
Rogelio Olmedo, un aragonés de tintes andaluces
La amistad con Rogelio no nació en una oficina de trabajo ni en un brindis aburrido de alguna exposición de pintura. Surgió en un bar. Aquel encuentro, absolutamente fortuito, podía haber ocurrido en cualquier lugar, por ejemplo, en El Tubo, el barrio con más “marcha” de su ciudad natal. No fue así, pero sí en un bar para noctámbulos de domingo, ubicado en la calle Milán de la Ciudad de México. Rogelio Olmedo recuerda ese encontronazo de esta manera:
“Domingo por la noche, en un _pub_ sofisticado en la capital. Lugar seguro y caro. Nuestro aspecto _grunge_ y nuestro acento español eran bien recibidos. Ana, Rubén, Tania —ella mexicana—, Cristina, Andreu, Claudia —que es venezolana— y Gabriel —uruguayo—. Estábamos en la barra, algunos sentados en sus bancos, tercera o cuarta copa, cuando aparece un mexicano grande con cara de pirámide, con un abrigo largo y un sombrero azul de ala. Con voz recia, bien modulada, se nos añade y se presenta como amigo de Paul Leduc, el cineasta. A la cuarta o quinta acometida nos increpa, ‘Ignorantes españoles, no conocen su cultura: ¿oyeron hablar de Radio Tarifa?’. Nos miramos, por la acometida, y en respuesta cantó de corrido y bien entonada la canción de navidad que mi padre nos cantaba, que ese grupo andaluz volvió famosa y que decía así: ‘¡Si quieres que te toque la lotería, cásate con el lotero siquiera un día! Gitana, si me quisieras te compraría en Granada la mejor cueva que hubiera’. Todos terminamos de cantar hasta la mañana siguiente en su casa de Portales con quien resultó mi gran amigo, Jorge Hernández, ‘El Biólogo’, ‘El Vendaval’, el maestro del ‘Borrachales’, como me bautizó, y apoderado en la noche que fui torero”.
Esta última parte de su recuerdo se refiere a una escena que tuvo lugar la tarde en que fuimos juntos a los toros y tras salir de la Plaza México, donde vimos la despedida de los ruedos del Capea, fuimos a un bar cercano a la plaza en donde se me ocurrió inventar un cuento para todos los parroquianos que habían salido también de la corrida. La historia fue que Rogelio, ese muchacho nacido en el Pirineo Aragonés, era el banderillero estrella del Capea. Baste decir que los tragos fueron gratis y que Rogelio salió en hombros de aquel lugar.
Desde la primera vez que nos vimos, cuando vivía en el D.F., en su departamento y taller donde trabajaba forjando hierro para diseñar muebles que eran como esculturas, siempre que estamos juntos, mágicamente, algo loco ocurre. No podrían no recordarse las parrandas interminables que nos pegamos en Portales, en la famosa Casa de la Palmera.
A pesar del tiempo y la distancia, cada que voy a España construimos aventuras y vagancias memorables sin importar la ciudad, la compañía o el escenario. Como la noche en que, ahí en su tierra, ya “colocaos”, como dicen por esos rumbos hispánicos, en una barca sobre el mismísimo Ebro cantamos a todo pulmón aquello de “¡Ay, Carmela, ay, Carmela!” en recuerdo de la República española. O bien como en otra ocasión en la que iba yo acompañado de Fabrice y visitamos a Rogelio quien nos enseñó a comer algo cuyo nombre, de entrada, nos pareció absurdo, pero que resultó maravillosamente delicioso: unos bocadillos de “sardinas rancias” las cuales habían reposado por mucho tiempo en barriles de madera, que alguna vez contuvieron vino; y cuando más tarde en su departamento, ante nuestra mirada incrédula, él y su amigo Chus trasformaron un cartel alegórico del símbolo de la Revolución china en una madonna con todo y peineta… ¡era la fotografía de Mao Tse-Tung!

Juntos hemos sido cómplices de travesuras en Zaragoza, Barcelona, Madrid, Mallorca al robarnos —con el sólo propósito de reírnos a carcajadas al llevarlos ya en la calle, y de los que tenemos una colección— vasos extraños, servilletas, cubiertos y hasta las cajitas de mimbre que en algunos restaurantes caros se usan para llevar la cuenta a la mesa.
Hemos sido buscadores especializados de lugares para beber martinis sin importar el barrio. Algunos de ellos inolvidables como el Boadas, un centenario bar de cócteles que se encuentra en una esquina cerca de la Plaza Cataluña en la Ciudad Condal. Otra locura frecuente es que al caminar por las calles nos gusta sorprender a los transeúntes que se cruzan, o bien a los vecinos de mesa, e inventar breves historias sólo por el placer de observar a quienes nos rodean como en una fotografía, para guardar y conservar las imágenes que provocan nuestros cuentos demenciales.
He conocido sus talleres de trabajo. Al principio me sorprendía su obra plástica, ahora la admiro, pues Rogelio se ha convertido en un extraordinario pintor y un magnífico escultor que ha desarrollado ese talento que conocí en el lejano año de 1994 cuando vi sus primeras obras en su casa de la colonia Del Valle en el D.F. Al más reciente de sus talleres me invitó hace dos años cuando en un viaje que hice estuve en Son Servera en Mallorca donde vive desde 2005 y donde lo vi rodeado de sus pinturas de rinocerontes, toros… y ahora de su obsesión, dibujos y esculturas de cabras, todas obras increíbles por su fuerza y belleza.
Juntos hemos compartido tres celebraciones: en julio de 2008 cuando asistimos a la boda de unos amigos, en Zaragoza, fiesta en la que bailamos, como muchos de los invitados, cubiertos con máscaras de famosos luchadores mexicanos. Rogelio portaba una de El Enmascarado de Plata y El Biólogo una de Blue Demon. Una de esas tardes conocí y tuve el placer de comer con Manolo, amigo de Rogelio y dueño y cocinero de La Olla, un gran restaurante; un hombre sabio que, al salir todos los clientes, nos hizo sentarnos en su mesa para cenar lo que se había preparado para él mismo… imaginen las delicias que probamos esa noche. Tiempo después, en septiembre de 2024, en un viaje de dos días de Mallorca a Madrid asistió a mi fiesta de cumpleaños 75 y comimos en El Urogallo, otro gran restaurante ubicado junto al lago de Casa de Campo para celebrar el aniversario con muchos otros amigos. Después, ya que la fiesta no debía terminar ahí, caminamos juntos por Madrid para beber y comer unas tapas nocturnas en Chueca. El último de nuestros encuentros frente a frente fue este octubre pasado cuando, una vez más, viajó desde las Islas Baleares para gozar a Laura durante su concierto en el Jazzville en Madrid donde aplaudió al escuchar la voz de Laura quien ahora brillaba al otro lado del mar.
Hace unos días, cuando tenía pensado escribir esta Vagancia, le pregunté a Rogelio si era correcto el título en el que hago referencia a sus tintes andaluces. Al escuchar su respuesta supe que era la mejor manera de cerrar esta historia de amistad construida al alimón, como dicen los taurinos. Estas fueron sus palabras, y aquí transcribo tal cual su mensaje de voz: “Es orgullosamente, y literalmente, ciertísimo y te voy a decir cómo va la cosa. Mi papá es nacido en Ubrique, en Cádiz; y mi abuelo por parte de mi madre, con lo cual hace un porcentaje muy alto en mi descendencia, era de Almería. Es decir, en cuestión sanguínea, setenta y cinco por ciento de mi sangre es gitana, perdida por ahí por el sur de España. Por eso es que nos gusta tanto reírnos en casa, porque tanto mi tío como mi papá, que eran dos juerguistas fantásticos, nos enseñaron a cantar y reírnos, a reírse de sí mismos, por esa razón no había una discusión en mi hogar, no había nada más importante. Ese andaluz, mi abuelo, y su hermano —por parte de mi madre— quien era minero y poeta fueron mis antepasados. Yo por eso te digo que vengo de descendencia y soy orgulloso de mi pasado andaluz”.
¡Olé!, Rogelio, con tus palabras me despido, pero como torero caro regresaré a caminar junto a ti para dar otra vuelta al ruedo.
*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.


