De visita por esta casa, una sobrinita de casi cinco años me llama para contarme un cuento, por lo que paso a acuclillarme para estar a su altura, atento a escucharla: “Había una vez un cuadro en una casa y una niña lo tiró, pero no se rompió, no pasó nada”. Me miraba a los ojos mientras lo contaba, convencida del tratamiento que había dado a su verbalización. Me reconforté de inmediato, pensando pesimistamente que en efecto, había tirado una de las pinturas, fracturando su marco. La felicité por su cuentito, con pregunta para corroborar que nada había pasado. Reafirmó que nada. Ya satisfecho, continuamos la reunión familiar, con mares de alegría.

A la mañana siguiente, noté que la esquina de un marco de pintura al alcance de la sobrina, estaba averiado. Más allá del hecho físico, me sorprendí por haber sido doblemente cuenteado. Pero debía detenerme no sólo en el cuento, sino en la intención del cuento, y en lo que a esa edad, para una niña, significa contar un cuento, para sí y para otras personas. Ella tuvo varias alternativas: callarse, no tocar el tema y dejarlo para que investigáramos qué había pasado, interrogatorio de por medio. O bien, confesar el hecho. Pero no escogió ninguna de esas dos vías, eligió contar un cuento, como desde hace miles de años lo hace la humanidad, como lo hicieron los informantes de los hermanos Grimm y tantos otros cuenteros, y los que decidieron presentar a otros, versiones “cuenteadas” de hechos que pueden ocurrir en la vida real, presentándolos con la intención de preparar a su audiencia ante hechos traumáticos, delicados, difíciles de abordar de manera directa, recurriendo para ello al simbolismo, a la metáfora, a la creación de personajes que encaran una trama de ficción.

Es mi hipótesis, que esta niña como muchas y muchos infantes, quienes participan en sesiones diarias o muy frecuentes en que sus padres o maestras les cuentan cuentos, domina algunos de los aspectos estructurales de los cuentos, en especial una de sus funciones, a saber, aminorar el dolor, previniendo al escucha de lo que puede experimentar una vez que le ocurran o sepa la verdad de los hechos. La niña, según esa hipótesis, creó una ficción para un adulto, que le hiciera más fácil de sobrellevar su pérdida, lo preparó, me preparó, y logró que ella como yo, estuviéramos conformes, al menos en tanto me enterara de la verdad.

“Hacer con palabras” es el título de un reconocido libro de Amparo Tusón y de Carlos Lomas, que muestra el poder de la palabra en situaciones sociales complejas y conflictivas, para salir adelante y lograr diferentes propósitos. Hay también una serie de libros sobre el poder de las palabras para librar conflictos, e incluso guerras, acudiendo a la argumentación, por vía de persuadir a los otros sobre posibilidades alternas al conflicto. En este caso, he querido mostrar las capacidades de una infante para incidir en un adulto a partir de los recursos verbales con que ya cuenta, los mismos con los que cuenta cuentos y convence. ¿Verdad que es un gran empoderamiento social el que ocurre con el hábito de la lectura con, para, junto a las criaturas, desde edad muy temprana?

En estos tiempos de guerras a todos los niveles, de escaladas de violencias, estamos más que urgidos de acudir a las palabras, a los compromisos con los otros, para conservarnos como especie, deponiendo las armas de muerte. Nos debemos tal trato, dando paso a las palabras.

Imagen cortesía del autor

 

Miguel Á. Izquierdo S.