El planeta está en riesgo, no es ciencia ficción

 

En una de las reuniones semanales con mis amigos, a partir apagón del 28 de abril, se inició un análisis sobre cuáles pueden ser las principales amenazas que enfrenta la sociedad moderna, que incluso amenacen la civilización y hasta la supervivencia de nuestra especie. En dicha reunión, se identificaron al menos nueve amenazas que pueden precipitar un colapso civilizatorio.

Hoy, un conjunto de amenazas acosan a la humanidad de forma simultánea. Se llegó a la conclusión que estas amenazas tienen un común denominador: son fenómenos profundamente interconectados, por lo que actúan en forma sinérgica y pueden desestabilizar sistemas sociales, ecológicos y económicos a escala global.

Las principales amenazas que enfrenta el planeta y nuestra civilización son: el cambio climático, la inseguridad alimentaria, la crisis energética, amenazas nucleares y tecnológicas, pandemias, desigualdad social, una IA sin regulaciones y la escasez de agua.

Por siglos, la humanidad avanzó creyendo que el progreso no tenía límites, que los recursos eran inagotables y que la ciencia podía dar respuesta a cualquier desafío. Hoy, esa confianza se resquebraja ante una serie de amenazas reales que se empiezan a concretar.

Hace apenas cincuenta años los problemas que pudieran poner en riesgo a la humanidad se veían muy lejanos y las advertencias de su llegada se pensaba que eran un mito, toda vez que la ciencia y la técnica impedirían su arribo. Sin embargo, el destino ya nos alcanzó y hoy enfrentamos la posibilidad de un colapso civilizatorio.

Estas nueve amenazas, profundamente interconectadas, marcan una encrucijada, no son fenómenos aislados y son los síntomas de una crisis estructural más profunda que tiene su origen en un modelo de desarrollo basado en la acumulación, la explotación y un divorcio de la naturaleza, que nos ha cegado para ver que el planeta tiene límites.

Lo más inquietante no es solo la magnitud de estas amenazas, sino la velocidad con la que se amplifican mutuamente como una espantosa metástasis. Una sequía ya no es solo un fenómeno meteorológico, puede ser la génesis de una hambruna, un desplazamiento masivo, un conflicto armado o un colapso institucional. El planeta clama a voz en cuello que no hay estabilidad posible sin justicia ecológica y social.

La gran paradoja es que tenemos el conocimiento, la tecnología y los recursos para evitar lo peor, pero falta voluntad, visión y sobre todo un cambio de paradigma del TENER al del SER. No basta con “adaptarse al cambio climático” o “regular un poco la IA”. Se requiere una revolución ética y cultural que coloque la vida y no la ganancia en el centro.

La pregunta ya no es si estamos a tiempo. Porque no se trata de salvar al planeta (la Tierra seguirá, con o sin nosotros), sino de redefinir lo que significa ser humanos en un mundo que hemos llevado al borde del colapso. Podemos elegir entre el miedo y la conciencia, entre la inercia y la responsabilidad, entre la decadencia y la regeneración, entre el Ser o el Tener.

La esperanza no está en negar las amenazas, sino en mirarlas de frente, comprenderlas en su raíz y actuar con ánimo colectivo. El futuro aún no está escrito, nosotros lo escribimos, nuestras acciones colectivas escriben la historia deseable.

Toda vez que las amenazas a la humanidad y su civilización están interconectadas y tienen un efecto sinérgico, para su defensa no bastan soluciones tecnológicas ni ajustes marginales, es necesaria una transformación radical del actual modelo de desarrollo.

Las amenazas son reales, pero también es real la capacidad humana de cooperar y actuar con visión ética. El futuro depende de nuestro actuar, nosotros construimos la historia (Isaiah Berlin), los humanos tenemos la facultad de construir la historia del futuro que queremos.

José Antonio Gómez Espinoza