

La teoría de las ventanas rotas es un clásico muy necesario para la ciudad de Cuernavaca. Sorprende saber cómo dos servicios básicos han rebasado la capacidad de una administración que se podría suponer “experimentada”, dado que su líder se encuentra en la plenitud del segundo mandato. La nostalgia de otra Cuernavaca muerde a quien camina por las calles del centro histórico, basura por todos lados, jardineras tristes, sumidas en el abandono, fachadas que se escurren al ritmo de la desidia y la falta de visión política, el miedo potenciado por calles oscuras que son el escenario para cientos de negocios cerrados, todo un paquete del terror que, poco a poco, ha transformado el imaginario que todo un país tenía de la ciudad de la eterna primavera, una de las mejores ciudades para vivir en la década de los 60’s, 70’s y 80’s del siglo pasado, hablamos del refugio de artistas, cineastas, escritores y de miles de capitalinos que hacían de este paraíso su residencia. El artículo de Maximino Aldana, De la destrucción al crimen: Baches, basura y ventanas rotas en Cuernavaca (publicado por este medio el 2 de diciembre de 2022) ya había puesto en cuestión una perspectiva de este mismo asunto.
Desde el punto de vista normativo, la Ley Orgánica del Estado de Morelos en su artículo 41, fracción XXV señala que el Presidente Municipal tiene la facultad y la obligación de vigilar el mantenimiento y conservación de los bienes municipales; sin embargo, la fuerza de este precepto ha menguado de manera tal, que nos invita a la nostalgia, es decir, a anhelar aquello que ya no es. Hecho que puede verificarse, incluso, en el primer cuadro de la ciudad, a espaldas del Palacio de Cortés, hay una montonera de basura perpetua, marca de paso y bienvenida a uno de los atractivos turísticos más importantes del estado. Por otra parte, localizar un solo bote de basura en las inmediaciones de la Plaza de Armas se ha convertido en una labor prácticamente reservada para rastreadores profesionales y aventureros. No hay lugar para tirar la basura, fuera de los pequeños espacios que los negocios disponen para sus clientes, el bote de basura en Cuernavaca está en peligro de extinción. Por ende, jardineras, parques y banquetas se convierten en vertederos sin control.
Bajo esta misma lógica, el artículo 123 del mismo ordenamiento, señala que les corresponde a los municipios “…la organización, reglamentación, la administración, el funcionamiento, la conservación y la explotación de los servicios públicos.” Entre los que destacan el alumbrado (fracc. II) y el de limpia recolección, traslado y disposición de desechos sólidos (fracc. III). Para cualquier observador es fácil reconocer la deficiencia de estos servicios en un municipio que, además de contar con más de 378,000 habitantes, es capital del estado de Morelos, sin perder el asombro volvemos sobre la teoría de las ventanas rotas, ¿acaso esto tiene que ver con los niveles delictivos y la baja afluencia turística? ¿Cómo es posible que municipios con la mitad de su población cuenten con un servicio de limpia y alumbrado mejor estructurado?, ¿Acaso la actual administración no aprendió nada en su primera experiencia al mando del municipio?
Desde luego, la basura que se constituye como parte del paisaje de Cuernavaca es un manifiesto profundo de una descomposición más profunda, una pérdida de rumbo que se viene arrastrando y se hace manifiesta en la devastación de los espacios públicos municipales. La demanda de servicios públicos básicos de la ciudadanía ha sido ignorada, lo que ha propiciado que un nuevo nivel de participación cívica se manifieste, una participación que incluye el rescate del espacio público. En este sentido, no es raro ver que la ciudadanía asuma parte de las obligaciones públicas, debido a una falta de capacidad administrativa. La oscuridad en la que se sume la ciudad de la eterna primavera no es solamente aquella que provoca la falta de luz, sino también la que se deriva de una racionalidad administrativa.
*Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos.


