Los mandatos para ser hombre



Son las ocho de la noche y dos hombres beben en la calle. Apoyan los vasos y la botella de cerveza (una León de 1.2 L) sobre el toldo del auto. No son jóvenes, el mayor tendrá 50 años y el otro, 40. Escuchan música pop: algo en español, algo en inglés. Pasa una hora, dos… la música está más alta; las risas y el volumen de la voz aumentan. Ahora escuchan cumbias y a Selena. Ruidos de puertas y después el switch del auto: por fin los hombres se van, con el sonido intenso del motor y Bandido de Ana Bárbara como música de fondo.

La escena, que no es inventada, ocurrió en la calle de mi casa, pero pudo pasar en cualquier lugar. Muestra algunas de las conductas asociadas con ser hombre (al menos en México): beber alcohol, (especialmente cerveza oscura), hablar a gritos, reírse atronadoramente, escuchar música a volumen alto y tener auto con un motor ruidoso. A estas habrá que añadirle otras muy conocidas como la gran ingesta de carne, el desprecio por los sentimientos y la diversidad sexo-genérica, la reducción de la belleza solo a los cuerpos femeninos y, claro, conductas de riesgo como la agresividad, el abuso de alcohol y drogas, el exceso de velocidad, etc.

En general, las conductas de riesgo en los hombres están relacionadas con lo que considera viril o no, con la fuerza, valentía, temeridad y, en cierto sentido, con un desprecio por la vida; algo que se lee claramente en frases como “el que tenga miedo de morir que no nazca”, “a esta vida venimos a morir”, “la vida es un riesgo, carnal”, y un largo etcétera.

En términos de salud pública, estas conductas de riesgo se traducen en un deficiente cuidado de la salud tanto física como mental: los hombres van menos al médic@ y cuando van generalmente es por una urgencia; algunos tienen hábitos de higiene deplorables (¿recuerdan que en el 2000 a los hombres prolijos les decían “metrosexuales”?); la terapia y el acompañamiento psicológico suele asociarse con debilidad, feminidad o con “cosas de viejas”.

La “valentía y temeridad” a veces se expresa en una ingesta de alcohol y drogas de forma desmesurada, no por nada la cirrosis hepática por alcoholismo es mucho más frecuente en hombres que en mujeres; en negarse a usar condón (con embarazos e infecciones consecuentes); comer mucha más carne, grasas y menos vegetales (las enfermedades del corazón son la primera causa de muerte en hombres mexicanos de 45 años en adelante); en conducir a gran velocidad y no usar equipo de protección y en la agresión y violencia (los homicidios son la primera causa de muerte en hombres desde los 15 hasta los 44 años). Velocidad y agresión se mezclan de forma muy interesante en las vías públicas. Como alguien que se mueve principalmente en bicicleta es más común ver autos y motocicletas a gran velocidad y con actitudes agresivas manejados por hombres que por mujeres; también son vehículos que emiten más ruido, ya sea por el motor o por el escape que usan.

La hegemonía del motor de combustión (primero del auto, luego de la motocicleta) está estrechamente relacionada con la masculinidad. Los hombres usan más el auto que las mujeres, además es “viril” un motor que haga mucho ruido, que sea muy potente, que contamine mucho. Cristina Ayala (@cristagram) lo explica magistralmente en un reel a propósito de la polémica de Javier Hernández alias Chicharito: “Cuando hablamos de crisis climática, casi nunca hablamos de género. Pero no es casual: la cultura que nos enseñó que cuidar es cosa de mujeres y depredar es cosa de hombres, es la misma que está llevando al colapso del planeta.” El impacto ambiental se refleja en otros aspectos de la vida, como en la cantidad de carne que los hombres comen, en un peor manejo de los residuos y en asumir que el interés y admiración por la belleza natural, por las plantas, los insectos y por la biodiversidad es asunto femenino.

Frente al panorama de la masculinidad hegemónica (esa que no llora, que grita y contamina) se habla de nuevas masculinidades para cambiar la relación que los hombres tenemos con el mundo; modelos de masculinidad diversos, que admiren la belleza, que cuiden el ambiente, respeten la diferencia e incluso que actúen desde la ternura. La pregunta es si realmente necesitamos nuevas masculinidades o lo que necesitamos es abolir la idea de la masculinidad.

¿Cómo podemos cambiar algo cuya sustancia es, precisamente, lo que quiere cambiarse?

¿Cómo se consiguen vasijas distintas si el barro siempre es el mismo?

*Comunicador de ciencia / Instagram: @Cacturante

Imagen cortesía del autor

Gabriel Millán