

Existe comida que nos pone muy contentos al comerla. En mi caso son las enchiladas de mole poblano, pero para otras personas podrían ser las hamburguesas con tocino, la clásica torta de tamal o un buen corte de carne asada al carbón. Indiscutiblemente, la mayoría de las personas disfrutamos mucho más el comer una hamburguesa que un pedazo de lechuga con zanahoria. Claramente, la comida que comemos influye enormemente en nuestro estado de ánimo. Las razones de por qué cierto tipo de comida genera tanto placer son muy variadas y pueden originarse en aspectos sociales (con quién compartimos la comida) o microbiológicos como, por ejemplo, el tipo de bacterias que tenemos en el estómago y en los intestinos (la microbiota intestinal).
El estómago y los intestinos están llenos de neuronas que controlan las funciones gastrointestinales. A este sistema neuronal se le llama sistema nervioso entérico (SNE) y está conectado directamente con el sistema nervioso central, es decir, con el cerebro. La conexión entre el SNE y el cerebro se conoce como eje intestino-cerebro y es la que nos hace sentir placer cuando comemos. Recientemente se ha descubierto que existen bacterias en el sistema gastrointestinal que pueden generar precursores de serotonina y activar su síntesis cuando son alimentadas con harinas y azúcares. Recordemos que la serotonina es el neurotransmisor que genera felicidad. Bacterias como Escherichia coli, Lactobacillus plantarum, Clostridium butyricum, Enterococus fecalis y los Bacteroides, todas ellas habitantes comunes de la microbiota intestinal humana, al entrar en contacto con carbohidratos, generan metabolitos que son precursores de la serotonina. Comer harinas y azúcares nos da placer porque este tipo de comida hace que esos condenados bichos que tenemos en la panza inicien la síntesis del “neurotransmisor de la felicidad”, el cual, de alguna manera aún no del todo clara, viaja a través del eje intestino-cerebro haciendo no sólo que nos sintamos satisfechos, sino además contentos. No es casualidad que existan tantas tiendas de conveniencia, prácticamente en cada colonia del país, que lo único que venden son productos hechos a base de harina y azúcar.
Pero ya que existen bacterias que pueden influir en sentir felicidad, la pregunta obligada es: ¿existirán bacterias intestinales que puedan influir en sentir coraje y agresión? Sorprendentemente, la respuesta es sí. Los primeros indicios fueron descubiertos en el año 2012 por los doctores Timothy G. Dinan y John F. Cryan de la Universidad College Cork en Inglaterra, quienes en un artículo publicado en la revista Nature Neuroscience, demostraron que el microbiota intestinal puede afectar el eje intestino-cerebro induciendo comportamientos negativos como la ansiedad y la depresión. Un año después, el grupo del Dr. Sarkis K. Mazmanian del California Institute of Technology, publicó un artículo en la revista Cell donde se muestra en ratones que las bacterias intestinales pueden influir en desórdenes neuropsiquiátricos, incluyendo comportamientos relacionados con la agresión. Más recientemente, en este año, el grupo del Dr. Omry Koren de la Facultad de Medicina de la Universidad Bar-Ilan en Israel, publicó otro artículo en la revista Brain, Behavior, and Immunity en donde muestran que la composición del microbiota intestinal en ratones influye de manera determinante en su comportamiento agresivo.
Aún cuando todavía no sabemos de manera exacta cómo funciona el eje intestino-cerebro, es decir la comunicación entre lo que comemos y lo que sentimos, hay evidencia contundente de que las bacterias que tenemos en la panza afectan de forma drástica nuestras emociones, haciéndonos sentir felicidad, placer, coraje o sentimientos de agresión. Estos estudios demuestran que la violencia animal, en particular la violencia humana, puede ser generada por factores microbiológicos tan simples como el tipo de bacterias que tenemos en el estómago y los intestinos.
Cuando escucho a los políticos de la 4T decir que “están atendiendo las causas de la violencia y la criminalidad” en México, me pregunto: ¿Cuáles causas? ¿Las causas sociales? ¿Las causas económicas? ¿Las causas biológicas (hay gente que ya nace siendo violenta, como los psicópatas)? ¿Las causas evolutivas (nuestra especie desarrolló la violencia para poder sobrevivir en un ambiente lleno de depredadores)? ¿Las causas microbiológicas, como la composición del microbiota intestinal? Ni la psicopatía ni el microbiota intestinal de las personas van a cambiar con dádivas sociales, con abrazos o acusándolos con sus mamás. La violencia humana es un problema complejo que tiene múltiples causas (es multifactorial) y resolverlo requiere de una comprensión profunda de los factores que pueden generar violencia. Ojalá que nuestra nueva presidenta, que es científica, tenga claro este problema.
*Instituto de Ciencias Físicas, UNAM / Centro de Ciencias de la Complejidad, UNAM.


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