos te llagaste”.
Dice así la carta:
Carta 67
Noche de luna y espada Golondra; noche de mirada encendida; noche procelosa, noche de congoja, noche de abundoso oleaje dolorido… dulce y amargo. Noche que me ha sacudido interminablemente, amor mío… ¡Qué maneras tiene usted de hacerse presente, haciendo acuse de recibo de la carta 66! No sé si agradecerle o enfadarme, pues me ha dejado toda exangüe e inerme. Dicen que he bajado de peso, y arde la herida de mi alma, incluso cuando camino.
¿Será que usted me llevó a través de ese misterioso mapa a discurrir por el desierto? Cuántos desiertos habité geográficamente cuando hube transitado mis propios desiertos… Qué alarde de belleza, amor mío, de sagradas formas y venerable espacio.
Probablemente sus prolongados silencios hacían comparsa a los de mi propio desierto, que he sido obligada a transitar para volver a percibir su presencia.
¡Qué conlleva el caminar por el desierto, caballero mío, sino dos pies: uno de la fe y el otro de la razón, al ritmo del pálpito que acompasa y se acompasa con lo más profundo, con lo más certero y armonioso!
¿Es en serio? Ante todo esto, ¡¿usted sólo se limita a preguntar por mi cabello?!… “Ese que ondeaba tremolante al viento de mis cabalgatas interminables en Corcel y que al volver a la urbanidad peinaba en sendas trenzas.”
Al descubrir ese trozo de cuero, al encontrar sus rutas en el mapa que reaparecía porfiadamente en mis sueños, al no escuchar su voz en ninguna de sus formas, al no ser capaz de percibirlo en mis estancias, amado mío, ofrendé mis trenzas, y en esa entrega y determinación dio inicio la evidencia de la transformación a este ser que hoy le escribe… después de la travesía por el desierto.
Mi cabello, sí, amor mío: una entrega, un sacrificio, una ofrenda para llegar a la coherencia en la imagen que requería.
Meses y meses ha de esto, mi noble caballero…
Le saludo llena de la irrefrenable alegría que me trae su manifiesta presencia,
Skándara
***
“Después de más de veinte años de llevarlo largo, promediando la cintura, impulsada por un deseo inexorbale de cambio ante el lastimoso silencio de su amado caballero, Skándara tomó la determinación de zanjar sus anhelos y esperas… y con todo esto, también su cabello. Ese cabello largo y brillante, en sus tonos azabache que, en ocasiones, reverberaba a la luz de sus cabalgatas en Corcel; ese cabello que parecía un manto azulado enmarcando la albura de sus rasgos al volver a casa después de sus jornadas en la biblioteca conventual; ese cabello que imantaba a quienes presenciaban sus trayectos; ese cabello que, no obstante de sus cuidados, eran alas múltiples que le regalaban la sensación de libertad plena y de una caricia constante sobre su espalda, sus hombros, sus mejillas.
El tajo que puso fin a su melena fue guiado por la determinación. No fue del todo una decisión: se trataba de salvaguardar, en lo posible, su equilibrio emocional y existencial. Skándara ahora entendía bien la diferencia, pues la una tiene que ver con la fe, con lo verdadero; la otra, con la razón, con lo real”. [Hasta aquí el texto de AA]
Este punto, por un lado la relación con la fe y lo verdadero, por otro la de la razón con lo real, me parece de una actualidad candente. Esperemos que inteligencias tan agudas como las de Alejandra Atala surjan y logren apuntalar nuestra difícil realidad.
Clara Janés, 2-9-25
La espada Golondra o la travesía por el desierto de Alejandra Atala. Editoriales De otro tipo y Elementum. México, 2025
*Clara Janés: escritora con más de 60 títulos; es poeta de tradición mística y traductora especialmente de lenguas de Europa Central y Oriental, como el checo y el turco (del otomano). Fue elegida miembro de la Real Academia Española (RAE) en 2016, ocupando el sillón “U”.

Alejandra Atala. Foto: Gilberto Chen

Foto: Gilberto Chen

