

Isaías Alanís
De cuándo acá las sirenas son monstruos
o están así por castigo divino.
Lo único malo es que no existen.
Lo realmente funesto es que sean imposibles.
(La sirena, fragmento).

José Emilio Pacheco
A propósito de la exposición de Carlos Maciel “De sirenas, diablas, diablejos y uno que otro zilicuije” en el Museo Universitario de Arte Indígena Contemporáneo, hice el recorrido por las salas posterior a escuchar su relato hundido en sueños de infancia preñado de peces y zilicuijes: y decidido a no perderme en ensueños, viejos como el mar antes de la oralidad y la escritura, me di a la tarea de observar a vuela ojo los diez y ocho cuadros que la conforman.
En segundos, la obra de Kijano, se revela como una epifanía que fluye en una extensión atemporal, forma y color navegan unidos. Observo desde el fondo de los ojos la profundidad oceánica de las coloraciones convergentes y divergentes; vasos comunicantes que se desplazan en sentido contrario. Su abstraccionismo es onírico y laudatorio, un pase mágico al discurso del fuego y el agua. No es una revelación, es un juego brutal de formas que no lo son y que desatan una alegoría.
La brasa del hogar y el río de sus mayores se manifiesta como presencia viva, calcinante, abrasiva en cuya gravitación la infancia renace en cada trazo, en cada intermedio entre la sinfónica del rojo y el coro de los intensos azules. Uno de sus cuadros me recordó la “Composición X” de Kandinsky.
Sin embargo, el navegante ebrio del mar de la Soledad de Maciel y las estepas Rusas bañadas en vodka nupcial, lo ha conducido a transmigrar desde sus inicios; pintar una historia y reunir en su memoria el bagaje de la selva, un espejo roto, y la confusión de lo que, a pesar de la luz, desaparece, se desdobla y magnífica.
De ahí la fulguración viva de sus trazos, el delicado verbo de su armonía, la insondable levedad de lo sublime, que, al primer intento por guardarlo en la memoria, -en largos títulos que acompañan a su obra, jitanjáfora brillante y puntiaguada- se disipa, formando nebulosas, sonetos de coloración oceánica escritos con el duro pincel del barro de la música.
“De sirenas, diablas, diablejos y uno que otro zilicuije” es una obra dinámica, infantil colmada de un candor equidistante a lo vivido. Cada cuadro se acerca a lo que lo aleja de si mismo y de su lugar en la tierra: el fuego ladra, el agua canta y el mar se mece en su hamaca de lucero-equilibrio a punto de desplomarse; puntas, escamas de carrizo danzan en el interior de una burbuja de intensos azules navegantes. Ondas, bruma de centella, lenguas como agalla de sirena perdida en lo inexpresable: imposible de observar.
Al ser raptado por la sirena, Kijano se puso a temblar sin recurrir a artilugios iconoclastas como taparse los oídos con cera, arrió velas para escuchar su canto, silbando de miedo y sin detenerse a medir el peligro; ser atrapado por la sirena de la mar que lo acompaña en su eterno viaje sin retorno a la consumación de lo ineluctable.
Kijano no se consume, al penetrar en cada trazo, vuelve a ser lo que es, un marinero de agua dulce que a través del arte se reintegra a la naturaleza con la misma ternura que ante un caldo de iguana o una sopa de vulvas frescas en su jugo. O destinado a sufrir en el cuadro de su hermano Leonel -que por voces que desembarcaron de un trirreme que boga en el oscuro Ponto de la memoria- se escucha; “rapto del capitán Kijano por la sensual y aventurera Paty, la Sirena, alias la Mantis”.
En su obra combate un expresionismo geométrico abstracto y la ensoñación del regreso al mundo de la percepción que el navegante choleño – para protegerse- nos revela en esta muestra, asegurando que el efluvio y canto de sirenas o mirlos, sea una batalla con lo real prodigioso que lo transporta sobre un tridente de légamo a las nieves ardientes de la aurora tropical de su memoria.
Con los pies en los colores y la piel en el fuego, Kijano se acerca a lo mistérico, al desarrollar una ecuación gramatical de trazos que convergen en púas, nebulosas de color y formas sutiles de la “proporción alterada”. Activa emociones y conquista el encanto -directamente proporcional a la articulación de su obra- que, desde sus inicios, siempre vuelve al punto de la proporción divergente.
En esa agua, Kijano huye de sus recuerdos, viajes, entuertos y monásticos secretos en espuma de alcoba para fundir en un lienzo oloroso a muslo de mujer toda su experiencia, que al escaparse de los ojos migra de la paleta a los meandros de una resignificación no alterada que arremete contra la lógica y nos hunde con su copladía sorprendente; el secreto mundo de Carlos Maciel, el Kijano de las novelas de caballería. Esta evocación lumínica se desarrollada entre dos vertientes, la espacialidad sonora y la búsqueda geométrica del color y su estallido en planos, oquedades y el ardid con el que juega a nombrar su cosmomemoria en diversos planos, de la ensoñación al despertar con la crudeza de la realidad, juego de nunca acabar.
Kijano, apenas roza con sus ojos la levedad del agua, le brota un abanico de figuras inexistentes en el plano de lo real, ajustado a la percepción de sus delirios. Historiador y pintor, se refleja en espejos opuestos, el primero, con el rigor de fechas, contextos, el segundo, con la improbable esencia de la proporción alterada que al fragmentarse, se unifica y al entrar en contacto con la razón, se disipa.
Camino a la soledad de la imaginación, Kijano nos narra la travesía de su silencio. Su personaje, la sirena, mito sobre la albura de las olas que no encallan y callan. Es deidad de su propio universo, de sus limitaciones; es el piloto del barco ebrio de la existencia, en su papel del capitán Kijano que ha sorteado en mares de todos los colores y tamaños, interminables noches de amor que lo han salvado de sucumbir sin probar la miel, el acíbar del beso soñado de una sirena inexistente. Su espacio es el de la imaginación que oscila entre las fuerzas de la naturaleza y su doble creador. Viaje perpetuo en los enigmas que el espacio crea al pulir en el lienzo el agua primordial del encuentro consigo mismo; en besos y labios y velas que lo alejan de una sirena respondona, guía invisible que lo transporta sin astrolabio por los mares a bordo de un barco de papel -que el capitán Kijano- construyó con los pinceles de la noche; reunión de música, palabra y color. Caligrafía sonora que la metáfora de su obra confía al faro de las emociones, altera las razones del mito e incendia su soledad.
Las sirenas no existen, pero está ahí, emboscadas tras el velo nupcial de la caligrafía que la mar doblega con el epitafio de la bruma sobre la proa fugas de la memoria que -por mediación de su obra- hace brotar de un jardín de luz, espuma y peces de sombra.

Joven cortador de limones y sirenita remolona en el verde Kijano de los sueños. Fábula del joven e inexperto limonero al que le cambió la vida una pequeña y díscola sirena. Imagen: https://cargocollective.com/kijano

