

La promesa fundacional de Morena de ser un “movimiento de regeneración nacional”, distinto a la “mafia del poder” y de la clase política corrompida se empieza a agotar. El discurso de la “superioridad moral” que catapultó a Andrés Manuel López Obrador en 2018 funcionó para contrastar con los excesos del pasado; hoy, sin embargo, ese relato se empieza a agotar, debido a una evidencia empírica cada vez más difícil de rebatir y unas percepciones ciudadanas que ya no se conforman con palabras. En la práctica, Morena ha reproducido e incluso profundizado muchos de los vicios que proponía combatir.
La seguridad pública es el rubro donde el contraste entre expectativa y realidad luce más descarnado, el gobierno de López Obrador terminó con alrededor de 193 mil homicidios acumulados y más de 50,000 desaparecidos, la cifra más alta para un sexenio desde que se lleva registro, lo que pulveriza cualquier narrativa de pacificación y, sobre todo, el movimiento pierde calidad moral para criticar al pasado, cuando sus resultados fueron sensiblemente peores a los que criticaba.
La corrupción, que Morena prometió erradicar, tampoco dio tregua, los enormes sobrecostos en sus obras emblemáticas son evidencia de que, si no hubo corrupción, al menos existió una profunda incompetencia en su ejecución, lo que resultó en pérdidas significativas para el erario público, en ambos casos, el impacto para la ciudadanía es negativo. El caso Segalmex se ha convertido en el símbolo más visible de esta falla, un desfalco que supera los 15 mil millones de pesos, marcado por contratos irregulares, triangulación de recursos y el uso de empresas fantasma. Lejos de tratarse de un hecho aislado, el escándalo involucra a altos funcionarios que no enfrentaron consecuencias, lo anterior, expone la fragilidad de los controles internos y sugiere la existencia de complicidades políticas al más alto nivel.
La lucha contra el huachicol, una de las banderas insignia del gobierno, terminó convertida en un búmeran, según datos de Pemex, en 2024 se perdieron 20 mil 428 millones de pesos por robo de combustible; es decir, casi el doble de lo destinado ese año al programa “La Escuela es Nuestra”. A lo anterior se suman las pérdidas de miles de millones ocasionadas por el huachicol fiscal, la red criminal parece estar hoy mejor organizada y, sobre todo, mejor protegida.
El discurso anticorrupción se resquebraja aún más con las posibles conexiones entre cuadros morenistas y el crimen organizado, la Fiscalía de Tabasco investiga a Hernán Bermúdez Requena exjefe policiaco nombrado por Adán Augusto López cuando era gobernador por presuntos vínculos con La Barredora, célula afín al Cártel de Jalisco. La orden de aprehensión emitida en febrero de 2025 y la ficha roja de Interpol sugieren que las sospechas no son simples filtraciones. Que el excandidato a presidente y ahora coordinador morenista en el Senado enfrente cuestionamientos muy serios sobre su círculo cercano, desgasta la pretensión de excepcionalidad ética del partido.
Así, Morena queda atrapado entre su retórica de cambio y la obstinada realidad de los indicadores, ni los programas sociales cuya expansión es innegable ni los avances puntuales en salario mínimo alcanzan para revertir la impresión de que la 4T ha normalizado prácticas que antes denunciaba con un fervor casi religioso. La creciente tolerancia a la opacidad, las respuestas defensivas a cada escándalo y la obsesión por culpar al pasado refuerzan la percepción de un partido que, una vez en el poder, se volvió indistinguible de aquellos a quienes sustituyó.

La gran paradoja es que Morena llegó a Palacio Nacional impulsado por un voto de castigo contra la violencia, la corrupción y el estancamiento económico, siete años después, esos mismos males persisten o incluso se han agravado bajo su gestión. Frente al espejo, el movimiento que alguna vez enarboló la bandera de la «superioridad moral» descubre que el capital ético tiene fecha de caducidad cuando no se traduce en resultados concretos. La ciudadanía, por su parte, constata que una ética proclamada sin respaldo institucional se convierte en un recurso retórico tan efímero como cualquier campaña electoral, si algo ha quedado claro, es que la moral se demuestra gobernando, no declarándola. La presidenta tiene ahora una oportunidad histórica, tomar medidas firmes para dejar claro que no se tolerarán ni la corrupción ni los vínculos entre políticos y el crimen organizado, o dejar pasar las irregularidades heredadas y confirmar que la supuesta superioridad moral ha llegado a su fin.
*Universidad Autónoma del Estado de México

Imagen elaborada con IA, cortesía del autor

