La primera alarma sonó a las 7:30 de la mañana, de ahí correr al autobús, estábamos cerca por alcanzar el último día de muertos en Oaxaca, un fiesta que celebra y convoca a los difuntos, a nuestros muertos que partieron en todo tipo de condiciones; algunos fueron asesinados, otros presa del tiempo, otros se fueron con paz y miel sobre los labios, de algunos otros no me alcancé a despedir, uno o dos murieron en mi regazo.

Mi abuelo y mi perra se fueron de la misma manera, un último suspiro y después el peso de un cuerpo sin vida, la vitalidad que les quedaba se esfumó así, lo mismo da una bocanada de aire a la superficie que la última que nos divide de entre estar aquí y desaparecer.

Hace poco escuché que hay un momento de renuncia cuando uno muere, es casi una decisión. En el mundo marino las ballenas que se rinden suelen encallar en la orilla, ha sido suficiente para ellas, simplemente deciden parar.

Caminamos por la estela de la noche por Macedonio Alcalá, a la izquierda y del lado del corazón se postra Santo Domingo, el centro de Oaxaca está tapizado de cempasúchil, el aroma de su naranja ha de guiar a los difuntos a la vida y a las ofrendas que ponemos con cariño y esmero en la entrada de casa. Intento explicar esta festividad lo mejor que puedo en medio del ruido, hablo de cómo lo simbólico inunda nuestra cultura mexicana; un par de flores, incienso y velas, y tapetes con las grecas de Mitla, inclusive en ellas hay un significado; el abuelo el padre y el hijo, la familia como centro.

Platiqué con una taxista que me llevo al centro, me dijo: joven ¿usted sabía que la comida que se pone en las ofrendas pierde su sabor al día siguiente? no me va creer pero hasta la probé jaja, y ya no sabe a nada, es que de verdad vienen le dije. Sí, es como si se llevaran de ellas el gusto…

Pienso en mis muertos, los nombro como un pronombre posesivo, como algo que tengo, que es mío, y que nunca me dejará de abandonar.

Invoco a mis amigos: Julio viene primero, fue el que me enseñó a los Beatles y el básquetbol, recuerdo el día que vimos un fantasma en su casa y Graciela su mamá, nos puso a rezar de rodillas en medio de una vela en la madrugada para que ese espíritu no nos molestara, ahí estábamos de la mano en medio de la noche porque ella sabía que era real, que un fantasma rondaba la casa, no pude dormir esa noche, fue la primera vez que vi un espíritu, mi primer encuentro con un alma en pena.

De pronto viene Alessa, y trae con ella un pan francés, el mismo que me preparó un día en su casa, lo hacía con marmoleado bimbo, pienso en su papá y en cómo una semana antes de que ella se fuera pasé una de las mejores noches de mi vida, le gustaba que fuera músico, nos reunimos a cantaren su sala, después lo recuerdo en el funeral de su hija, eufórico, completamente roto, me abrazó con mucha fuerza, en ese abrazo cabía todo el mundo.

Pienso en mi tío y cómo cada vez más me parezco más a él, usando playeras de los lugares que visito, pienso en mis perras, mis compañeras que me ayudarán a cruzar al otro lado del rio, en las tardes que pasamos juntos, en su cuerpo tibio mientras tomábamos la siesta.

Después vienen mis padres adoptivos, siempre pensé que si algún día necesitaría ayuda, acudiría a ellos, siempre me hospedaron en su casa, su generosidad no cabía en sus manos, se extendía por su casa, como si fuesen sus brazos, porque sólo así alcanzaban a abrazar más gente.

Pienso en cómo cada uno de ellos nos deja un poco de lo que eran, todos ellos viven en nosotros, sin ellos nunca sería, no seríamos.

Han venido hoy y un poco de mezcal se riega en el piso, flores naranjas adornan su camino, fotos, mucha comida, muertadas y comparsas, bandas de música hacía el cementerio, catrinas gigantes, cada pared de color reclama su nombre, cada vela su presencia.

Mañana la comida no sabrá a nada, y el aroma de las flores se irá desvaneciendo.

Hasta el próximo año.

Nos veremos.

1 de Noviembre 2024

Andrés Uribe Carvajal