A/ Iban pues

tras la mujer del manto y, llegados a la Alameda, luego se atrevían a darle alcance y la llamaban o apoyaban una mano en su hombro. Apenas ella se volvía, algunos al momento morían y otros quedaban sin conciencia y otros menos alcanzaban a salir corriendo y gañían como perros apaleados. Y sólo uno, según se dice, tuvo ánimo de hablarle y aun parece que le rodeó el talle con el brazo, pero lo que pasó con ese hombre es otra historia…

B/ Esas mujeres

de Ocumichu, que se encargan del barro, tienen poder sobre los demonios de la tierra y de las aguas, del viento y de las montañas. No el demonio cristiano, aunque muchas veces así los representen, sino esos otros espíritus de las religiones animistas que podrán ser malignos, pero que más bien son imprevisibles y malamente gobernables. Para ellas es clarísimo, por otra parte, que Cristo es el Sol y así lo figuran, rodeado de peligros –diablos y sirenas– y sin embargo resplandeciente en su divino poder.

C/ Las parejas pares

siguen el ritmo del son. Marcando los falsetes, una voz domina el bullicio:

La sirena de la mar

me dicen que sale a tierra;

yo la quisiera encontrar,

pa que una lección me diera

para eso de enamorar,

sin que nadie lo supiera.

Con una pausa intencionada que suspende la música, se hace reventar la risa:

Pequeñita te hizo el cielo,

para mi condenación;

delgadita de cintura

Y grande de… corazón.

Otras coplas se cantan a media voz, con la mirada fija en los ojos abrillantados:

Chquitita, te vas criando

como el zacate en el llano.

¡Dios te libre de un costeño

con su machete en la mano!

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido