Cuando la inteligencia se vuelve contra la vida

 

El ser humano es, el único animal que se cuestiona por su propia naturaleza. Sabe que es capaz de crear belleza, justicia y conocimiento, pero también de destruir bosques, contaminar mares o asesinar. Esa contradicción, inquieta, ¿cómo es posible que un ser dotado de razón actúe con tanta irracionalidad? La respuesta, tal vez, esté en la propia naturaleza humana. Aristóteles entiende a la naturaleza humana desde su esencia y sustancia.

Este filósofo definió al hombre como un “animal racional”. En esa frase se condensa la esencia del ser humano: su capacidad de pensar, deliberar y crear significados. Su mente construye símbolos, inventa palabras, imagina mundos posibles. Gracias a su esencia, ha domesticado el fuego, levantado ciudades y explorado el universo.

Si la esencia del ser humano es la razón, su sustancia no puede entenderse sin el cuerpo que la alberga. Para Aristóteles, el ser humano es una unidad inseparable de materia y forma: el cuerpo es la materia, es la base tangible que siente hambre, placer y dolor; el alma racional es la forma que da sentido, orientación y finalidad a la existencia.

El cuerpo experimenta, sufre, desea. El alma racional, nos eleva al mundo del pensamiento, del lenguaje y la deliberación. En esa tensión, entre lo que sentimos y lo que pensamos, se juega nuestra condición humana. De acuerdo al pensamiento aristotélico, somos una sustancia compuesta de cuerpo y alma, de instinto y reflexión, de materia y logos.

El problema surge cuando el deseo corporal, la necesidad de poseer, de dominar, eclipsa la esencia racional. Cuando el instinto toma el mando, la razón se vuelve servidora del impulso. Por ejemplo, cuando un hombre tala un árbol, si lo hace para construir un refugio o alimentarse, actúa conforme a la razón práctica, usa la naturaleza sin destruirla. Pero si tala cien árboles para obtener ganancias, ignorando el daño que causa, su razón se subordina a la codicia.

El acto es el mismo, pero la intención cambia. En el primer caso, sigue su esencia humana; en el segundo, va en contra de su sustancia vital, porque al destruir el bosque destruye también el aire que respira. En nombre del progreso hemos confundido bienestar con consumo, y libertad con poder. Olvidamos que la vida no nos pertenece; nosotros pertenecemos a ella.

Durante siglos, el hombre mantuvo alguna armonía entre su razón y su cuerpo, entre pensar y sentir. La modernidad rompió ese equilibrio. La ciencia mecanicista y la economía del lucro nos divorciaron de la naturaleza. El hombre dejó de verse como parte del todo y comenzó a concebirse como su dueño. Así nació el hombre depredador.

Entre los resultados, de este divorcio, hoy tenemos el cambio climático, guerras absurdas y desigualdades. No es que el hombre haya perdido la razón, sino que la ha puesto al servicio del deseo. Su sustancia corporal, movida por la ambición, ha secuestrado su esencia racional.

Comprender lo humano, exige reconciliar dos dimensiones: razón y cuerpo, esencia y sustancia. Necesitamos una razón que vuelva a servir a la vida, no al poder; una conciencia que recuerde que pensar también es cuidar. No basta con comprender el mundo, hay que habitarlo éticamente.

Aristóteles asume que el bien del hombre alcanza su plenitud cuando la razón y la acción se armonizan. Nuestra tarea, en este siglo convulso, es retomar la coherencia de pensar con la mente, sentir con el cuerpo y actuar con el corazón. Porque si la esencia humana es la razón, su sustancia es la vida misma; y la vida, merece ser preservada. ¿Usted qué piensa?

José Antonio Gómez Espinoza