

Tomen su pareja y si no, pues solos, ¡pero a bailar!
Eso haremos, moviéndonos al ritmo que marca el libro que les quiero presentar en esta entrega y que resultó ser un tesoro de imágenes, pero que estuvo olvidado o, mejor dicho, castigado, por la molestia que me causaba su nombre, ya que nunca me ha gustado que se pretenda reducir a una supuesta “categoría” la gran variedad de géneros y ritmos de la rica música tropical. Para alejarme de ese ejemplar me refugiaba en una canción interpretada por La Orquesta Casino de la Playa, cuya letra me parece una protesta válida a nombre de las muchas formas de creación de la música caribeña y dice así:
“No se confundan caballeros, yo les pido que me llamen por mi nombre original, porque tengo muchos años de nacido, y por eso yo reclamo mi nombre original: me llamo Son, no me llamen Salsa, no me confundan con la salsa de cocinar, porque he nacido para darle sabrosura, para darle la ricura de mi ritmo sin igual. Me llamo Son, no me llamen Salsa, me llamo Son como lo cantó Matamoros”.
Sin embargo, superado ese asunto y debido, por un lado, a que “El Libro de la Salsa” de César Miguel Rondón —publicado en Venezuela por Oscar Todtmann Editores en 1978— me lo regaló mi querido Paul Leduc, un conocedor y gustoso bailarín de la música tropical; y debido, por otro lado, al subtítulo Crónica de la música del Caribe urbano, luego de mucho tiempo me atreví a revisarlo con detenimiento y, superando mis prejuicios, me quedé sorprendido sobre todo por su magnífico arte gráfico.
La edición de mi ejemplar es de lujo: de gran formato, como los libros de arte, impreso en papel couché y con pasta dura. Con sus 207 fotografías, pertenecientes a colecciones privadas, y sus 26 portadas de discos nos introduce en la historia de esos ritmos que recuerda los sonidos y las voces de muchos artistas.
Las primeras páginas me recibieron con el genio que inspiró esta canción a Benny Moré, “Locas por el mambo”, gran pieza que es imposible no bailar: “¿Quién inventó el mambo que me sofoca? ¿Quién inventó el mambo que a las mujeres las vuelve loca’? ¿Quién inventó el mambo que me sofoca? ¿Quién inventó el mambo que a las mujeres las vuelve loca’? ¿Quién dice que la conga y la guaracha pueden ser como el mambo que es tan sabroso? Pero, ¿quién inventó el mambo que me provoca? ¿Quién inventó el mambo que a las mujeres las vuelve loca’? Que a las mujeres me las sofoca. ¿Quién inventó esa cosa loca? ¿Quién inventó esa cosa loca? Un chaparrito con cara de foca, Pérez Prado, que me sofoca”.

Con ese sabor en los oídos reconocí la figura inconfundible de Dámaso Pérez Prado, captado de muy joven con las manos sobre una tumbadora y acompañado de otro gran músico, el sonero cubano Arsenio Rodríguez. Al dar vuelta a la página apareció otro recuerdo, la imagen de Frank Grillo Machito, elegantemente vestido, y quien nos ha puesto a bailar en innumerables ocasiones con su “Sopa de Pichón”: “Si te quieres divertir y gozar de corazón yo te aconsejo que te tomes una sopa de pichón. Si quieres bailar la rumba y el danzón tienes que tomar una sopa de pichón”.
El recorrido por este libro no deja pausa, no es posible sentarte un momento para no perder las próximas piezas, pues nos esperaba La orquesta Aragón. Saquen sus mejores pasos para seguir aquello de “Señor juez, señor juez, señor juez, mi delito es por bailar el Chachachá”, o bien “Toma chocolate, paga lo que debes”.
Más adelante, hojeando hasta la página 33, aparece de cuerpo entero y con un micrófono en la mano derecha la figura del mejor cantante cubano de todos los tiempos, el Bárbaro del Ritmo, Benny Moré. Al verlo vino a mi memoria el fantástico son “Rumberos de ayer” que, más que una canción, es un homenaje, un réquiem para los antiguos rumberos de la vieja Cuba, una pieza que Benny Moré interpretó acompañado por la orquesta de Rafael de Paz. Por favor, tarareen conmigo: “¡Qué sentimiento me da-a-a, cada vez que yo me acuerdo, de los rumberos famosos, qué sentimiento me da! ¡Oh! Chano, murió Chano Pozo. La muerte de Andrea Baró, Malanga también murió. Cayó Lilón y Pablito. Murió Mulence y René. Sin Chano yo no quiero bailar, sin Chano a la rumbea no voy más, sin Chano…”.
Rumbando y repitiendo ese coro fui en busca de Celia Cruz quien aparece en dos magníficas fotografías de página entera, las que me hicieron rememorar dos momentos inolvidables que les he platicado en otras Vagancias —pero que sin recato repito ahora— de cuando la vi cantar en vivo: “Se oye la voz de un pregonar que dice así, el yerberito llegó…”. Sí, la vi y escuché en vivo en dos lugares distintos y alejados en el tiempo. La primera vez fue en la Feria de la Piña de Loma Bonita, Oaxaca, y la segunda del otro lado del mar, en el cabaret Zeleste de Barcelona.
Las imágenes y las letras de otros músicos que se mencionan en este libro me llevaron, como suele suceder por la música que todos llevamos dentro, a otros momentos, a otros recuerdos.
Las fotografías de Héctor Lavoe me transportaron a la sala de la Casa de la Palmera de Portales. Captura los rostros de mis alumnos y amigos Fernando Lozano el Chango, Armando Campos, Franky; Armando Yokoyama, Yoko; y Manuel Blanco que cantan “El periódico de ayer”. Fernando, el único de voz entonada y que solía tocar la guitarra, interpreta en esa escena aquella gran letra de Lavoe, que dice:
“Tu amor es un periódico de ayer,
que nadie más procura ya leer
Sensacional cuando salió en la madrugada
A mediodía ya noticia confirmada
Y en la tarde materia olvidada.
Tu amor es un periódico de ayer
Fue el titular que alcanzó página entera
Por eso ya te conocen donde quiera
Tu nombre ha sido recorte que guardé
Y en el álbum del olvido lo pegué.”
Y nosotros cuatro, con todo sentimiento y ritmo, hacemos el coro a cada estrofa, ese que también Héctor Lavoe hacía en su versión original y que decía: “¡Y para qué leer un periódico de ayer” y repetíamos “¡y para qué leer, un periódico de ayer!”.
En otra sección del libro, al ver a Cheo Feliciano, los pasos de mi memoria me hicieron recordar a mi entrañable amigo Fallo Cordera cuando fuimos juntos a comprar el disco de Choe a una tienda especializada en música tropical, la cual quedaba en San Juan de Letrán, porque Fallo enloquecía con los boleros-son que interpretaba de manera genial aquel cantante puertorriqueño.
Este libro que torpemente me negaba a abrir, termina pasando lista a la Tribu de Fania donde capta en estupendas fotografías, entre otras estrellas, a Charlie y Eddie Palmieri, Tito Puente, Willie Colón, Rubén Blades, Oscar de León, Ray Barretto, Johnny Pacheco, Adalberto Santiago y Santos Colón.
Por mi parte, y para despedir este baile, deseo compartir una frase que mi amigo y vecino Jaime López me compartió al saber que estaba escribiendo esta Vagancia: “La Salsa es un Son con Coca-Cola, es una cuba gringa”.
*Hoy más que nunca, bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.


