

En memoria del abonero Carlos Vázquez Lira, fallecido el pasado 30 de noviembre.
En 1945, a los 11 años de edad, a días de emigrar de Ixcapuzalco, Guerrero, saliendo de misa dominical, presenció cómo dos empistolados se mataron a balazos en la puerta de la iglesia; quedaron tendidos en sus charcos de sangre.
Fernando Vázquez y Benita Lira, sus padres, decidieron venirse a Zacatepec.
Carlos continuó la primaria en la Revolución Agraria. A principios de 1946 hizo valla a los pilotos del Escuadrón 201 que habían participado en la Segunda Guerra Mundial; a partir de ese día, la principal calle de Zacatepec llevaría su nombre.
Terminada la primaria, por tres pesos diarios, Carlos trabajó con el perfumero Juan Cantú: mezclaba y envasaba las muy solicitadas brillantina Amambay y el ungüento Cold Cream. Como buen hijo de familia depositaba el salario en manos de su madre, encargada de engordar el cochinito.
En busca de más ingresos, Carlos, aún chamaco, se anotó en las extensas e intensas giras por pueblos y ciudades, yendo de casa en casa, fiando los demandados productos pagaderos en cómodos abonos; a sabiendas de que alguna persona malhumorada le diera con la puerta en las narices o lo corretearan perros bravos. Su primera gira por Taxco, Iguala, Zumpango, Chichihualco, Chilpancingo, Tierra Colorada y Acapulco. Por carecer de labia, lo que vendió no alcanzó para cubrir sus gastos; quedó a deberle al patrón.

Su segundo patrón, Osiel Fernández, le dio a vender dos mejunjes: uno de verbena (planta silvestre curalotodo) y otro de hiel de toro, útil éste para tratar colitis, úlceras, paño, bilis, granos, reumatismo y varices.
Después trabajó para Gabriel Santaolaya, el más fuerte de los aboneros.
Con lo que su mamá le fue guardando, compró un Renault usado de motor trasero y se independizó. Un judío de la Ciudad de México le otorgó a crédito: toallas, colchas, telas de percal, pantalones y vestidos. Siguió yendo de casa en casa. Después vendió trastes para lavar y utensilios de cocina: palanganas, lebrillos, cubetas, tinas, ollas de peltre, platos, cucharas, tenedores.
En Santa Fe, Guerrero, por el tiempo en que construían la autopista a Iguala, anotó en su lista de clientas a la joven Rita Aranda Landa; con ella, más adelante, en Buenavista de Cuéllar, se casó en misa de siete de la mañana.
Prosperó en el negocio y pudo comprar casa sobre la calle Guerrero, frente a la cantina “La Parroquia”.
Y fueron prósperos en hijos: Rosario, Lourdes, Carlos, Eduardo, Misael, Noemí y Ezequiel.
En 1998 vendía tenis cuando su hijo Eduardo lo llevó al Tecnológico de Zacatepec a escuchar la conferencia de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, escritor de best sellers. Terminada la conferencia, revisó la mesa repleta con libros del autor. Tomó la decisión de cambiar al giro de los libros. Empezó con “JUVENTUD EN ÉXTASIS” y “VOLAR SOBRE EL PANTANO”. Luego surtió los que el cliente pedía. Buscando, conoció en Cuernavaca a Ramón Corona, el librero de “La Rana Sabia”.
A los 88 años a Carlos Vázquez sus cansadas piernas ya no le dejan ir de casa en casa y de pueblo en pueblo.
El pasado 28 de abril celebró en familia su 90 aniversario. En su vasto haber hay bien llevados 34 años de fiel viudez a doña Rita, 30 de prescindir del letal cigarro y 24 sin gota de alcohol, por eso en su fiesta solo se bebió agua mineral, natural o refresco.

Ramón Corona felicitando a Carlos Vázquez

