Hace un par de años que terminé una relación. Quizá la más duradera, y la más verdadera que he tenido. Pasamos cerca de una década juntos, con esto quiero decir que también crecimos juntos, éramos unos críos de apenas 20 años cuando decidimos formalizar de la manera más inocente nuestro vínculo.

Conocí a M. en un café de la ciudad, y de golpe me di cuenta que no teníamos nada en común, yo me había interesado en ella porque tenía por foto de perfil un retrato de ella meditando en un templo budista, eso me cautivó, en ese entonces yo estaba muy interesado en el budismo, así que pensé que ese sería el comienzo de una larga lista de intereses en común, no resultó ser así, ella estaba de paso por un intercambio escolar en China, y lo típico era tomarse una foto turística “meditando” en cualquier templo y chau. Ingenuo de mí.

Aún así, algo en ella me cautivó, quizá era la forma en la que hablaba, tomaba silencios antes para pensar lo que iba a decir, tomaba su tiempo, eso me gustaba, no era como yo que escupía lo que fuera por miedo a no saber qué decir, y eso en ella; su mesura y su ritmo precavido me intrigaron, y me hacían querer descubrirla. A los dos meses me dijo que se iría a prácticas profesionales a Chile por un tiempo, acordamos no tensar la cuerda, ver qué pasaba en los siguientes meses, tomarlo por calma a pesar del entusiasmo mutuo. Unas semanas después hicimos una video-llamada. Ella me marcó desde la terraza de su apartamento en Las Condes, una colonia muy pija en Santiago, estaba guapísima, y tenía puesta la misma sonrisa con la que la recordaba, hablamos por unos minutos, me dio mucho gusto verla feliz, y después me dijo: Te quiero mostrar algo, dio vuelta a la cámara y ahí estaba la majestuosa e imponente cordillera de los andes, la columna vertebral de Sudamérica.

Era una postal que no me pude sacar de la cabeza. Ella, su sonrisa que iluminó mi día, atrás la cordillera nevada.

Cuando colgué me dije, tengo que ir, era como si no hubiera otra opción. Ese fue el primer viaje de mi vida nómada, misma vida que acabaría por lastimar la relación. A nadie le hace bien tanta distancia, los vínculos acaban por oxidarse.

En cuestión de unos días y con muchos ahorros guardados tenía mi pasaje a Chile, si lo miro en retrospectiva es quizá el gesto más romántico y lleno de juventud que he hecho, cuando digo juventud también quiero decir; imprudencia, impulsividad, poca mesura, egoísmo, falta de conciencia. ¿Y si ella no quería que fuera? ¿Y si estaba invalidando su espacio? ¿Quién era yo? Ahora pienso en todas esas cosas, hace 15 años era diferente. Mi primera intención era llegar hasta allá y sorprenderla en el trabajo, pero un grupo de psicología al que iba me aconsejo; quizá sea mejor que le avises. Tenían razón, hay una ligera línea entre hacer un acto romántico y sin sentido, a parecer un hostigador, pero como dice Elena Rose en la canción Blanco y Negro “cuando se ama lo mas sabio es hacer una estupidez”.

Le marqué y le mostré el billete, ella se sorprendió mucho, le dije, mira sé que fue una locura, es que ese día cuando hablamos…tú, la terraza, la cordillera, todo me dijo que tenía que ir a donde estabas, pero no te sientas obligada, no es nada, es sólo una reserva puedo cancelar. No canceles, me dijo. La vamos a pasar increíble. ¿Estás segura? Claro que sí, me emociona.

Desde la ventana del avión admiraba la nevada cordillera que hacía unas semanas había visto por la pantalla de mi móvil. Al fin llegué hasta ella y los días siguientes fueron dignos de una novela que aún tengo pendiente, paseos por los barrios de Santiago, visitas a las casas de Neruda, cenas en las taberna de Valparaíso con su bahía bordándonos las promesas, comidas y risas con amigos, las vistas desde el valle de la luna que era como pisar Marte, el desierto de San Pedro, el amanecer con los géiseres explotando y sobre todo y más fuerte el principio de una larga relación, dos críos que jugaban a ser grandes, ahora me doy cuenta que en ese momento, estábamos ella y yo en lo más alto en lo más hermoso de la juventud.

Cuando terminamos la relación, quedó de pendiente saber qué le pertenecía a cada quién, y con ello no sólo me refiero a los bienes materiales, me refiero también a los lazos afectivos con las personas que nos rodeaban, familiares, amigos.

Escribo esto porque hace un mes en la cena navideña del 2024, el destino me jugó una broma muy ácida, mi familia y la suya acabaron cenando en la mismo restaurante, por suerte a unas mesas de distancia. Yo a esa familia la quise mucho, pero sabía que ya no eran más mi familia, y hacer contacto con ellos me era algo no permitido, ese era su espacio y yo no podía entrometerme, en realidad sólo quería acabar lo más pronto de cenar e irme de ahí. Pensé en la ironía de la vida, tantas navidades decidiendo con qué familia pasarla para al final de unos años, acabando cada quien con la suya, sin dirigirnos la palabra a unas mesas de distancia.

No sólo pensé en lo que incómodo que podría ser para ella toda la situación, sino también para su familia, que quizá también no querían saber nada de mí, me sentía culpable por muchas cosas. Era como si sintiera que tendría que disculparme con todos. Para mi sorpresa hace unos días recibí un mensaje hermoso de una amiga suya, y también de su hermana donde me saludaron con afecto. No pude evitar escribirles de vuelta que las apreciaba mucho y que las extrañaba, que aunque ya no orbitaran cerca de mí, siempre tendrían un lugar especial en mi corazón. Y es que una relación tiene muchas relaciones, y no sólo se rompe con una, se rompe con el mundo que la rodea, amigos, familia, casas, rituales, carreteras compartidas.

Sentí una gratitud enorme. Una paz que ha llenado mis días. A pesar del desorden, a pesar del lodo con que el que se llenaron los últimos años, si se limpia bien el parabrisas y se mira hacia al otro lado de la ventana, ya no sólo se cuela por ahí el invierno, sino también los días soleados de personas que fueron alivio, retazos de felicidad, de tardes compartidas, de crecimiento junto.

A veces creo que sólo somos estaciones de trenes, en espera del próximo convoy, el día que no estemos quizá sera tarde para decir; me arrepiento, que pude ser una palabra fea, pero también una palabra honrada.

Quizá, en el fondo sólo somos errores que un día aciertan por puro azar.

Imagen: cortesía del autor

Andrés Uribe Carvajal