La búsqueda de una pieza arqueológica

 

Hace años adquirí en San Antonio, Texas, un superaparato reproductor de discos compactos marca BOSE con capacidad para cuatro discos. Quienes me acompañaron a buscarlo y comprarlo fueron amigos conocedores de esos equipos. Durante mucho tiempo gocé escuchando mi gran colección de música y también de literatura y poesía —registradas en esas grandes grabaciones del Fondo de Cultura Económica y la Voz Viva de México, de la UNAM—. Aquellos sonidos amenizaron grandes tertulias, comidas y fiestas, y al son de los mismos se bailaba en La Casa de la Palmera en Portales. Sin embargo, un día, debido a su edad avanzada, según me informó un especialista —aunque yo pienso que también pudo deberse a los celos infundados contra Alexa—, mi equipo empezó a enloquecer, de pronto se encendía sin avisar y empezaba a sonar, hasta que el asunto se volvió muy molesto porque incluso lo hacía por la madrugada. No mucho tiempo después la situación empeoró y simplemente ya no me permitió sacar los discos, entonces el técnico no tuvo más remedio que desarmarlo para extraerlos. Ese fue el triste adiós de mi querido BOSE.

Ante su ausencia me di a la —según yo— sencilla tarea de seleccionar con detenimiento un nuevo aparato que cubriera mis expectativas en cuanto a fidelidad en el sonido y el número adecuado de discos compactos que pudiera tocar.

Este camino arqueológico empezó como un cuento chino. Mediante el actual recurso de adquirir cosas por la plataforma de Amazon, Laura, mi esposa, pidió que se nos enviara a nuestra casa de Cuernavaca un aparato reproductor de CD el cual lucía perfecto en las fotografías, además de que la plataforma ofrecía una entrega rápida. El encargo llegó dentro de la fecha prometida, venía perfectamente empacado y, feliz, me dispuse a abrirlo. Al verlo notamos que era igual al que aparecía en las imágenes de la página web, localicé los cables de conexión y todo estaba en orden, hasta que al revisar las instrucciones Laura y yo cruzamos miradas de sorpresa, el manual estaba escrito en chino, sin traducción alguna a otra lengua, no digamos al español, tampoco al inglés o al portugués, idiomas que se dominan a la perfección en casa. Pero aquí no terminó este cuento chino. No obstante que pudimos conectarlo de manera intuitiva, no funcionó por más esfuerzos que hicimos y se fue de regreso a su país vía Amazon.

Con ingenuidad o, mejor dicho, con ignorancia de los tiempos que vivo, al día siguiente fui a comprar mi deseado aparato de sonido. Mi primera elección fue un gran almacén, en Walmart me dirigí al área de aparatos electrónicos y le pregunté a un joven dependiente por lo que buscaba; con una mirada que me pareció de incredulidad frente a mi petición, me dijo que no había en existencia, que quizá en venta en línea podrían tenerlo. Con cierta esperanza me acerqué a la sección de Atención al cliente donde una muchacha muy gentil abrió su computadora y me mostró cuatro modelos de reproductores. Uno de ellos era igual al del cuento chino, los otros eran parecidos, sólo variaban y no por mucho en el precio. En ese momento, de sólo pensar que finalmente tendría dónde escuchar mis discos mi sonrisa volvió, pero se borró de mi rostro ante la advertencia de la vendedora cuando me señaló en la pantalla que en letras pequeñas se leía: “Envío del extranjero, origen China”. Le di las gracias, salí y crucé la calle para continuar mi búsqueda en una tienda Elektra donde esta vez una señora me informó que sólo tenía un modelo con dos enormes y horribles bocinas, con un sonido tan desagradable como su aspecto y de un costo desorbitante. Con ver lo que me mostraba supe que el asunto no iba a ser tan sencillo.

Regresé a casa para planear mis intentos del día siguiente. Por la mañana, después de cumplir con media hora de mis ejercicios en la bicicleta fija, que casi siempre aclaran mi mente, decidí ir a Plaza Cuernavaca. Abordé un taxi, evitando malos pensamientos y dándole ánimos a mi optimismo, durante el camino, organicé mi recorrido.

Sears fue mi primera esperanza, pensé que en un almacén dedicado a artículos para el hogar lo iba a encontrar. Esquivé la zona de refrigeradores y lavadoras, pasé de lado por los celulares y llegué con un vendedor de uniforme a quien le pregunté si tenía lo que yo buscaba, su negativa estuvo acompañada de una mirada similar a la del vendedor de Walmart del día anterior.

Sin darme por vencido caminé a Sanborns. Misma pregunta, misma respuesta, misma mirada incrédula, pero con una sugerencia: “Quizá para encontrar esa rareza a usted lo puedan ayudar cerca de aquí” y me indicó cómo encontrar el establecimiento en cuestión.

Entré a Steren, lugar donde se habla con términos desconocidos para mí y en donde vi artefactos como salidos de la película Viaje a las estrellas. En esta ocasión la joven que atendió mi solicitud no me miró con extrañeza, pero sus palabras me explicaron algo de las miradas que había observado en los vendedores anteriores. Me permito una traducción libre de lo que pensé que me dijo con su lenguaje. Más o menos creí entender algo así: “Aquí vendemos naves de última generación, las carretas tiradas por caballos ya desaparecieron”.

Olvidé ese viaje en el tiempo, me armé de valor y fui al último lugar de la lista que planeé mientras hacía mis ejercicios matinales y, ¡oh, lotería!, un señor de aproximadamente mi edad me atendió en el Radio Shack de la plaza y con amabilidad me dijo: “Señor, tenemos un reproductor de CD, es el último que tenemos, pero sólo tiene capacidad para un disco y viene acompañado de dos bocinas de buena fidelidad”. No creía lo que escuchaba, no pregunté por el precio y pagué, feliz, sin preocuparme de su costo.

Mientras escribo estas líneas escucho, gozoso, en las voces de los Cantores del Pánuco unos sones huastecos reproducidos en mi carruaje tirado por caballos.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Jorge “El Biólogo” Hernández