Nostalgia por una prenda

 

Hoy, haciendo una revisión de mi guardarropa, enumeré 78 corbatas correctamente ordenadas en dos clósets y cinco más en mi colección de recuerdos beisboleros, estampadas con referencias de ese gran deporte. Al contrario de lo que me comentan muchos amigos y algunos compañeros de trabajo, a mí esa prenda de vestir siempre me gustó portarla. Un traje o un fino blazer sin una corbata que le combine es como un tequila sin limones o un martini sin enfriar.

Al ver mi colección, me asaltó la curiosidad de saber quién y dónde confeccionó las primeras corbatas como prenda ornamental, no militar, de la historia. Apreté el botón de mi cel en Wikipedia y más o menos esto fue lo que me contó esa señora: “La corbata como la conocemos hoy tiene origen croata, llegada a Francia en la segunda mitad del siglo XVII; se lució en Versalles y durante en la Revolución. Se dice que fue Luis XV quien creó la figura y cargo palaciego de porta corbatas, en el siglo XVIII. Luego, su uso se expandió en Europa y llegó más tarde a América, donde provocaron risa y alegría algunas que fueron portadas por Laurel & Hardy, así como bajo las cejas y lentes de Groucho Marx.

Después de este breviario que me ofreció la electrónica, estando frente a esas elegantes prendas supe que las corbatas provocan nuestros sentidos sensoriales. Por su puesto, el primero es el de la vista, por sus colores y tonos; el tacto aparece al palpar las diferentes texturas: de seda, lana, hilos gruesos tejidos, algodón o simple manta. También, los diferentes aromas producidos por los materiales de su confección nos activan el olfato, sin olvidar ese sonido particular producido al hacer el nudo que avisa al oído que estamos listos para portarla como es debido. Un poeta amigo me comentó hace unos días que Ricardo Yáñez, en su libro, Ni lo digo, publicado por el Fondo de Cultura Económica, dice en un soneto que las corbatas también se pueden comer:

“Echó un poco de sal en su corbata

Mas no se la comió cual pretendía

Quizá le pareció que estaba fría

Aparte de que no era muy barata.”

Al ver y palpar mis corbatas me embarqué en un viaje a muchos gratos recuerdos de lugares donde trabajé, lugares que visité portándolas, a ciudades donde las compré y a fiestas donde lucían al bailar.

Su desuso —pienso— fue uno de los muchos efectos secundarios de la larga y triste pandemia del Covid. Antes de esa época negra, se las veía por todas partes: en las oficinas, en los bancos, en los restaurantes y hasta en las cantinas. Hoy es difícil ver alguna persona luciendo una. Ese placer vanidoso de seleccionar la corbata para ponerse, con qué camisa combinar y qué traje o saco elegir para lucirla, se ha perdido. Me entristece que ese ritual gozoso que durante mucho tiempo practiqué, no existe ya en la vida cotidiana.

Ahora solamente me queda esperar con ansias ser invitado a alguna boda, bautizo o ceremonia que amerite repetir esa placentera tradición de seleccionar con todo cuidado alguna de mis mejores corbatas. Hoy, sólo para mantener su recuerdo, uso una camiseta blanca que me regaló mi cuñada Erika Koestinger, y que en el frente tiene pintada, con toda elegancia, una corbata lisa de color azul marino.

Sin embargo, a pesar de ser visto como un hombre fuera de tiempo y demodé, seguiré aquella gran frase de Oscar Wilde que decía: ”Puedo resistirlo todo, excepto la tentación” y sin importar el calor, saldré este viernes a las calles para lucir una de mis corbatas, la tejida en lana color rojo, comprada hace años en el corazón de Dublín, en una tienda cercana al Temple Bar, y ese recuerdo me hará caminar con seguridad, sin importar lo que piensen de mí.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Oliver Hardy mostrando su corbata Foto: mubi.com

Jorge “El Biólogo” Hernández