

El espacio público y la paz
Julio Blasina*
La programación de actividades artísticas en el espacio público no es solo una cuestión decorativa ni un recurso para llenar agendas. Es, ante todo, una herramienta de gobernanza cultural que incide en la construcción de ciudadanía, en los procesos de paz y en la manera en que las personas se relacionan con su entorno inmediato.
El espacio público es el lugar donde la vida social se expresa con mayor claridad. Cuando se activa desde el arte y la cultura, deja de ser únicamente un sitio de tránsito para convertirse en un espacio de encuentro, diálogo y reconocimiento mutuo. En ese sentido, la programación cultural no solo amplía el acceso a bienes simbólicos, sino que genera condiciones para la apropiación colectiva del territorio.
Llevar el arte a las calles rompe barreras que durante años han separado a amplios sectores de la población de los recintos culturales. No se trata únicamente de gratuidad, sino de cercanía y de reconocimiento: cuando la cultura ocurre en el barrio, en la plaza o en el parque, deja de percibirse como algo ajeno. Este contacto directo favorece la participación, despierta el interés y contribuye a la formación de nuevos públicos.
Al mismo tiempo, la activación cultural del espacio público fortalece el tejido social. Un concierto en una plaza, una función de teatro al aire libre o un proceso comunitario de creación artística propician encuentros entre personas que, de otro modo, difícilmente coincidirían. Cuando la comunidad participa —ya sea como espectadora o como parte del proceso creativo— se genera un sentido de pertenencia que impacta directamente en el cuidado del espacio común.

Existe también una relación directa entre el uso del espacio público y la percepción de seguridad. La ocupación positiva, sostenida y significativa de parques y plazas reduce dinámicas de abandono y propicia entornos más habitables. El arte urbano y las intervenciones culturales pueden transformar zonas deterioradas en referentes simbólicos, resignificando el paisaje cotidiano.
Ahora bien, la programación cultural en el espacio público no está exenta de críticas. La excesiva concentración de eventos masivos, sin una estrategia clara, ha sido señalada como un gasto presupuestal injustificado, fenómeno conocido comúnmente como festivalitis.
Hay algo de cierto en esta crítica, pero no en su totalidad. Si partimos que una de las formas de la apropiación de los espacios públicos es la programación de diversas actividades artísticas, donde inclusive la comunidad tiene en algunos casos intervención en los procesos, no es para minimizar sus efectos en la formación de nuevos públicos y el impulso en las dinámicas de procesos de paz.
Los criterios de curaduría artística deben incluir una combinación de dos factores, el objetivo dentro del proyecto cultural y la demanda del público. En este sentido y en algunos casos es donde la línea divisoria entre lo comercial y cultural se plantea como un problema o una crítica.
Nunca he estado de acuerdo con esa clasificación que separa y radicaliza lo que es cultura y lo que no es. Creo que es un tema de rigor artístico y calidad en la producción, de la actividad que se trate.
Es correcto plantear un equilibrio programático entre la atención a las diversas necesidades de la sociedad y la ejecución de eventos masivos. Por tanto, celebro la creación de Festivales y Encuentros, de música, danza, teatro, cine, artes digitales etc., llevados a cabo por los colectivos culturales, así como por las instancias públicas. Festejo aún más los proyectos que en formatos de coproducción entre lo público y lo privado salen a la calle para ser disfrutados por los ciudadanos.
El verdadero reto no es reducir la programación cultural, sino fortalecerla con visión estratégica. Hacer de los festivales y de la programación en el espacio público una herramienta coherente, sostenida y con impacto social, capaz de contribuir a la construcción de paz y al desarrollo de una industria creativa con arraigo y proyección a largo plazo.
*Director general de fomento a las artes
de la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos

