Un fin de año en Oaxaca en dos entregas: un museo y una cantina

Mientras almorzaba, saboreando una torta de tasajo con quesillo en la terraza del restaurante Jardín —mi favorito de los Portales de la ciudad de Oaxaca—, recibí una llamada de Laura, que andaba recorriendo museos, para decirme que había encontrado un museo que no podía perderme. De entrada, dudé al oír que era el Museo de la Filatelia, pues los timbres y su colección nunca me han importado demasiado, pero cuando Laura me dijo que había una exposición dedicada a estampillas de beisbol, ante mi emoción sólo alcancé a preguntarle la dirección. Pedí la cuenta y en taxi me dirigí a la calle Reforma núm. 504 para conocer esas estampas impresas de mi deporte favorito.

Al recorrer la sala dedicada a dicha colección reconocí que alguien tuviera la idea de imprimir en timbres postales escenas y rostros de peloteros; sin embargo, sólo llamaron realmente mi atención una serie de Jackie Robinson y otra que mostraba a Babe Ruth al bat.

Pero la mayor sorpresa en el museo me la dio otro deporte. Al entrar a otro de sus salones apareció frente a mí un ring de box, con las medidas reglamentarias, y entre las cuerdas estaba la figura de tamaño natural de Sal Sánchez, ese gran pugilista de fines de los años setenta, campeón mundial de peso supergallo. Y mi asombro no acabó ahí, porque sobre las paredes de sus salas dedicadas al boxeo no solamente se ven plasmadas, en bocetos pintados y en fotografías, otras leyendas como Kid Azteca y el Chango Casanova, sino que observé algo todavía más sorprendente, los textos magistrales de un escritor hasta ese momento desconocido para mí.

Con el permiso de su autor —a quien convencí de que me permitiera citarlo en esta Vagancia, durante una comida en mi casa de Portales y después de unos tequilas— les comparto la extraordinaria historia que leí sobre los muros del museo.

Adrián Román escribió esta maravilla sobre una mujer única e irrepetible. Lean la carta que vi en uno de los muros del museo. Y pónganse de pie, como diría un clásico.

CARTA A UNA MUJER ENTRE LAS CUERDAS: LA MAYA MONTES

Me habría gustado, admirada Margarita, conocerte y que me contaras de tu pelea en el Teatro Rubio. Que me dijeras qué hiciste la mañana del día que debutaste como boxeadora. Era el 13 de mayo de 1931. Un mes antes no sabías nada del pugilismo. Un forastero que apodaban el Negro buscaba rival para una peleadora profesional de nombre Josefina Coronado. Tus amigos te convencieron de que aceptaras. Entrenaste en el gimnasio Lírico, a manos del Güero Eliseo. Llegó la noche y ganaste en el segundo round por nocaut. Hay muchas cosas que se me ocurren podía preguntarte, si te hubiera conocido. Aunque sé que esa noche cobraste 150 pesos.

Me gustaría saber qué aprendiste en el mundo del nixtamal al que entraste a trabajar a los doce años. Quisiera que me platicaras de tus días arreando el ganado del rastro del puerto; de tus días entre tantas bestias que seguro te heredaron su fuerza, y por eso pudiste torear un par de veces en una plaza de toros.

Llegaste al ring para quedarte, para ser de las consentidas e inolvidables. Tu carrera fue forjada paleando contra hombres, pues en esos tiempos las peleadoras no abundaban y te enfrentaste a pocas mujeres. En total fueron 33 victorias, 25 por la vía del cloroformo. Reventabas pómulos, sacudías y te sacudían, perdiste poco. Pero un boxeador completo debe conocer la derrota. Ese dolor único. En Nayarit perdiste frente a un hombre que pegaba muy duro. Le ganaste a rivales de apodos como el Payaso, el Gallito, el Prieto, el Encajoso. Pero también peleaste con la élite del boxeo, pues tuviste un encuentro sangriento con el Chango Casanova.

Desde niña jugaste beisbol en la calle y te gustaba tanto que cuando llegaste a trabajar a una cervecería en Sinaloa, te vieron jugar y te invitaron a formar parte del equipo y eras lanzadora y cuarto bat y hacías uno o dos homrones [sic] en cada juego.

Un día entendiste que la vida en el ring se había terminado. Un tiempo te dedicaste a vender puercos y también a llevar cine a los pueblos más lejanos de Nayarit y Sinaloa, a los que practicaban ese oficio se les conocía como los húngaros, y de estas cosas son las que me gustaría hablar contigo, si te hubiera conocido.

Salí del museo con un cúmulo de sentimientos entrelazados, emoción, admiración y sorpresa de lo visto y leído en sus muros. Regresé, ahora caminando, hasta llegar a mi punto de partida de esa mañana, el restaurante Jardín, en donde pedí una cerveza muy fría. En busca de un amigo del autor de los textos que me acababan de impactar, de inmediato le hice una llamada a Guillermo Fadanelli y le pedí el teléfono de Adrián Román a quien ahora me urgía conocer.

Días después, “habiendo sacado a tender” el recuerdo de lo escrito por Adrián, lo llamé para invitarlo a comer a la casa de la Palmera de Portales. Con gusto, me dijo, “[…] estaría chido vernos”. Así, quedamos en el día y la hora. En esa comida le tenía preparada una sorpresa, había invitado a acompañarnos a una persona que Adrián respeta y admira como músico y letrista, mi amigo y vecino Jaime López.

De esa velada, que se extendió hasta las once de la noche, prefiero que algún día mis invitados, el escritor y un músico, hagan el recuento con su propio ritmo y cadencia. Por ahora, sólo les comparto que les platiqué de una cantina singular que conocí en ese mismo viaje a Oaxaca y a la que los invito en la próxima de mis Vagancias semanales.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad

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Jorge “El Biólogo” Hernández