MITO, MENTIRA Y POLÍTICA

 

La humanidad se ha sostenido siempre sobre relatos. Algunos de estos, son mitos verdaderos, pero otros, son simples mentiras. Aunque ambos comparten la forma del relato, su esencia es radicalmente distinta.

El mito verdadero es una verdad simbólica que revela la esencia más profunda de un pueblo. Así, por ejemplo, para los griegos, Atenea era el símbolo de la sabiduría; en el México prehispánico, el mito de Quetzalcóatl simbolizaba al creador de los hombres del Quinto Sol.

El mito cumple una función existencial: da cohesión, sentido y rumbo a la vida colectiva. Algunas figuras históricas han adquirido una dimensión mítica, para convertirse en símbolos, como Abraham Lincoln en Estados Unidos o Emiliano Zapata en Morelos. No importa solo lo que hicieron, sino lo que representan.

Las sociedades no pueden sostenerse solo con datos fríos; necesitan símbolos que inspiren y den propósito y sentido.

El mito, en su sentido peyorativo, es una ilusión sin sustento, una creencia que se propaga para manipular. El régimen nazi inventó el “mito de la pureza aria”, un relato fabricado para justificar la dominación y el genocidio. Su mito no tenía una verdad simbólica, solo una mentira repetida hasta volverse dogma.

Por otro lado, la mentira, ha sido un recurso inevitable de la condición humana. Mentimos para protegernos, para evitar el conflicto o para conseguir ventaja. En la vida privada, la mentira se convierte en un mecanismo de supervivencia e incluso de cortesía.

En la vida pública, la mentira se convierte en instrumento de poder. En el Imperio Romano, por ejemplo, Augusto falseaba sus victorias para consolidar su legitimidad; las guerras contemporáneas se justifican con argumentos inventados. La mentira es la materia prima del control político.

La política no puede prescindir de mitos verdaderos. Cada nación se sostiene sobre grandes narrativas, la independencia, la revolución, sus fundadores. Estados Unidos creó el mito de los “Padres Fundadores”; Francia, el de la “República nacida de la libertad, igualdad y fraternidad”. Los mitos verdaderos inspiran, unen y dan sentido.

La política recurre a la mentira como estrategia. Stalin borraba a los disidentes de las fotografías oficiales para reescribir la historia. Goebbels resumió su estrategia en una frase escalofriante: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

Los políticos acuden sin el más mínimo pudor a promesas de campaña a sabiendas de la inviabilidad de su cumplimiento. Su objetivo es el poder sin importar los medios. En la política, la mentira es una estrategia cotidiana.

Así, el populismo, tanto de izquierda como de derecha, crea enemigos imaginarios, magnífica o invalida hechos y resultados, y crea en el imaginario, caudillos, mesías o iluminados. El tema es tan socorrido en la experiencia nacional que no hace falta abundar en ejemplos.

El mito verdadero no engaña, ni pretende ser literal, sino significativo. Cuando evocamos a Zapata defendiendo la tierra, no hablamos solo de un caudillo revolucionario del siglo XX, sino del símbolo de la resistencia, la justicia agraria, y la dignidad de los pueblos originarios. Su historia no oculta sus contradicciones humanas, pero se convierte en mito verdadero porque inspira.

Los discursos políticos suenan trillados, vacíos y mitómanos. Es urgente aprender a distinguir entre el mito, que da sentido, y la mentira que manipula. Es cierto que la democracia requiere relatos comunes, pero también ciudadanos capaces de desenmascarar el engaño, porque el mito verdadero une y fortalece, mientras que la mentira fractura y destruye. ¿Usted qué piensa?

José Antonio Gómez Espinoza